Con Venezuela, Trump abre una nueva era de riesgo para Estados Unidos
El presidente abrió un nuevo capítulo en la construcción nacional al declarar que EE.UU. había derrocado al líder de Venezuela y que iba a “manejar” el país por un periodo indefinido
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NUEVA YORK.- La declaración del presidente Donald Trump el sábado de que Estados Unidos planeaba “manejar” Venezuela durante un periodo indeterminado, dar órdenes a su gobierno y explotar sus vastas reservas de petróleo, sumió a Estados Unidos en una nueva y arriesgada era en la que buscará el dominio económico y político sobre una nación de unos 30 millones de habitantes.
En declaraciones en su club privado de Mar-a-Lago apenas horas después de que Nicolás Maduro, el líder de Venezuela, y su esposa fueron capturados por las fuerzas estadounidenses en su dormitorio, Trump dijo a los periodistas que Delcy Rodríguez, quien fungía como vicepresidenta de Maduro, seguiría en el poder en Venezuela mientras “haga lo que nosotros queremos”.
Rodríguez, sin embargo, mostró en público poca disposición a cumplir las órdenes de los estadounidenses. En un discurso a la nación, acusó a Washington de invadir su país con falsos pretextos y afirmó que Maduro seguía siendo el jefe de Estado de Venezuela. “Lo que se le está haciendo a Venezuela es una barbarie”, dijo.

Trump y sus principales asesores de seguridad nacional evitaron cuidadosamente describir sus planes para Venezuela como una ocupación, similar a lo realizado por Estados Unidos tras derrotar a Japón o derrocar a Sadam Hussein en Irak. En lugar de ello, esbozaron de manera vaga un acuerdo parecido a una tutela: Estados Unidos brindará una visión de cómo debe gestionarse Venezuela y esperará que el gobierno provisional la lleve a cabo en un periodo de transición, bajo la amenaza de una nueva intervención militar.
Incluso después de que Rodríguez contradijera a Trump, Marco Rubio, secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional, dijo que se reservaba su opinión.
“Vamos a tomar decisiones en función de sus acciones y sus hechos en los próximos días y semanas”, dijo en una entrevista con The New York Times. “Creemos que van a tener algunas oportunidades únicas e históricas de prestar un gran servicio al país, y esperamos que acepten esa oportunidad”.
Trump insinuó el sábado que, si bien ahora no había soldados estadounidenses sobre el terreno, habría una “segunda oleada” de acciones militares si es que Estados Unidos se topaba con resistencia, ya sea sobre el terreno o por parte de funcionarios del gobierno venezolano.
“No nos asusta poner tropas sobre el terreno”, dijo Trump. A la pregunta de quién, exactamente, manejaría Venezuela, dijo que “las personas que están detrás de mí, nosotros vamos a manejarla”, y señaló al secretario de Estado Marco Rubio, al secretario de Defensa Pete Hegseth y al jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine.
Trump acompañó esa declaración con la afirmación de que uno de los principales objetivos estadounidenses era recuperar el acceso a los derechos sobre el petróleo que, según ha dicho en repetidas ocasiones, habían sido “robados” a Estados Unidos. Así, el presidente inauguró un nuevo capítulo en la construcción nacional estadounidense.
Es un capítulo en el que espera influir en todas las decisiones políticas importantes de Venezuela mediante la presencia de una armada en alta mar, y tal vez intimidar a otros países de la región. Repitió una advertencia al presidente de Colombia, otro país en la mira del gobierno por su papel en el narcotráfico, para que “se cuide las espaldas”.
Las acciones de Trump el sábado devuelven a Estados Unidos a una era pasada de diplomacia de cañoneras, en la que el país utilizaba su ejército para apoderarse de territorio y recursos en beneficio propio.
Esta semana hace un año que Trump reflexionaba abiertamente, también en Mar-a-Lago, sobre la posibilidad de convertir Canadá, Groenlandia y Panamá en partes de Estados Unidos. Ahora, tras colgar en la Casa Blanca un retrato de William McKinley, el presidente amante de los aranceles que presidió la incautación militar de Filipinas, Guam y Puerto Rico, Trump dijo que Estados Unidos está en su derecho de arrebatar a Venezuela los recursos que, en su opinión, han sido injustamente quitados de las manos de las empresas estadounidenses.
La operación estadounidense, al tratar de afirmar el control sobre una vasta nación latinoamericana, tiene pocos precedentes en las últimas décadas, y recuerda los esfuerzos militares imperiales estadounidenses del siglo XIX y principios del XX en México, Nicaragua y otros países.
Trump y sus ayudantes afirmaron que tenían un fundamento legal para la acción inmediata ordenada el viernes, la rendición extraterritorial de Maduro. Una acusación que data de 2020 imputaba al dirigente venezolano una serie de actos relacionados con el narcotráfico. El sábado se publicó un acta de imputación actualizada, que incluía a la esposa de Maduro, Cilia Flores.
UNSEALED INDICTMENT
— Attorney General Pamela Bondi (@AGPamBondi) January 3, 2026
Thank you US Attorney Jay Claytonhttps://t.co/2URgPKQ25k
Pero esa acusación solo se refería a los presuntos delitos de Maduro. No brindaba una base legal para tomar el control del país, como declaró que haría el presidente estadounidense.
Trump no se disculpó por dar ese paso y, en su justificación, demostró que había pensado mucho en la industria petrolera.
“Venezuela confiscó y vendió unilateralmente petróleo estadounidense, activos estadounidenses y plataformas estadounidenses, lo que nos costó miles y miles de millones de dólares”, dijo refiriéndose a los recursos que se extraían del lecho rocoso venezolano. “Lo hicieron hace tiempo, pero nunca tuvimos un presidente que hiciera algo al respecto. Se llevaron todos nuestros bienes”. Y añadió: “El régimen socialista nos lo robó durante los gobiernos anteriores, y nos lo robaron por la fuerza”.
Ahora, dejó claro, lo iba a recuperar, y los estadounidenses serían indemnizados antes de que los venezolanos se volvieran, predijo, “ricos”.
Pero eso dejaba muchas preguntas abiertas. ¿Necesitará Estados Unidos una fuerza militar de ocupación para proteger el sector petrolero mientras los estadounidenses y otros lo reconstruyen? ¿Dirigirá Estados Unidos los tribunales y determinará quién extrae el petróleo?
¿Instalará un gobierno dócil durante un cierto número de años? y ¿qué ocurrirá si unas elecciones legítimas y democráticas las ganan venezolanos con una visión diferente para su país?
Todas estas cuestiones, por supuesto, podrían enredar a Estados Unidos exactamente en el tipo de “guerras eternas” contra las que se ha manifestado la base MAGA de Trump.
Cuando se le presionó al respecto, Trump lo descartó. Señaló que había conseguido matar al líder de la fuerza Quds iraní, el general Qassim Suleimani, en enero de 2020. Mencionó el éxito de su ataque contra las principales instalaciones nucleares iraníes, con lo cual enterró sus reservas de uranio.
Pero esos fueron en gran medida ataques puntuales. No implicaban dirigir una nación extranjera, ni hacer frente a la resistencia que casi siempre acompaña a un esfuerzo como ese.
Durante gran parte del siglo XX, Estados Unidos intervino militarmente en países más pequeños del Caribe y Centroamérica. Pero Venezuela tiene el doble de tamaño que Irak, con retos que pueden resultar igual de complejos.
“Cualquier transición democrática requerirá la participación de elementos favorables y contrarios al régimen”, dijo en una entrevista John Polga-Hecimovich, experto en Venezuela de la Academia Naval estadounidense.
Una prueba crucial, dijo, es cómo reaccionan las fuerzas armadas venezolanas. “Si se fragmentan, con algunos apoyando la transición y otros no, la situación podría tornarse violenta”, dijo. “Por otro lado, una fuerza unificada ayudaría a legitimar cualquier gobierno que venga después”.
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