
1996: la Biblia y el calefón
Escribe: Bartolomé de Vedia
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Dentro de muy pocos días, 1996 terminará de escurrírsenos entre los dedos. Antes de que muera definitivamente es justo que digamos, en su homenaje, que fue el año más discepoliano de que se tenga memoria. En 1996, la Biblia lloró más que nunca contra un calefón.
Es que hubo de todo: elecciones, festivales de cine, incendios de bosques, precandidaturas, paros generales, apagones, floreros con droga, aduanas paralelas, servilletas perdidas, funcionarios procesados, chicas de la noche, ingenieros sin título, agentes encubiertos, arqueros que patean penales, discotecas con topes horarios, juicios televisados, ministros renunciantes, ministros distraídos, barrabravas emboscados, alumnos golpeadores, jueces en luna de miel y muchísimas curiosidades más.
A 1996 habrá que recordarlo, probablemente, como el año en que Menem se desprendió de Cavallo. O -si se prefiere otra óptica- como el año en que Cavallo embistió definitivamente contra las mafias enquistadas en el poder; a las cuales les había declarado ya la guerra en agosto del año anterior.
El año que termina nos enseñó, entre otras cosas, que la mafia es un fenómeno plural. No hay una sola, hay muchas: la del oro, la del fútbol, la de la Aduana, la del PAMI, la del tráfico de armas. Está también la mafia del lavado de dinero, que es una mafia de segundo grado, pues se dedica a blanquear los dólares producidos por las mafias originarias o de primer grado.
Cavallo discrepa con esa teoría pluralista. A su juicio, todas las mafias están unificadas. Cavallo piensa que hay una supermafia central y varias sucursales, o submafias. Eso sí. Todas están empeñadas en destruirlo a él. Les molesta su aire de moderno y calvo Quijote que arremete, furioso, contra los molinos de viento de la corrupción.
Visto desde otro ángulo, el año que termina merece ser recordado como el año del reality show . Es decir, el año en que la realidad compitió de manera desleal, y con ventaja, con las obras de ficción. Hubo un caso emblemático: el affaire Coppola. Sus alternativas fueron seguidas con fruición por una multitud que no se despegaba de los televisores. Los teleteatros se sintieron relegados y tuvieron que admitir, ruborizados, que la realidad escribe, con frecuencia, mejores libretos que la TV.
Mujercitas , por ejemplo, fue un teleteatro de éxito masivo. Sin embargo, se quedó varios escalones por debajo de la realidad. Sus villanos -el capomafia Lucas Bazán y la doctora Carla Lucero, verdadera diosa naïf de la maldad- se tuvieron que esconder con el rabo entre las piernas, como simples aprendices, cada vez que los informativos o los programas periodísticos trajeron a primer plano los ataques al fiscal Lanusse o los interminables pormenores del novelón de Samantha Farjat y Natalia De Negri.
Si volvemos a cambiar la perspectiva, tendremos que admitir que 1996 fue, por encima de todo, el año del Poder Judicial . La realidad política se mudó a los pasillos de los tribunales y los jueces se convirtieron en personajes de moda. Un caso típico fue el de Ortiz Iramain, que llegó rápidamente al estrellato apretando a los testigos del caso María Soledad Morales, mientras los otros dos integrantes del tribunal se intercambiaban señas, como en el truco, demostrando que la Justicia no sólo es ciega sino también muda. Fue, también, el año de la Aduana paralela y del affaire IBM-Banco Nación; el año de las retractaciones de Cavallo y de las polémicas disquisiciones sobre el tamaño del placard del juez Trovato.
Es que en 1966 la Justicia se puso de moda. Y se arrojó en brazos de la televisión. Jueces, fiscales, camaristas, abogados, oficiales primeros y oficiales segundos se adueñaron de la pantalla de TV. El Código Penal y los códigos procesales anduvieron en boca de todos, como las canciones de Charly García o de Joan Manuel Serrat. La plaza Lavalle fue escenario constante de protestas y se llenó de pancartas y altavoces. Casi podría decirse que desplazó a la Plaza de Mayo como epicentro político de la ciudad. Se le cantó a la señora de los ojos vendados, con letra y música de María Elena Walsh, en las propias escalinatas del Palacio de Justicia, y hubo un intento simbólico de abrazar el histórico edificio. La Argentina, que alguna vez fue la patria financiera y otras veces la patria metalúrgica, pasó a ser, decididamente, la patria judicial.
Hay otras formas de evocar el año que agoniza. Fue -no hay que olvidarlo- el año en que la ciudad de Buenos Aires dio sus primeros pasos hacia la autonomía institucional, después de haber sido gobernada, durante un siglo y medio, desde las aureoladas esferas del poder político nacional. La autonomía tiene, por ahora, la cara amable y distendida de Fernando de la Rúa. Muchos se alegran de que la cara visible de la ciudad sea ésa y no la de algún tardío émulo de Alsina o Tejedor. Es que la causa autonomista tiene amigos y enemigos. Y mientras esté De la Rúa, es poco probable que la sangre llegue al río.
Fue, también, el año en que River volvió a ser la máquina, el año en que los argentinos nos emocionamos con Sol de otoño , el año en que Madonna y Esther Goris se disputaron el pedestal cinematográfico de Eva Perón y el derecho de meterse en su mítica piel.
La reseña, por supuesto, es incompleta. Faltan los nombres de los varios millones de argentinos que en 1996 trabajaron, estudiaron, investigaron, crearon, se divirtieron, amaron, lloraron, cantaron, se unieron, se separaron, acertaron o fracasaron sin pasar por los pasillos de los tribunales y sin que ninguna cámara de TV registrara sus gestos. Ellos fueron los héroes viscerales de 1996. A ellos les corresponde tirar al viento las melancólicas cenizas del año que se va.






