Cómico, líder comunal, organizador de conciertos, manejó la cocina gratuita de Woodstock: habla el hippie más famoso de Berkeley
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Wavy Gravy esta tirado en su cama, rodeado de una colección de íconos variopintos. A sus pies hay varios animales de peluche. Sobre su cabeza, una repisa llena de muñequitos de Disney. Cruzando el hall, en su santuario de meditación, un muñeco de Bart Simpson distrae la atención de una gran estatuilla de Avalokitesvara, el bodhisattva tibetano de la compasión. En su vida absurdamente completa, Wavy Gravy, de 74 años, ha hecho de todo: como cómico, abrió recitales de Thelonious Monk y John Coltrane; como líder comunal, manejó la cocina gratuita de Woodstock; organizó conciertos de rock a beneficio plagados de estrellas; creó un gusto de helado de Ben & Jerry’s; fue uno de los fundadores de una organización dedicada a combatir la ceguera en Africa y Asia; y abrió un campamento de verano que les enseña a los chicos paz, amor y comprensión, además de a andar en zancos. Sin duda alguna, es el hippie más famoso de Berkeley. Y eso no es poco decir.
Hoy, Wavy tiene puesta una remera de Bozo, el payaso más famoso del mundo, y parece molesto. Tiene la espalda hecha pedazos, resultado de los miles de golpes que recibió por parte de la policía en los 60. Pero tiene la risa fácil, y dispara anécdotas con una facilidad aun mayor. Recuerda un cameo que hizo en Cisco Pike, la película con Kris Kristofferson, y niega la afirmación de Tom Wolfe, quien lo acusó de zarparse y poner lsd de más en el Kool-Aid, durante el legendario Test de Acido de Watts que terminó en los peores disturbios de los que se tenga memoria en Los Angeles. "¡Yo no fui!", insiste.
El 3 de diciembre se estrenó Saint Misbehavin’, un documental que tardó diez años en llegar a la pantalla y sigue todos los pasos de Wavy. Esta película tierna e inspiradora resume una vida dedicada a lo bizarro; pero el mensaje es que, en realidad, Wavy Gravy nunca fue un payaso. A lo largo de los últimos cuarenta años, se ha dedicado a ayudar a los menos afortunados. Para Wavy, no hay mejor viaje que ése. No importa si se trata de rescatar a víctimas de un mal viaje de ácido o de reunir dinero para operaciones de cataratas. El lo hace por el efecto casi narcótico que le produce ayudar a los demás. "Lo hago porque me pone re arriba", dice Wavy. "Cuando tocás fondo y te hundís, y ves a otro que está peor y le tendés una mano... eso tira para arriba a cualquiera."
Por Andrew Leonard
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