
Una trenza muy larga y sin magia
"Una trenza muy larga". Adaptación del cuento de Elsa Bornemann por Gabriela Marges. Diseño de títeres: Román Lamas y Ricardo Arrieta. Intérpretes: Florencia San Pedro y Miguel Gómez. Musicalización y dirección: Gabriela Marges. Centro Cultural Agronomía, avenida San Martín 4453, los sábados, a las 18.30. Nuestra opinión: regular.
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Existe un riesgo muy grande cuando los cuentos son "adaptados" al teatro de títeres, sin una clara definición de cuánto seguirá teniendo de cuento, y cuánto perderá para ganar en acción dramática.
Y las técnicas combinadas de actuación requieren un equilibrio muy preciso donde esté claro por qué se recurre a cada una en el relato teatral.
El cuento de Elsa Bornemann, "Una trenza muy larga", es un texto sin demasiado juego visual y con poca acción, porque tal vez su acento está puesto en el juego con las palabras y la fantasía, donde reside su propuesta literaria.
El absurdo de una melena que crece desmesuradamente en una niña que se resiste a cortársela, trayendo complicaciones no solamente a sí misma, aunque suena a antiguo en cuanto a la visión de las relaciones familiares, e incluso de los productos para cuidar el pelo y las variantes de peinados, permite, desde la narrativa, alimentar dificultades, conflictos, y también toda clase de hechos insólitos. Tal vez lo más atractivo para una resolución escénica es la posibilidad de que se convierta en disparador de secuencias fantásticas y poéticas impensadas y sin límites.
Pero lamentablemente esto no ocurre con la versión de Marges, pese a que el lenguaje es múltiple: narración, actuación, mimo y títeres.
Este abordaje multidisciplinario crea mucha confusión en parte porque los intérpretes, que son dos actores, no pueden resolver todas las complicaciones, ni demuestran demasiada solvencia en desempeñarse en algunas de las artes de la escena, que si bien son afines a la actuación, son a su vez totalmente específicas y demandan mucho del intérprete.
Podemos decir que los títeres no son bien manejados, pero tampoco el planteo del código titiritero parece el adecuado para la historia que se narra. El texto no se resuelve en forma dramática para proponer movimiento y acción, de modo que los actores resultan simplemente dos personas moviendo juguetes y contando un cuento.
Libro y libreto
Tal vez el aspecto más débil de la puesta resida precisamente en la narración. Cuando la historia no está bien narrada, cuando hay baches y saltos que le impiden fluir y a la vez se dan por sentadas cosas que no se explican por sí mismas, el público no entiende muy bien de qué se trata.
La historia tiene, además, un intento no muy feliz de seudocontenido ejemplar. Se menciona el fastidio de las hermanas de la protagonista, cansadas (y con razón) de las complicaciones que les trae la trenza de ésta, y cómo sueñan con cortarla. Sin embargo, para hablar de ellas, el narrador señala, con desprecio, que una "apenas si tiene un pelo cortito y lacio, y la otra, rulos cortos". ¿Qué pasa si generalizamos? La intención se revierte y el prejuicio aparece instalado en el narrador. La protagonista es totalmente pasiva, sólo se ocupa de pasear su largo pelo y dejar que la familia se haga cargo.
Los actores están tan ocupados moviendo objetos, acomodando telones, llevando y trayendo cosas, que les queda poco tiempo y tranquilidad para actuar. No llegan a crear climas, provocar sentimientos, asombrar o cautivar.
Se reconoce la búsqueda de nuevos lenguajes en su realización. Eso es meritorio. Pero faltó transmitir a la platea cohesión, claridad de objetivos, o sea, saber bien cuál es la historia que se quiere contar, y trabajar en la dramaturgia para volcarla al escenario.
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