
Un músico con cancha
Antes de su último concierto en Buenos Aires, La Nación siguió un día del gran trompetista en nuestra ciudad, con tiempo para el deporte y el encuentro con buenos amigos.
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Para cualquier argentino amante del jazz, ver tocar en nuestro país a Wynton Marsalis debe tener el mismo valor que para un fanático de la NBAadquiere disfrutar en vivo de una volcada de Michael Jordan o un triple de Reggie Miller.
Pero La Nación , que siguió durante un día la estada del aplaudido trompetista en Buenos Aires, pudo comprobar que, en su caso, música y deporte pueden ser una sola cosa. Quienes conocen de cerca al artista, que ayer brindó en el Gran Rex su primer concierto con la Lincoln Center Jazz Orchestra y hoy se despide del público porteño, señalan que su pasión por el aro está tan arraigada como su amor por la trompeta.
Marsalis, en la Argentina, quiso sentirse como en su casa. Por eso, bien resuelto, después de terminar el encuentro con la prensa _que más que generar tensión lo aburre_, se puso su equipo de basquet y corrió al estadio de Ferro, donde junto con Seneca Black, trompeta de su big band, sudó la camiseta de un aro a otro.
"Apuesta a encestadas difíciles y, casi siempre, como en el escenario, consigue sorprendernos", explica uno de los músicos que compartió ese entrenamiento.
Una relación de piel
Para Marsalis, Buenos Aires representa un lugar querido. Aquí estableció una amistad con un aplaudido colega local, Roberto Fats Fernández, que trasciende las palabras.
"Nos une una relación de piel; una afinidad química", dice Marsalis del músico argentino, al que puso en la selecta lista de sus diez trompetistas preferidos en una encuesta que publicó en su último número la revista especializada Down Beat.
Allí, Marsalis definió a Fats como toda una leyenda. "Tiene un sonido grueso, personal y lleno de alma", dijo el hombre de Nueva Orleans sobre nuestro compatriota.
De sus encuentros anteriores, en 1991 y 1992, surgió ese presente con mayúsculas que le mandó Marsalis a Fats, una trompeta artesanal de la casa Monet, de Chicago, de bronce y cobre con un suavísimo baño de oro. Casi nada.
En esta oportunidad, Marsalis y Fernández se reunieron en la casa de un amigo común, la del abogado y trompetista Osvaldo Hamburg, hombre que comparte los gustos musicales de Fats y Marsalis.
Nota al margen: en las dos visitas anteriores, Marsalis probó los canelones de dos quesos (fresco y roquefort) amasados por Gisella, la esposa de Fats, que _según dicen_ lo dejaron rendido, como si hubiese "derrotado la campana" frente a los Bulls de Michael Jordan. Sigamos. Elegante y puntual, Marsalis, de impecable traje oscuro, tiradores y corbata, llegó al encuentro junto con Wycliffe Gordon (trombón), Wess Anderson (saxo alto), Victor Goines ( saxo tenor) , Herlin Riley (batería ) , y su ingeniero de sonido y compinche Dan Robinson.
Tras una cena (arrollado de pollo, crêpes de verdura y helado) regada con mucha agua y poco vino, todos dedicaron la sobremesa a escuchar música.
Los elegidos fueronEllington, Blue Mitchell, Jelly Roll Morton, el trompetista Harry James (que también le regaló su instrumento a Fats Fernández), algo del mismo Wynton grabado en Japón y una caja de Charlie Parker ("Del Swing al Bop") donde los caños de Bird y Miles Davis están reproducidos delante de la grabación, mientras la sección rítmica suena detrás. Nobleza obliga:Hamburg obsequió la costosa caja (más de 90 dólares) a Marsalis, deslumbrado por el material. "Se maravilló por el sonido que lograba el Parker Quintet, su espontaneidad y esa sobrehumana intuición que dominaba ese combo", comentó Hamburg.
Ayer, tras un frugal almuerzo, dirigió sus pasos nuevamente a Ferro, donde casi deja la vida en reñidas encestadas.
Al llegar al hotel sólo dijo: "Si llego a jugar un rato más , hoy (por anoche) los escucho por la radio", como antiguamente se transmitían estos conciertos.
Como en el escenario, Marsalis no bromea, pone todo de él.






