Visita al mundo de Kodály, cincuenta años después

Pola Suárez Urtubey
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23 de junio de 2017  

"Nadie en Europa occidental puede imaginar exactamente lo que la llegada de Debussy representó para nosotros", dijo cierta vez el compositor húngaro Zoltán Kodály. Y, en efecto, es bajo el signo del autor de Pelléas et Mélisande que nace una verdadera escuela moderna húngara. La lección de Debussy continúa y prolonga una herencia en la que Franz Liszt tuvo parte fundamental, pero Debussy la renueva y aligera. Señaló el musicólogo Constantin Brailoiu, tan vinculado al folclore centroeuropeo, que en la música de Debussy los compositores nacionales descubren el secreto de un ambiente armónico y de una estructura formal dentro de la cual las melodías de sus respectivos pueblos pueden respirar libremente.

De tal manera, Kodály y Bela Bartók, ligando el influjo del modernismo francés a sus apasionadas investigaciones en el campo de la etnomusicología y gracias a sus excepcionales dotes para la creación musical, llegarán a concretar el ideal de sus vidas: la de propiciar el nacimiento de un arte sonoro auténticamente húngaro.

Dentro de la obra de Kodály (1882-1967), el cincuentenario de cuya muerte se conmemora este año, la producción coral constituye un hecho excepcional en la historia de la música, en particular a través de su centenar de composiciones para coros a capela, destinados tanto a la formación musical de los niños (uno de los temas que más lo apasionó), como a musicalizar bellísimos poemas húngaros, a veces a través de sencillas armonizaciones. En otros casos, en cambio, se encuentran trabajos de experimentación en el campo del lenguaje, convirtiéndose en un laboratorio del que saldrían obras de vastas proporciones, como la maravillosa Missa brevis que tuvimos el placer de escuchar hace un tiempo aquí en nuestro medio.

El subtítulo de " tempore belli" que la acompaña (en tiempos de guerra), alude sin duda a la época tremenda que acompaña su gestación. Budapest, ocupada por los alemanes, está amenazada por los rusos, en una situación en la que el hambre, el frío y las enfermedades atormentaban a sus habitantes. Refugiado con su mujer en el subsuelo del teatro de la Ópera, Kodály meditó sobre su misa, la cual tuvo su estreno, para órgano y coros, el 11 de febrero de 1945, en ese mismo teatro. Fue posteriormente, en 1951, cuando la orquestó y la amplió, al agregar a las partes habituales (Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus con el Benedictus y Agnus Dei) un Introitus inicial y, como cierre, el Ite, Missa est, como solemne apoteosis llamada a rogar por la paz del mundo. La formación definitiva de la obra incluye seis solistas (tres sopranos, contralto, tenor y bajo), coro mixto, órgano y orquesta.

Se ha dicho que esta misa, a diferencia del Te Deum y el Psalmus hungaricus del mismo autor, traduce serenidad y confianza. Como si en medio del dolor y la violencia, hubiera encontrado Kodály el camino hacia la paz y la esperanza, más allá de la inquietud profunde que emana de su escritura. Una obra maestra de todos los tiempos, sin duda.

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