Un padre habla, un hijo escribe con su cuerpo en el agua

Moira Soto
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20 de noviembre de 2016  

Condición de buenos nadadores / Libro y dirección: Camila Fabbri / Intérpretes: Mauricio Minetti, Facundo Livio Mejías / Música: Néstor Conte / Vestuario: Ana Franca / Iluminación: Sebastián Francia / Coreografía: Marta Salinas / Producción: Brenda Carlini / Sala: Club Guru Echea, Perón 2143 / Funciones: domingos, a las 19 y a las 20,30 / Duración: 50 minutos / E-mail de reserva: buenosnadadores@gmail.com / Nuestra opinión: muy buena

Facundo Livio Mejías y Mauricio Minetti
Facundo Livio Mejías y Mauricio Minetti

Las aguas quietas de una gran piscina empiezan a agitarse cuando un hombre joven y robusto se lanza a nadar siguiendo las instrucciones de su padre. Sucede en el anochecer del domingo, y la vasta, inusitada escenografía la provee el club vasco-argentino Guru Echea, de Balvanera, que abrió sus puertas hace 85 años. Allí donde se preservó la clásica pelota dura también se practican ahora artes marciales, yoga. Y, desde luego, natación. Gracias a la decisión de la joven (27) dramaturga y directora Camila Fabbri, la zona de la pileta se convierte temporalmente en sala teatral, con el público instalado en un costado, los intérpretes en los otros bordes o sumergidos.

Estamos en Lisboa: ya lo sugirió la música que se escucha en el hall, la presencia del chico que corta las entradas expresándose en cerrado portugués. Pero Manuel, el padre, le habla en porteño a su hijo Agostinho, al que hace un año que no ve y que debe nadar por indicación médica; el joven permanece callado frente a la locuacidad paterna. Manuel alterna recomendaciones sobre estilos con el relato de un combate que vio por televisión en una noche de insomnio, entre dos rivales feroces: un tiburón blanco y un cocodrilo de agua salada. No casualmente, casi el único objeto escenográfico que hay en la piscina es un flotador con forma y color de cocodrilo; también hay un cartel en la mitad de la piscina que reza "Perigo" (peligro), una advertencia que transgredirá el hijo, dispuesto a ahondar en otras aguas.

"¿Viste que hermoso que es nadar de noche?", sugiere el padre, acaso citando un precioso cuento de Juan Forn. Asimismo, el hombre no se priva de criticar a su exmujer portuguesa, madre de este hijo cuyo silencio acrecienta el misterio del personaje. Poco a poco, como quien no quiere la cosa y sin dejar de afirmar que su virilidad sigue intacta, el hombre parlante va dando a conocer sus nuevas preferencias sexuales; se justifica, dice que no siente culpa pero despotrica contra los brillos y otros aderezos de un boliche gay donde ha descubierto un secreto turbador.

Mientras que su padre habla sin transmitir compromiso afectivo, Agostinho se desplaza en el agua, su figura se alarga o se achica según la posición de su cuerpo, obedece y desobedece los mandatos que recibe. Algo en sus actitudes, en el aire que le falta, denota un bloqueo, un dolor recóndito quizás relacionado con su mutismo.

En esa noche de nado y revelaciones, donde el marco escenográfico terminará tranfigurándose, la fisicalidad del agua donde el hijo escribe con su cuerpo una expresiva coreografía, también permite oír los ecos del silencio, la percepción de otra dimensión del tiempo. El agua, ese elemento primordial que es fuente de vida, símbolo de purificación y renacimiento podría tomarse aquí como representación de lo femenino que ha calado en este pequeño mundo masculino de distintas maneras.

Camila Fabbri, que desde los 21 viene ofreciendo frutos de una creatividad personal que juega con aparentes opuestos, se aventura en esta obra a subvertir el molde tradicional de lo varonil, a poner en cuestión patrones culturales de la relación padre-hijo. Lo hace con el aporte de dos actores precisos, Mauricio Minetti y Facundo Livio Mejías, en el ámbito impersonal y geométrico de un natatorio, valiéndose francamente de los recursos existentes. Como esa luz fija de neón que de pronto, en un cierre poéticamente logrado, se transmuta en iridiscente escenario de music hall.

Por: Moira Soto
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