Aristóteles: “El amor está compuesto por un alma habitando dos cuerpos”
La célebre máxima del filósofo griego trasciende la mera emoción física para proponer una unión de virtudes, valores y propósitos profundos; un vínculo que define la esencia del ser humano más allá de su individualidad
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La sentencia atribuida a Aristóteles, es decir “El amor está compuesto por un alma habitando dos cuerpos”, es considerada una de las definiciones más profundas y románticas de la tradición filosófica clásica. Esta metáfora no alude simplemente a un sentimiento pasajero, sino a una correspondencia de virtudes donde dos personas, aun con identidades físicas independientes, convergen en una misma entidad espiritual y de valores.
Para el pensador, el amor verdadero y la amistad perfecta, denominada “philía”, requieren una sintonía moral donde el bienestar del otro se convierte en una prioridad recíproca. Este encuentro trasciende las palabras y la razón, lo que permite que ambos individuos se encuentren en una esencia compartida.

Esta perspectiva aristotélica se apoya en el concepto del amigo como un “otro yo”, una idea desarrollada en su Ética a Nicómaco. Al compartir una misma estructura de propósitos, lo que le sucede a uno afecta al otro de manera directa. El vínculo, por tanto, se aleja de la utilidad o el placer momentáneo, elevándose hacia una benevolencia consciente. Para Aristóteles, esta unión requiere, como requisito previo, que cada persona sea amiga de sí misma, con el objetivo de lograr una armonía interna que pueda expandirse hacia la vida de su par. La metafísica de esta unión implica sincronía en la voluntad: querer y rechazar las mismas cosas mientras se mantiene una estabilidad duradera donde la virtud de ambos se preserve intacta.
Aristóteles, conocido en la historia como “el Maestro” o simplemente “el filósofo”, nació en el año 384 a.C. en Estagira. Su biografía, documentada por la World History Encyclopedia y National Geographic, revela a un hombre cuya curiosidad insaciable abarcó desde la biología y la medicina hasta la política y la retórica. Hijo de Nicómaco, médico de la corte macedonia, Aristóteles quedó huérfano a temprana edad y fue tutelado por su pariente Proxeno, quien facilitó su formación. A los 18 años, el joven viajó a Atenas para integrarse a la Academia de Platón, donde permaneció dos décadas. A pesar de que Aristóteles rechazó la teoría de las ideas de su maestro, ya que prefería el estudio de lo tangible mediante la observación, siempre mantuvo un profundo respeto por su mentor, donde expresó que, aunque amaba a Platón, honraba más a la verdad.

La trayectoria del filósofo dio un giro decisivo en el 343 a.C., cuando el rey Filipo II lo convocó para instruir a su hijo, Alejandro Magno. Durante siete años, el filósofo influyó en el pensamiento del futuro conquistador, inculcándole un profundo aprecio por la cultura, la diplomacia y el saber. Esta etapa, según relata National Geographic, fue fundamental para la expansión de las ideas aristotélicas a través del mundo conocido tras las conquistas de Alejandro. Tras este periodo, Aristóteles regresó a Atenas en el 335 a.C. para fundar su propia escuela: el Liceo. Sus seguidores fueron conocidos como peripatéticos, debido a la costumbre de enseñar mientras caminaban por los jardines.
La influencia de su legado se extiende hasta la actualidad, ya que es una base fundamental de la ética y el pensamiento científico occidental. Incluso frente a acusaciones de impiedad tras la muerte de Alejandro Magno, las cuales lo obligaron a exiliarse en Calcis, su obra permaneció como un pilar del conocimiento humano. Aristóteles falleció en el 322 a.C., por lo que dejó una huella indeleble en las teologías cristiana, judía e islámica. Su visión del amor, consolidada en esa idea de “un alma habitando dos cuerpos”, refleja su búsqueda constante de la excelencia personal y la virtud, pilares que, para él, conferían sentido a la existencia humana y a las relaciones sociales más profundas.
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