Una versión de "Don Juan" que está lejos del texto de Molière

"Don Juan". Nuestra opinión: Regular.
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18 de marzo de 1997  

"Don Juan", de Molière. Intérpretes: Iván González, Belén Blanco, Humberto Tortonese, Jaime Cohen, Juan Carrasco, Vita Escardó, Florencia Canale, Mariano Frumboli, Héctor Drachtman, Georgina Santich y María José de Las Heras. Escenografía y vestuario: René Diviu. Música original: Yaco González. Diseño de iluminación: Jorge Pastorino. Dirección: Alberto Ure. En el teatro Presidente Alvear. Duración: 100 minutos.

Es difícil encontrar otra figura más atractiva, por los dobleces de su personalidad y por las interpretaciones psicoanalíticas, que el famoso, legendario y arquetípico Don Juan. Es un símbolo muy conocido del placer terrenal, del amor superficial, del espíritu frívolo, cuyo origen ha sido y sigue siendo discutido, aunque el análisis histórico tiende a colocarlo en suelo español.

El mérito de esta nacionalización recae en Tirso de Molina con "El burlador de Sevilla y convidado de piedra", que le dio una forma artística definida. Prontamente conocida en Italia, sirvió a los intereses de la Comedia del Arte, viajeros que la llevaron a Francia y la ofrecieron a la inventiva de Molière, quien extrajo la línea argumental para elaborar su "Don Juan". A nuestro país llegó por magia de alguna editorial literaria.

Pero, al igual que el gran comediógrafo francés, Alberto Ure toma de esa pieza sólo la anécdota para elaborar su propia versión, que sólo por un exceso de modestia adjudica a Molière (como figura en el programa de mano, sin figurar adaptación o versión). En honor a la verdad, es un pequeño detalle que habría que advertir al espectador.

Después de todo, ¿ por qué no iba a tener Ure su propia visión del Don Juan? ¿Por qué no reconocer su paternidad? Lo que se ve y sobre todo lo que se escucha sobre el escenario está muy lejos del texto del creador francés.

En cuanto a lo visual, el director hizo una traslación temporal de las acciones, acercándolas más a nuestros tiempos que al siglo XVII. ¿Y cómo lo representa? Por supuesto a través del vestuario, moderno, pero también a través de las agresiones físicas, la violencia sexual y la masturbación; recursos bastantes explotados y que ya no suenan transgresores.

Todas estas acciones contribuyen a ilustrar la degradación del protagonista, recurso que en Molière estaba implícito en un maravilloso texto.

Y aquí pasamos a lo auditivo. La versión de Ure se despoja del estilo literario original y, después de una severa podada, el texto que queda más que brillante suena vulgar, al menos lo que se puede escuchar de él.

Porque el tema de la dicción es un señor tema, del que no está ajena la marcación de actores. Defecto que se acentúa por el estilo elegido para interpretar el texto. Los actores pasan abruptamente del grito al susurro empastado. En el tránsito de uno a otro queda lo audible, que sólo puede ser registrado al vuelo por un oído atento.

Por todo esto cabe decir que así como Tirso, Molière, Corneille, Zamora, Helberg, Byron, Grabbe, Pushkin, Zorrilla, Von Heyse, Guerra Junqueiro, Musset, Gautier, Tolstoi, Merimée, Bernard Shaw y hasta Mozart, entre otros, han tenido su propia versión, por qué no habría de tenerla Alberto Ure.

Más allá de esto, sobre el escenario queda una escenografía práctica, pero híbrida, un gran muñeco que representa la estatua de un cardenal (transposición del comendador) y el gran esfuerzo de jóvenes actores, alguno de ellos, como Tortonese y Blanco, no aprovechados en sus máximas posibilidades.

Para ellos, el regalo de una estrella.

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