
Ya no nacen poetas así
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En sus Memorias ( Adiós a todo eso ), Robert Graves recuerda haber sido alzado en brazos para observar el paso de la reina Victoria en la celebración de sus bodas de diamante, en 1897. Eso fue en Wimbledon, donde Graves nació en 1895. En el ahora de esta fotografía va de mi brazo por Mallorca, a sus 83, y con mayor fragilidad que la de aquel bebe decimonónico del primer recuerdo. Es que sobre el último Graves cayó la sombra de la amnesia. O la mudez que es toda amnesia. Y la confusión. Por instantes escapará de ella, su mano apretará mi brazo y con temblada voz, mientras mira a lo alto, me dirá:
-Sol. Sol. Sol.
Me instalo en el tiempo presente de esta foto. Sol es la palabra (en inglés) que más repite. Su cuerpo no tiene autonomía. Tampoco la tuvo los cuatro días que pasó agónico sobre una pila de cadáveres en una trinchera de Francia, en 1915. Un camillero que oyó el quejido lo rescató. Tras año de hospital y dada la belleza de su rostro y talla de dos metros, fue elegido para posar como modelo de la estatua al Soldado Desconocido de la Primera Guerra Mundial. Ya era un joven poeta reconocido. De aquel a éste (que a su pedido estoy paseando entre olivas, naranjales y vides que él plantó) hay la obra de un genio. Autor de La diosa blanca ; Yo, Claudio , Graves escribió 140 obras. En ellas resaltan algunos de los mejores poemas de amor de la literatura inglesa. Fue, en el siglo XX, el último poeta isabelino. Un británico mediterráneo que en 1950, polémico e incorrecto, huyó de la niebla y el acartonamiento londinense para asentarse en Mallorca. En Deyá, aldea donde también tuvo su casa Cortázar y cercana a Valldemossa donde Chopin y George Sand se amaron a los gritos. En Mallorca sólo nievan los almendros. Seis millones de almendros que cada primavera echan sobre la isla una alfombra de nubes. O de nieve (según sea el humor de quien los mire). Arribé al cortijo de los Graves con emoción parecida a la que de niño sentía durante la misa. Iba al encuentro de un dios de carne y hueso al que amaba desde que lo leí. Su mujer, Lucía, me telefoneó a Madrid diciendo que estaba recuperado y que podía visitarlo. Era la entrevista soñada. La sumaría al ramo donde cohabitan Borges, Elyttis, Burguess Pero el misterio hizo de las suyas. No bien presentado, Graves se aferró a mi brazo y no me soltó durante horas. Con señas (traducidas por Lucía) pidió salir a mostrarme su obra natural. Olivos (de darle 200 litros de aceite), uvas (grandes como ciruelas) y buganvillas de diez colores pastel. Y lo que me mostró con más entusiasmo: un caminito de piedra de 300 metros que descendía hasta el mar y una precisa roca. Desde ella (y hasta los 70 años, según Lucía) se zambullía un Graves sano, y desnudo, desde 3 metros de altura. Y a mitad de este trayecto, un milagro griego. Un anfiteatro para cien espectadores al cual cada julio (durante veinte años) acudían sus amigos: los Redgrave, Olivier y Vivian Leigh, John Guielgud, Alec Guiness, Peter Ustinov y otros, a celebrar el cumpleaños del poeta. Graves los esperaba con poema dramático nuevo. Y así, vestidos con túnicas y salidos del tiempo, el grupo huía de la incómoda realidad para vivir en la Atenas que imaginaban propia (y con razón). Lo que no imaginaba yo era que mi entrevista acabaría en naufragio. Alterado por la visita, Graves entró en sombra verbal (o lucidez sublime, según) y ya no fue posible diálogo alguno. Salvo algún intercambio del inicio, cada vez que abría la boca para una pregunta el Gran Dios Blanco Graves elevaba su mano derecha, estrechaba mi izquierda y decía, como en trance: "Sun, sun, sun". Así hasta el final de la tarde en que me despidió con un beso en la mejilla y diciéndole al oído a su mujer: "Que vuelva otra vez". Esta es la foto de esa entrevista. La que más quiero de las 2000 hechas. Tiene el sol de Graves. No se apaga nunca.
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