
Después de romper marcas en Rosario, su ciudad, los Cielo Razzo se lanzan a la conquista del rock del país con canciones que combinan influencias de La Renga y A-ha.
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Aveces las construcciones mediáticas se nos instalan tanto en el inconsciente que terminan desplazando a nuestras propias vivencias. Rock y barrio, por ejemplo, es una suma que, en el universo del prejuicio, siempre da como resultado un clon fallido de los Redondos, La Renga o Viejas Locas. No obstante, mientras dileaba con mis propios preconceptos, el vendedor de cds truchos que adorna mis mañanas suburbanas disparó un combo letal de "Green River" de Creedence y "Hung Up" de Madonna. ¿Y eso cómo cuaja? Perfectamente: hábil para el marketing, el dj pirata sabe que, en los barrios, cada casa es un mundo, incluso en lo musical. Si algunos forman un grupo de rock para negar la mezcolanza que siempre los rodeó y uniformarse en el personaje rolinga y lumpen, allá ellos. Cielo Razzo, en cambio, vive su eclecticismo sin culpas. Y mal no les va: el 27 de este mes debutan en Obras.
Soda Stereo, los Redondos, Virus, La Renga, los Abuelos, A-ha, Paralamas y Pearl Jam conviven en la discoteca de este sexteto rosarino; de ahí que las etiquetas simplistas (y las infaltables –aunque lógicas– comparaciones con Los Piojos) les resulten incómodas. "Algunos nos dicen que hacemos rock barrial –reconoce el cantante Pablo «Polilla» Pino–, y sí, es verdad, tenemos algunas canciones que hablan de tomar una cerveza en la esquina, pero por la edad no tenemos los prejuicios de un pibe de 18. No nos interesa si nos critican porque pueda venir Pato a cantar un tema y después venga Fabián Gallardo o Baglietto." Aunque la banda de Andrés Ciro es una clara referencia de su sonido, lo suyo bien podría ser rocanrol prolijo, grunge rioplatense o pop callejero.
Si algo comparten con sus compañeros de generación, son los rituales. Cuando los músicos, según el guitarrista Diego "Pájaro" Almirón, "bajaron del glamour y trataron de ser cómo el público", comenzó la identificación futbolera. Hoy, al igual que bandas como El Bordo, Cielo encarna el discurso y la mentalidad rocanrolera post Cromañón, que se mece entre la autocrítica retrospectiva, la conciencia de cuidado y la renuncia a los dogmas que se prendieron fuego en aquel trágico show de Callejeros. "Desde el 93 hasta 2004, cuando fue el fin de las bengalas, estuvimos metidos en eso también. A todo el mundo le gustaba ver una bengala prendida, pero no era ni «aguante la bengala» ni «abajo la bengala»."
Mucho antes de los dilemas pirotécnicos, Cielo Razzo se juntó por primera vez en una terraza (al otro lado del cielo raso) que terminó bautizándolos. Entre ese momento y la salida de su primer disco (Buenas, 2001), pasaron nada menos que ocho años. Mientras tanto, la convocatoria del grupo fue creciendo de boca a boca.
Cuando el talonario de entradas llegó a las cuatro cifras, la desgracia los puso a prueba: en abril de 2003, el baterista Claudio "Largo" Caruso y el escenógrafo Claudio Crispín fallecieron en un accidente. "No sabíamos si seguir o no: estábamos destrozados. Cuando decidimos seguir fue con el consentimiento de los familiares, pero también había una cosa de necesidad: esto es lo que hacemos", recuerda Nano Aime, guitarrista. Unos meses después la conexión se reestableció y llegó Javier Robledo a ocupar el banquito vacío, "sin reemplazar a nadie", como todos se esmeran en recalcar.
Código de barras (2003) lleva su nombre en honor al tatuaje que Largo tenía en el hombro. Después de juntar 2.500 personas en el show homenaje al amigo, el grupo ya estaba listo para conquistar nuevas tierras. "Antes las bandas del interior –y especialmente de Rosario– venían para acá, y con los años volvían y llenaban. Nosotros estamos haciendo al revés: llenamos en Rosario, y de ahí para todo el país y para Buenos Aires también", aclara Nano.
Apenas ocho shows dio Cielo Razzo en Capital. El primero fue ante setenta personas en El Imaginario en 2003; los últimos (ya con Marea en la calle), un triplete en El Teatro dos años más tarde, frente a 1.500 personas por función. Sin grandes manijas publicitarias, su crecimiento meteórico se debió, en buena parte, a la tarea desinteresada de los "fundamentalistas que se inmolan, que hacen volanteadas y cosas que vos ni te enterás, todo porque te quieren". Así llegan a tocar en Obras… sin siquiera conocer el estadio como espectadores.
Con la dosis justa de inconciencia como para no enloquecer, esperan el momento de la verdad sabiendo que a partir de su visita al Templo del Rock se los verá con otros ojos. De todos modos, el plan es el mismo de siempre: "Nos arengamos entre nosotros, salimos a tocar y que sea lo que Dios quiera".
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