
Un actor en carne viva...Fernando Peña y su striptease del alma.
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Lo cual no significa que su corazón vaya a estallar, al cabo de las tres horas y media de actuación que le demanda el espectáculo Esquizopeña. Ni que resulte víctima de una mala maniobra sobre los rollers con que se desliza en escena. La frase sólo significa lo que enuncia: la posibilidad de que cierto día el actor Fernando Peña -37 años, uruguayo, caucásico- decida disponer de su vida en escena. Fondo blanco. Y a otra cosa.
La idea de una muerte pronta o al menos voluntaria la expone Palito, uno de los personajes de Peña -a él le gusta, y con buen tino, llamarlos criaturas-, sobre el escenario del teatro La Plaza. Como quien no quiere la cosa. A cuento de nada. "Un día destos me via matá. Shí. Acá arriba. Posta", dice Palito mientras juega con una navaja de juguete. La tensión que genera con su anuncio es negra, perfecta y palpable como el monolito de 2001, Odisea del espacio, el film de Stanley Kubrick.
A pesar de su quietud sobre el escenario desnudo, a pesar del medio tono y a pesar de que el vocero elegido es una de sus criaturas más tiernas (Palito es una contradicción al más puro estilo Peña: un pibe pura ternura, negro cabeza, bostero, devoto del Diego en el sentido más literal de la devoción, pero que no deja de recordarle al público que sería capaz de cagarlo a puazos por una campera o un par de anteojos; Palito ha matado y volvería a hacerlo), ese instante tiene una violencia inédita para los escenarios argentinos de la últimas décadas. Y, a la vez, es de una teatralidad pura. Palito no existe. El que existe es Peña. Pero Peña es tan sagaz y tan intenso que nos hace creer en Palito como se cree en el sol, en la lluvia, en el viento.
Nunca una criatura está más viva, y nunca es más humana, que cuando anuncia su muerte.
Todos caimos en la trampa. al principio queríamos saber quién era el tipo que hacía de Rafael Orestes Porelorti, el político corrupto con quien Lalo Mir se trenzaba en Animal de radio, por la Rock & Pop. Casi con renuencia se nos informaba de la existencia de un tal Fernando Peña, pero no: Peña no concedía entrevistas ni posaba para los fotógrafos. Poco después supimos que Peña también daba vida a Milagros López, la vieja cubana que departía con Elizabeth Vernaci en Tarde negra. Pero Peña también era Roberto Flores, ese puto gangoso cuyo culo, según su creador, fue usado como molde para construir el Túnel Subfluvial. En ese preciso instante, la confusión fue reina. Hubiésemos jurado que Milagros y Roberto dialogaban entre sí. ¿Cuántas bocas tenía Peña?
Con el advenimiento de El parquímetro, su programa propio (hubo un antecesor llamado Graffiti), la incógnita quedó parcialmente develada. Peña interpretaba a esas criaturas y a otras más: diecisiete en total, según su propia cuenta, a las que hacía conversar entre sí con absoluta naturalidad. La experiencia de escuchar El parquímetro (La Metro, lunes a viernes, de 10 a 14) puede deparar momentos como el siguiente: Palito lee pasajes del libro Yo soy el Diego, el mexicano Dick Alfredo corrige su dicción, la travesti Mega pide clemencia para con el chico y el taxista Mario Sabino, inspirado por la experiencia de la lectura en voz alta, saca la libreta en que anota nombre, características ("aspeto", dice Mario con su voz de grava), destino, tarifa y tema sobre el que conversó con cada pasajero que ha subido a su auto.
La ilusión es perfecta. Peña no da un paso en falso. Las voces se suceden con fluidez, el timing es musical y ninguna de las criaturas sufre problemas de identidad: es imposible que Sabino suene parecido al cabrón de Dick, o que Delia de Fernández (la vieja que defiende la improbable existencia del carisma de Fernando de la Rúa) evoque a la venerable Milagritos.
El prodigio es más que técnico. Ver a Peña entrevistando en el estudio es una experiencia alucinatoria. El entrevistado debe adaptarse a la noción de que esa persona con quien habla no es una, sino legión. Y lo que impacta más es el hecho de que no se trata de Peña preguntando con diferentes voces; muy por el contrario, Palito hace las preguntas que sólo Palito haría, y la Mega las que nadie sino ella formularía, y Sabino...
Peña no necesita un psiquiatra. Necesita un exorcista.
La primera imagen que peña tiene de sí mismo abocado a estos menesteres data de sus 9 años, y en su (aparente) inocencia podría ser parte de cualquier película de Hollywood. Es de noche y Fernandito, encerrado en su cuarto, se arrodilla sobre un acolchado estilo patchwork (el detalle es real, pero bien podría ser mérito del director de arte del film: la tela compuesta por parches de diversos colores simboliza la clase de personalidad que el niño desarrollará) y utiliza el teléfono para hacer llamadas en las que finge voces. Un par de flashbacks nos revelan que el niño tiene la llave de su cuarto por recomendación de su psicólogo, y que ha llegado al diván como consecuencia de haberse enfrentado a su madre para decirle que era gay. A los 9 años.
"A esa edad hay chicos que tienen claras las matemáticas. Yo tenía claro el sexo", dice Peña, copa de chardonnay en la mano, desde la cocina de su casa de San Isidro. "Esa claridad me trajo dramas, pero me solucionó otros. Gustar de los varones nunca fue un problema. Para mí, lo que uno hace con el pito o lo que se mete en el culo o en la concha es absolutamente irrelevante."
Del otro lado de la mesa está la heladera, y sobre la heladera (una como todas, llena de imanes) hay una foto de Peña adolescente, flequillito rubio, mirada de desamparo. Entre esa foto y el hombre actual -metro ochenta, uñas pintadas, tatuajes, oreja perforada, un físico contundente; como un buen toro de lidia, Peña no transmite ninguna fragilidad- hay varias muertes, muchas vueltas al mundo y una distancia todavía más real: la que va de la disociación a la identidad.
La historia de Peña suena a currículum de escritor norteamericano de esos que han hecho de todo -pero puto-. "Fui precoz en muchas cosas. El sexo práctico, por ejemplo: a los 11 con chicas pero sin penetración; a los 13, con penetración -con unos y otros-; a los 13 fumaba; a los 15 tomaba whisky; no whiscola, whisky", dice. "Siempre estuve entre grandes. No me gustan los chicos. Cuando era pibe me encantaba Titanes en el ring pero no quería ir a verlo al Luna porque no soportaba al público infantil. Me ponía de mal humor. Como mi viejo era amigo de Tito Lectoure, terminaba consiguiendo un palco aislado, y ahí sí me la bancaba."
El divorcio de sus padres fue el primer dolor, agravado por el hecho de que su madre y él se quedaron en el Uruguay pero su padre, el periodista Pepe Peña, regresó a la Argentina. "Buenos Aires siempre fue la gran metrópoli para mí", recuerda hoy Fernando Peña desde la cocina de esa casa pequeña, cómoda, cálida, tan difícil de asociar con su loca -y perturbadora- imagen pública. "Yo iba al aeropuerto de Carrasco a despedir a mi viejo, que se subía a ese avión enorme y cruzaba el río. Era como si se fuese a Nueva York. Un lugar de inmensos rascacielos."
La separación se volvió definitiva a los 16, cuando su padre murió súbitamente. Poco después, ya instalado en San Isidro, tuvo un enfrentamiento con su madre ("Yo no quiero un puto acá" fue, dice, el ultimátum planteado) y se subió a un tren en dirección al Centro.
"Era tarde. El último tren. Antes de entrar en la Capital me dio angustia y me bajé. No me imaginaba solo, vagando por el Centro. Todavía estaba en la estación cuando pasó un chico y me invitó a su casa. No se dio lo de cojer, pero nos hicimos amigos. Viví con él como ocho meses. Era peluquero", cuenta.
A partir de entonces Peña lavó cabezas en una peluquería, fue camarero e instructor de patinaje, repositor de supermercado, profesor de inglés y natación. A pesar de haber sido educado en la opulencia (el bacán de Martín Revoira Lynch III, una de sus criaturas más populares, es en algún sentido quien pretendían que fuese), tuvo temporadas en las que contó monedas, cenó chocolinas y se vendió por dinero.
Casi por casualidad acabó en una de esas profesiones que son el non plus ultra para la comunidad gay: comisario de a bordo. "Así como las mujeres quieren ser modelos y los hombres empresarios y las tortas cantantes o pintoras, los gays quieren ser peluqueros, bailarines, diplomáticos, arquitectos… y comisarios de a bordo", explica.
Lo hizo con éxito durante algún tiempo y después se aburrió. (Peña se aburre rápido de todo y de todos, lo cual subraya que es inquieto, sí, pero también que intuye la finitud de las cosas; como el hombre con los ojos de rayos X en la película de Roger Corman, no puede dejar de ver la muerte que aguarda en el fondo de cada vida, de cada relación, de cada circunstancia.) Antes de que probara nueva suerte, Fernando descubrió que su madre padecía una enfermedad terminal; la segunda muerte acechaba. Para Peña, el empleo en la aerolínea se convirtió en su única certeza. Siguió adelante "de muy mala gana, con miedo, histérico".
-Había tirado la toalla, lo cual no es común en mí -dice.
Una de las formas de canalizar ese miedo era tomar los micrófonos en la cabina del avión e interpretar a Milagros López o a una azafata sexy. Fue así como un pasajero llamado Lalo Mir lo escuchó y quiso saber quién estaba detrás de esas voces.
Durante algunos años siguió volando y haciendo cositas en la radio. Estaba seguro de que el chiste iba a durar poco. No podía darse el lujo del piletazo: su madre dependía de él.
Todavía hoy, cuando recibe a nuevos amigos en su casa, Fernando Peña les pregunta si quieren saludar a su mamá. Ante el sí inexorable, va a por ella y vuelve con una urna cuya tapa abre para después decir: "Te presento a mi vieja".
El actor Diego Ramos, de quien la travesti Mega dice ser novia, contó la experiencia en el programa televisivo Todos al diván. Puesto a describir el contenido de la urna, Peña dijo: "Son unos caracolitos raros. Así terminamos todos. Siendo conchillas".
La imagen, de rara belleza, terminó perdida entre estridencias de la televisión.
-¿Qué le regalaría a De la Rúa para su cumpleaños? La pija. Porque el orto ya se lo di.
En los últimos meses, Peña dejó la categoría de misterio para convertirse en un hombre-escándalo. Primero fue al programa de Susana Giménez, donde se definió como "un puto sufrido". Después salió al aire imaginando su ya célebre regalo al Presidente, precisamente en el canal estatal, como parte de una encuesta del programa Marcapazos. Escaldado por las críticas que le formularon desde Yo amo a la tv, se dio el lujo de echar del teatro a Jorge Lafauci, uno de los periodistas del ciclo, que lo atacó el viernes y el sábado fue a verlo empleando (como es costumbre en el gremio, digámoslo) entradas de favor. Peña hizo encender las luces de la sala y lo obligó a retirarse delante de todo el mundo. Los gustos, se sabe, hay que dárselos en vida.
Cuando se le pregunta por qué dejó el anonimato que tanto parecía gustarle -esa manía de evitar las fotos, de no conceder reportajes-, Fernando Peña dice que todo se debió a una conversación con Hugo Guerrero Marthineitz. "Lo admiro mucho, lo admiré siempre. Hace un año lo llamé y le pedí un café. Le conté en qué andaba, y me dijo: «Tu actitud es una estupidez, una cretinada. Cuando tus personajes estén en baja, los productores se van a cagar en ti. ¿Y qué harás entonces? ¿Sacar la mano entre las ruinas para decir que tú eras esos personajes que ya a nadie le interesan? Es preferible que salgas a la luz ahora, para que te ganes un nombre que quede cuando los personajes mueran. Para un artista, no hay nada peor que el anonimato». Entonces lo pensé. Y llegué a la conclusión de que Guerrero tenía razón." Desde entonces, Peña está en guerra contra el anonimato. Y va ganando con creces.
-A veces me siento incomprendido. Pero no me da por la lágrima. No soy Mirtha [Legrand]. Me da impotencia. Hay una falta de ejercicio de sinceridad en este país. Como si a la gente le costase aceptar la verdad… Cuando pasó lo del programa de Nancy Pazos, me llamaron enseguida para ver si quería pedir perdón. ¡No, loco! Las cosas que digo las digo porque las pensé, porque las medité mucho. Entonces contraatacan: "Dale, lo dijiste en joda, para llamar la atención…". Yo no quiero llamar la atención. Soy sincero, y punto. Pero parece que la gente sincera tiene que mantener un perfil bajo, dado que la gente de perfil alto no es sincera. ¿Por qué? ¿Por qué es tan improbable que alguien con perfil alto sea sincero? -pregunta.
Peña es el entrevistado ideal: responde cada pregunta de manera clara y directa, como si no filtrase sus ideas de acuerdo con su inhibición o conveniencia; habla desde ese lugar impune desde el que peroran los niños y los locos. Esa candidez lo convierte en la clase de invitado que productores y conductores codician -porque el escándalo significa rating-, pero a la vez temen, porque les da pánico aquello que no pueden controlar. (No hay que olvidar que el fenómeno Peña estalla en la Argentina, un país tan adicto a los eufemismos y a la mentira como ciertos individuos lo son a la cocaína, al poder o al alcohol. ¿No fue en la Argentina donde llegó Menem al gobierno pronunciando discursos populistas, realizó políticas de feroz exclusión económica y social y fue elegido nuevamente? Con la anuencia, dicho sea de paso, de la Unión Cívica Radical; entre bueyes…)
En este contexto de consagración de la hipocresía, cualquier transparencia puede ser peligrosa. Y este hombre no tiene ningún prurito en describir ante cámaras sus costumbres y preferencias sexuales, o en contar que siempre quiso ir a los almuerzos de Mirtha Legrand porque tenía la fantasía de levantar la mesa y tirarla a la mierda. (Lo cual, por supuesto, terminó valiéndole un comentario al aire de Mirtha, que se negó de plano a invitarlo. Sin haber visto Esquizopeña, Legrand repitió la reacción del público: está convencida de que cuando Peña y sus criaturas hablan, dicen tan sólo la verdad.)
Dick Alfredo encarna la parte de Peña que cuestiona a su propio público, de considerarlo necesario.
Ejemplo uno: un oyente dice que la historia de un ciego lo conmovió porque le hizo pensar que no debería hacerse mala sangre por sus pueriles problemas cotidianos. Dick le responde que las miserias ajenas son una flaca excusa para que uno eche a su vida una mano de pintura rosada, y que -además- los ciegos también se hacen mala sangre por estupideces. Y le cuelga.
Ejemplo dos: cuando en Esquizopeña Dick pide luz de sala y se mete entre las butacas en busca de un chivo expiatorio sobre el que descargar su perpetua, omnívora furia. Lo que más lo enfurece entonces es comprobar, noche tras noche, que el blanco elegido se deja basurear sin tener más reacción que una risita nerviosa. Ha llegado a pedir que le peguen. Nunca obtuvo más que un tímido sopapo. Si al día siguiente se presentara a elecciones, esa gente lo votaría.
A Peña le asombra, también, la reacción de tantos oyentes ante su decisión de "enterrar" a Revoira Lynch. Cuando comunicó al aire el pase a retiro del paquetísimo Martín, los llamados inundaron la radio. "Peña, sos un traidor. Revoira nos pertenece", repetían todos.
No es difícil entender por qué, de todas las criaturas de Peña, Revoira (el concheto que trata a todos sus interlocutores de boló: "Qué hacés, boló…") tuvo la aceptación más veloz y contagiosa. Es el más light de sus alter egos: tiene una mesa de dinero, vive en San Isidro y sin el servicio doméstico, sin su muqui, no sabría ni dónde sentarse. Identificarse con Martín es, sin duda, menos turbador que identificarse con la Mega -que a fin de cuentas es un travesti que se hizo en la Panamericana-; con Palito -un negrito de Suárez, fana de Rodrigo y campeón del choreo- o con el corrupto descarado de Porelorti. Pero a la vez implica que el público que opta por Martín hace la vista gorda ante sus aspectos más patéticos: su virginidad, por ejemplo, que en el universo Peña es el mayor de los pecados.
Esta discrecionalidad explica, a la vez, los motivos que asisten a Peña en su decisión de congelar a Martín. Descubrió que muchos comenzaban a imitar sus modismos, a hablar como él. Y Martín, Peña lo sabe, no es una persona digna de ser imitada.
-Yo quería ir juntando gente inteligente, pero muchos son ovejas -dice de los que escuchan El parquímetro día tras día-. Eso no me entusiasma mucho. La idea del programa es que trabajen, que participen. Pero no laburan, y se exponen a que Dick los basuree y les corte.
A Peña, se sabe, el público infantil no le sienta muy bien.
Muchos artistas matarían por crear un personaje que les diese de comer durante años. Peña le arrancó las alas a Revoira Lynch antes de que se diese a volar.
hay algo de andy kaufman en Fernando Peña. Tanto Peña como el artista norteamericano (cuya breve vida fue recreada por Milos Forman en la película El mundo de Andy, con Jim Carrey) generaron alter egos cuyas vidas individuales defendieron a ultranza. Kaufman, por ejemplo, había inventado un personaje que era un despreciable showman de Las Vegas llamado Tony Clifton. Pero llegó a hacer lo indecible para perpetuar la ilusión de que Clifton no era otro personaje de Andy, sino simplemente… Tony Clifton.
-Un día le dije a Diego [Ripoll, su cómplice en El parquímetro]: "Es como una posesión. Estoy haciendo de Palito y de repente digo un chiste que no sabía, que no había imaginado, pero que es propio de Palito. Me divierto tanto que rompo las barreras de la actuación y soy la persona" -se entusiasma Peña.
(A propósito: Diego Ripoll existe, y no es verdad que sea una más de las criaturas de Peña. Por el contrario, es el perfecto Robin heterosexual para un Batman esquizofrénico y puto.)
-Hasta hace poco, Fernando temía que algo se quebrase al revelar que era él quien estaba por detrás de los personajes. Y al mismo tiempo, tenía una necesidad muy grande de que se lo reconociese como actor -dice Ripoll-. Pero cuando se empezó a hacer conocido, el programa de radio, lejos de perder, ganó. Saber que en ese estudio no hay quinientas personas, tal como parece, sino dos, le da una magia especial, un hechizo que estaba ausente en el medio desde la época de los radioteatros.
La mayoría de las veces las criaturas de Peña nacen de una decisión consciente. "Busco personajes clásicos, característicos. Practico sus movimientos, atiendo a las palabras que usan. La voz viene después", dice. Lo más difícil es instalarse en el preciso punto desde el que esos personajes, ya creados, ven la vida. "Tarda en hacérsete carne. Es un parto, como arrastrar un carro pesado", explica. "Pero en cierto momento entrás en órbita. Puedo suspirar: ya veo la vida desde ese punto. Hasta que no llego ahí no puedo incorporar el personaje en los diálogos con los demás, porque no es una cuestión de rapidez, sino de comprender desde dónde hablan."
Como Kaufman, Peña no teme des-airar a su público. Por el contrario, le gusta azuzarlo, cuestionarlo, comprometerlo. Kaufman luchaba contra mujeres en un ring y Peña putea a un hombre porque dejó sus muletas en el pasillo de la sala. Odiar a criaturas como Delia de Fernández y Porelorti es un placer irresistible, y Peña absorbe ese odio como si fuese agua para sus raíces.
Ese vértice lo comunica también con otra figura del espectáculo norteamericano, Howard Stern: comparten el trabajo en la radio, una actitud que no teme ser desagradable y la tendencia a hacer de su propia vida un show. En la película Partes privadas (Betty Thomas, 1997), Howard Stern interpreta a un conductor de radio insoportable y homofóbico llamado Howard Stern. En Esquizopeña y Lado B, coescritos por Sebastián Wainraich y dirigidos por Ronnie Arias, Fernando Peña es Fernando Peña, un actor por cuya alma compiten una serie de criaturas esperpénticas.
-Martín es cierto -dice Peña confirmando que Revoira representa una parte suya-. Todo es cierto. Me trae problemas, claro. Definitivamente, Peña es la persona que más me cuesta ser. Es más fácil ser Mega, o Dick, que se me parecen tanto.
Dick Alfredo es, por confesión de su creador, un personaje cuyos problemas psicológicos han sido utilizados "como entertainment value", alguien que exhibe las miserias de su psique para placer del gran público. Y algo más: Dick es, dice Peña, "un suicida crónico; nunca concreta". La frase inicial de este artículo fue escrita un viernes, antes del debut del espectáculo Lado B. En el final de la pieza, Peña balea a (casi) todas sus criaturas y se pega un tiro.
pero si a alguien remite la labor de Peña no es tanto a Stern (un provocador profesional) ni a Kaufman (un performance artist) como a Lenny Bruce.
En los Estados Unidos de los 70, Bruce redefinió los estándares de la comedia. Fue él quien dinamitó las convenciones de ese subgénero teatral llamado stand up comedy, al apartarlo del costumbrismo blanco y dedicarlo a discutir el poder del lenguaje, la política, el sexo y las drogas. Era lógico que pagase con su cuerpo las consecuencias de su arte (terminó, previsiblemente, muriendo una muerte temprana), porque no hablaba de lo que imaginaba o suponía u observaba a la distancia, sino de lo que experimentaba en carne propia. Su historia fue contada por el realizador Bob Fosse en el film Lenny.
Peña no es un imitador de voces à la Nito Artaza. Tampoco es un crítico social à la Gasalla o Pinti, porque no habla desde un sitial bienpensante ni desprecia a sus criaturas ni hace costumbrismo (que en el fondo es siempre conservador y autocomplaciente). Los alter egos de Peña no son arquetipos sociales sencillos y reconocibles; son, más bien, criaturas que han cruzado una frontera de la que no se vuelve. Son lo que seríamos si atendiésemos al llamado de nuestras pulsiones y diésemos el salto. El abismo entre ellos y nosotros es profundo, pero muy angosto: para saltarlo no hace falta más que un paso.
Y desde ese otro lado nos contemplan, diciendo: "Yo fui alguna vez como ustedes".
Mega cruzó la barrera del género; Roberto Flores, la del buen gusto; Palito, la del bien y el mal; Porelorti, la de la hipocresía; Dick Alfredo, la de la sanidad mental. Delia de Fernández, lisa y llanamente, está muerta. Sabino perdió a su mujer, sus negocios y su taxi; en todo caso está muerto también, pero aún no se ha dado cuenta. Son lo que tememos ser, y lo que inexorablemente seremos.
¿Y Peña?
-Peña -dice Peña- podría ser el personaje dieciocho.
Un toro de lidia. Poderoso, sí, pero condenado.
El final de Esquizopeña lo muestra enloqueciendo, encerrado en un manicomio y prometiendo "no jugar más con pelucas". Lado B abre con la voz de un locutor que anuncia la muerte del actor Fernando Peña y culmina cuando Peña, superando al suicida crónico que es Dick, se mata en escena.
No es necesario entender esas acciones de modo literal, aunque Peña sea perturbadoramente convincente. ¿Pero por qué concluir con una nota tan dramática dos espectáculos que en líneas generales transcurren por los carriles de la comedia?
Quizá se deba a que en ambos finales hace su irrupción Fernando Peña, la criatura número dieciocho. Y es sobre Peña que las otras diecisiete criaturas están cosidas entre sí como un acolchado estilo patchwork, hiladas y unidas por el dolor más profundo, la imperiosa necesidad de recibir amor... o cuanto menos atención. Ver Esquizopeña es una experiencia comparable a la de oír por vez primera John Lennon/Plastic Ono Band, el disco que tenía canciones como "Dios", "Amor" y "Madre" ("Madre, me tuviste pero nunca te tuve… Padre, me dejaste pero nunca te dejé…"), un verdadero strip-tease del alma. La acumulación de máscaras procede por el absurdo: pocas veces se ha visto a un actor interpretar tantos personajes en escena, y pocas veces se ha visto a un hombre más desnudo, más expuesto, más en carne viva, esperando, en la mirada de los otros, la confirmación de que está vivo.
El problema no es que Peña sea extremo. El problema es que se nos parezca tanto.
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