
Una miniserie para el olvido
Nuestra opinión: Mala.
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"La marca del deseo", miniserie erótica y de suspenso escrita por Claudio María Domínguez. Protagonistas: Gerardo Romano, Sandra Ballesteros, Fernán Mirás, Fernanda Mistral y elenco. Dirección: Emilio Alfaro. Por Canal 9, los miércoles a las 23.
"La marca del deseo" sólo será recordada en el tiempo por el escándalo. Cuando la historia de la TVregistre el nombre de esta miniserie apenas se hablará de jornadas con planteos agitados y posturas intolerantes, con presiones y sospechas de posturas autoritarias, con televidentes impedidos de juzgar porque no pueden ver. Ni siquiera fuera del horario de protección al menor.
Sin esta controversia, que trascendió al ámbito televisivo y se convirtió en un debate cultural sobre los supuestos alcances de la censura en la pantalla chica, "La marca del deseo" no hubiera generado más que indiferencia o desinterés. Las discusiones terminaron y ahora, que puede verse la miniserie completa, lo que queda es pobre, aburrido y ni siquiera logró resistir el paso del tiempo, los tres años que transcurrieron entre el frustrado estreno (sólo pudieron verse dos capítulos) y hoy.
La historia de un personaje capaz de satisfacer su apetito sexual a través de una serie de aparentes perversiones en las que se mezclan extraños rituales (tatúa a sus víctimas para alcanzar el máximo placer) no se sostiene más que en una sucesión de instancias resueltas, según el caso, con precipitación o una exasperante morosidad.
Todo parece estar al servicio de justificar el pretendido "toque transgresor" y las supuestas osadías que encarna el personaje de Gerardo Romano. Como si fuera suficiente utilizar el lenguaje de todos los días para hablar de sexo por TV y mostrar algún cuerpo semidesnudo con el fin de mostrar que alguien es audaz y está dispuesto a superar ciertos límites.
Si estas actitudes no son acompañadas con ingenio y creatividad, quedan como recursos gratuitos y falsamente testimoniales. Hasta podría pensarse que se utilizan como único anzuelo para atraer la atención del televidente desde el aspecto más morboso, sin estimular en lo más mínimo su inteligencia. Un ejemplo claro de esta postura es la triste secuencia del "menage a trois" entre un Romano de insólito acento extranjero y dos veinteañeras. No hay allí (ni en el resto de las escenas "de alto voltaje") ningún interrogante en torno de la sexualidad y sus conflictos. Sólo el "gancho" de un erotismo forzado y vacío.
Menos estimulante todavía resulta esta realización a partir del pobrísimo aporte de un elenco que va desde la falsa crispación de Sandra Ballesteros hasta composiciones que llegan casi al borde del ridículo (Fernán Mirás y Luis Luque son ejemplos contundentes). Sólo la dignidad de Fernanda Mistral queda a salvo.
Hay muy poco, pues, para decir sobre "La marca del deseo". A juzgar por los resultados artísticos, quizás sus responsables se conformen con una módica victoria, que desde otra perspectiva no deja de ser valiosa:la de haber logrado que el programa pueda ser visto, sin restricción ni condicionamiento alguno, para que los teleespectadores puedan juzgar por sí mismos. Lo demás es para olvidar.






