
Una carta de Eleonora Duse
Dos actrices se disputaban la corona real del teatro, entre fines del siglo pasado y comienzos del actual: Sarah Bernhardt y Eleonora Duse. Hace más de cincuenta años, en el suplemento literario de La Nación , el célebre bailarín ruso Alejandro Sakharoff escribió una nota en la que recordaba haber visto en su adolescencia, en París, a ambas intérpretes en la misma temporada y en el mismo papel, Margarita Gautier en "La dama de las camelias", de Alejandro Dumas (hijo). Sarah lo hacía con lujoso vestuario, amplios ademanes, una constante incitación al patetismo y a la grandilocuencia; Eleonora, con simples túnicas blancas, extremada sobriedad, en un diapasón mesurado.
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De ambas actrices quedan registros cinematográficos, casi de la misma época, hacia 1912. Sarah, a los 68 años, filmó, justamente, su versión famosa de "La dama...". La cámara está prácticamente fija y registra la acción como si transcurriera en un escenario. La sobreactuación evidente puede despertar la hilaridad del espectador de hoy.
Eleonora, voluntariamente alejada del escenario teatral durante años, vaciló mucho antes de abordar el cine.
La habían llamado de la productora Ambrosio, y ella propuso evocar con imágenes la poesía de Rimbaud, de Baudelaire, de Leopardi. La Ambrosio quería filmar la vida de la actriz, quien, indignada, rechazó la idea. Por fin se pusieron de acuerdo en una versión de "Cenere" (Cenizas), la novela de Grazia Deledda, dirigida por Febo Mari. En 1912, Duse tenía quince años menos que Bernhardt y, sin embargo, su papel era el de una madre anciana.
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Al revés de su colega francesa, Eleonora comprendió de inmediato la necesidad de otra manera de actuar frente a la cámara, "casi de teatro japonés", como anotó un crítico. Y le escribió al director una carta que merece transcribirse.
"Ayúdeme usted. Véame como soy. Póngame en la sombra, se lo ruego. El episodio de las manos, en el prólogo (porque la mano revela a la cara), equivale a lo que puedo ofrecer. El primer plano me aterra. Antes que eso, preferiría volver a mi soledad. En algunas películas he visto ciertas penumbras, ciertos escorzos que irían bien para mí. Así pues, déjeme en la sombra, de paso..."
Febo Mari -acota Gian Piero Brunetta en su análisis del divismo italiano- estuvo de acuerdo. Hay una anotación manuscrita de Mari, en un margen del guión, que dice: "Breve, brevísima aparición: pequeña, allá atrás, como preludio, como lejana, sobre el fondo de la memoria". Y concluye Brunetta: "Lamentablemente, el ejemplo de la Duse, extraordinario por lo moderno de su concepción, pero evidentemente demasiado refinado y antiespectacular, no lo seguirá nadie: las divas sólo podían alimentar su propio culto mediante la exhibición constante y cercana de su rostro, de su cuerpo".







