
Una amistad que se forjó en los márgenes
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La década del ochenta los marcó a fuego. También, se podría decir que ellos marcaron a fuego tanto a la movida madrileña como a la porteña.
Eusebio Poncela alumbró el rumbo de aquel estallido posfranquista cuando, en 1979, trabajó en la película Arrebato , el segundo film de Iván Zulueta. Allí trabajaba Cecilia Roth (figura clave en su conexión argentina). Hoy, Arrebato es una película de culto. En este país, su cara se hizo conocida gracias a Los gozos y las sombras . Con Almodóvar, filmó La ley del deseo y Matador, hasta que, por cosas de la vida y el querer, tomó distancia de aquel señor que comenzaba a convertirse en ícono. Cuando se vino a vivir a la casa de Fito Páez y Cecilia Roth, trabajó en Martín (Hache) . Y hubo y sigue habiendo premios, adicciones, caídas, famas de todo tipo y talento.
En sus inicios, el nombre de Humberto Tortonese estuvo vinculado a Batato Barea y Alejandro Urdapilleta. Era la época del ParaKultural, aquel sótano infame que alumbró la primavera alfonsinista y cuyo legado es sólo comparable a la estela del Instituto Di Tella. En 1991 presentaron María Julia, La Carancha en un escenario montado en una desvencijada estación de trenes de Montevideo. A los tres días, moría Batato. Con Urdapilleta, lo último fue La moribunda , en Morocco. Ese búnker de la modernidad lo regenteaba Alaska, quien, 20 años atrás, había aparecido en Arrebato . Desde hace un tiempo, más allá de algunos trabajos teatrales y en cine, es el ladero de mujeres bravas: Susana Giménez, Mariana Fabbiani y la Negra Vernacci.
Eusebio quiere filmar una película. Sería en Madrid. De la partida, son Tortonese y Cecilia Roth. Los círculos, más por gozos que por sombras, parecen cerrarse.




