
Una araña sobre ruedas
Sandra Guida cuenta detalles y anécdotas de su extensa gira por los Estados Unidos como protagonista de la comedia musical "El beso de la mujer araña".
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Nueve meses en gira, doscientas y pico de funciones en casi ochenta ciudades de los Estados Unidos y un año entero fuera del país, con unas pocas escapaditas a la Argentina, donde se quedó extrañándola su marido, y a Milán, donde ella fue a visitar a su añorada madre. Ese es el balance numérico de lo vivido por Sandra Guida, protagonista de "El beso de la Mujer Araña" en el tour nacional norteamericano del espectáculo basado en el texto de Manuel Puig.
Detrás del puro furor de las cifras hay una rica experiencia que, de algún modo, comenzó durante su trabajo en la versión argentina del musical, en la que interpretaba el papel de Marta, la novia del guerrillero Valentín, y en la que también fue la reemplazante de Valeria Lynch, la protagonista.
Por eso al personaje de Mujer Araña-Aurora ya se lo sabía de pe a pa -pero en castellano- cuando la convocaron desde los Estados Unidos. Hacía rato que el espectáculo había bajado de cartel en Broadway y ya había terminado la primera gira, con Chita Rivera en el protagónico. La compañía para la segunda gira se había armado a partir de audiciones que la producción tomó en distintas ciudades norteamericanas. Sólo les faltaba la estrella femenina. "A mí me dijeron, y espero que sea verdad, que ninguna de las postulantes los había conformado y que el director Harold Prince, que ya me conocía por haberme dirigido aquí, me había recomendado para el papel", dice Sandra con una sonrisa pudorosa.
Los ensayos empezaron en Nueva York, más precisamente en el 440 de Lafayette, donde funciona un complejo gigante con megasalas de ensayo, incluida una que tiene tiene patas como las de un escenario. El montaje demandó tres semanas de duro trabajo, con Clayton Philips como repositor de la puesta. Con respecto al espectáculo de Broadway, la única diferencia fue que, por diversos motivos, no usaban lo que ella llama escenario computarizado. "Es un programa que mueve las rejas, las celdas y todo lo que haya que desplazar en la escenografía -explica-. Esa maquinaria era imposible de transportar, porque para eso tendrían que haber contratado otro camión más. Y además se corría el riesgo de que el movimiento de la ruta descargara los equipos. En Pensacola, por ejemplo, no pudieron montar el motor que movía la celda y entonces la stage manager y el jefe técnico se vistieron de guardiacárceles y la movieron a mano".
Rigor profesional
Lo que dejó deslumbrada a Sandra fue la capacidad de los norteamericanos para anticipar problemas. Pasaron por teatros cuya capacidad iba desde las 3000 butacas hasta las 800. Pero los escenarios diferían en dimensiones y, para cada caso, había una adaptación prefigurada de la puesta. Rigor prusiano. "Antes de estrenar en cada ciudad, había una reunión de toda la compañía; cada uno probaba su micrófono con un tema determinado y no con otro; después, a comer algo liviano (en todos los teatros había catering), a descansar un ratito y a hacer la función." La gira tuvo dos ciclos. En el primero viajaron en avión, tocaron ciudades grandes (New Orleans, Miami, Orlando, Kansas y capitales de Estados canadienses) e hicieron breves temporadas de una semana en cada punto. Para el segundo, utilizaron micros (uno para el elenco, otro para los técnicos, tres para la escenografía), pararon en pueblos más pequeños e hicieron -en promedio- una función en cada sitio. El escenario se armaba en cinco horas y se desarmaba en tres. Luego de cada representación, los intérpretes se iban a descansar al hotel, mientras que los técnicos, una vez desmontado el espectáculo, volvían enseguida a la ruta.
Sandra se sentía más cómoda viajando sobre ruedas. "Toda la campaña de promoción estaba basada sobre mi figura, y tenía que llevar mucha ropa para lucir espléndida en las notas periodísticas. Por eso me gustaba más el micro -se ríe-. Salías del hotel, cargabas tus valijas y chau. Llevaba de todo, iba cargadísima, con todos los elementos de depilación.
_¡¿..........?! _Las americanas no se depilan: se afeitan. Y yo odio afeitarme (risas). Cera podés llegar a conseguir, pero no hay lugares de depilación. Y cuando los había, quedaban en la otra punta de la ciudad y no tenía tiempo. Para estar a la altura del ritmo de trabajo de los yankees, hasta tuve que aprender a depilarme...
La tournée avanza al ritmo del marketing
Como en el film "New York, New York", que narra la historia de una orquesta en tour, Sandra Guida veía pasar desde el micro los carteles que anunciaban que una nueva ciudad estaba por comenzar. La de las giras nacionales es una verdadera industria en los EE.UU. "Allí las palabras clave son marketing y planificación muy anticipada. Son empresas que alquilan los espectáculos. Mandan agentes de ventas a todo el país. Los dueños de los teatros locales ponen en venta las entradas con mucha anticipación. Si en la primera semana colocan un piso determinado de entradas, entonces la parada en ese punto se confirma. Y si no, se levanta."
El movimiento es intenso en esos circuitos. Sandra Guida considera que estarían a la altura de las circunstancias los intérpretes argentinos que quisieran intentarlo. "La única diferencia es que ellos, los actores y los técnicos, tienen mucho más entrenamiento que nosotros. Por un razón obvia: tienen trabajo mucho más seguido." A ella no le fue nada mal, al menos a juzgar por las excelentes críticas.
Si tuviera que darles un consejo a sus colegas, sería uno solo: "Que estudien inglés para dominarlo a la perfección. Ese tema me costó mucho. Cuando llegué a ensayar en Nueva York, apenas podía sostener una conversación. Me pusieron una persona para ayudarme con la letra y durante la gira tenía un intérprete. Pero a cierta altura ya estaba más canchera. Era la única extranjera y aprendí en el micro, aun a costa de unos cuantos papelones. Una vez, en camarines, con el micrófono abierto, dije un disparate y el teatro entero lo escuchó. Se murieron de risa".
Según Sandra, a los productores norteamericanos no se les escapa una. Se enteraron, por ejemplo, de que ella tenía grabado un CD (aún no editado en la Argentina) con temas propios y con su grupo, La Fila, un emprendimiento que ahora está retomando. Así, lo enviaron a las radios, para apoyar la promoción del espectáculo. "Un día me levanté en una ciudad perdida, encendí la radio y me escuché cantando. Fue rarísimo."
Al final de la gira hizo audiciones para otros tours. "Pagan bien, pero es un ritmo demoledor y lo dejé para más adelante."
La convivencia obligada durante tantos meses, los hoteles impersonales, el inexorable hecho de extrañar. Es el lado oscuro de las giras. Pero ella jura y perjura que se llevaron bien. "Harold Prince, el director de "El beso...", dice que nunca hubo problemas porque es un elenco con pocas mujeres. Aquí trabajé en "Gypsy" y "Sorpresas", donde éramos muchas. Creo que Prince tiene razón."
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