Coronavirus. Aterrizaje en Ezeiza y 14 días en un hotel frente al Congreso
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Hoy llamé a recepción cuatro veces. La primera fue a las 6:30 am porque escuchaba los golpes de una ventana que se cerraba con el viento.En mi estado de entresueño pensé que era mi vecino de la 1005 que siempre golpea la pared, pero después me di cuenta de que sonaba distinto y abrí la puerta. Me asomé al pasillo y vi que la ventana al final del corredor estaba abierta: se había largado a llover. Hubiera ido a cerrarla pero sentí que asomar la cabeza ya fue arriesgado, así que llamé a recepción y les pedí que lo hicieran. Para entonces ya me había desvelado y no pude volver a dormir.
Hace nueve días que estoy acá, en una habitación del hotel Ibis, frente al Congreso, tras regresar de Londres, donde me encontraba haciendo una maestría. La segunda vez que llamé a recepción fue para pedir que me trajeran toallas nuevas. Ayer y antes de ayer también les pedí, pero no les había llegado la lavandería. Como no respondieron, puse a secar la que tengo para usarla de nuevo.
Todas las mañanas, cuando abro la ventana, sobre Hipólito Yrigoyen, veo a un hombre en la plaza bañarse en el bebedero. Yo, aquí encerrada, puedo darme una ducha caliente con jabón, shampoo y crema de enjuague, ponerme ropa limpia y dormir en una cama de dos plazas. De repente se siente estúpido reclamar la toalla otra vez.
Me siento en el escritorio/estante bajo la ventana. La vista da a unas oficinas que tienen vidrios espejados, la Plaza del Congreso está a mi derecha. Personas de las habitaciones vecinas se despiertan y gritan el número de días que llevan acá. A veces golpean cositas, a veces pasan cumbia a todo volumen, a veces se gritan entre sí, a veces gritan hablando por teléfono. Algunos están solos, algunos son jóvenes, algunos están en pareja, algunos están con amigos, algunos están con niños, algunos están hartos, algunos se entretienen, algunos no saben qué hacer, algunos están violentos, algunos más contentos, algunos incómodos, algunos se quejan, algunos se callan, algunos molestan, algunos trataron de escaparse y los llevaron presos, otros llaman al noticiero y muestran fotos de sus habitaciones hechas una pocilga porque no ordenan y culpan a los empleados del hotel por tratarlos mal...
La tercera vez que llamé a recepción fue para saber si hoy venían a hacernos el test. Me respondieron, como los otros días, que lamentablemente no podían asegurar que los médicos fueran a venir hoy, aunque supuestamente deberían venir, pero no tienen a quien llamar para informar nada con certeza.
Sigo escuchando a mis vecinos gritar por la ventana:
"Me quiero iiiirrr", "¿Quién más se quiere ir?" "¡Yo!" "¡Yo también!"
Hace un rato llamé por cuarta vez y tuve este diálogo:
- –Hola, ¿qué tal? Te hago una pregunta. Estoy mirando por la ventana desde que me desperté y veo por el reflejo del vidrio de enfrente que hay una ambulancia del SAME estacionada en la puerta.
- –No sé qué hace ahí, al hotel no vino, nosotros no los llamamos.
- –Bueno, gracias, ¿hay alguna novedad?
- –No, ninguna novedad.
Y así fueron más o menos todos los días desde que aterrizamos en Ezeiza.
Yo vine desde Londres haciendo escala en París y luego París–Buenos Aires. El aeropuerto de París estaba vacío, había solo dos vuelos que partían y uno era el nuestro. En la fila del boarding estábamos amontonados y charlando como si nada, Air France solo quería sacarnos de ahí, lo mismo en Londres. Al llegar a Buenos res, subieron un médico y un grupo de enfermeros, nos tomaron la temperatura y había dos personas en business con fiebre alta. Nos bajamos todos del avión en grupos de 20, Ezeiza también estaba vacío. Pasamos caminando por unas camaritas que marcaban nuestra temperatura corporal, a mí me dio 37,5. Me la tomaron otra vez y me dijeron que estaba bien. Los que teníamos domicilio en Capital Federal pasamos para la derecha, los que tenían domicilio en provincia bajaban las escaleras mecánicas y se iban a su casa.
Fuimos a buscar las valijas, las pusimos en un micro y nos subimos: 60 personas y cuatro ventanitas, hacía calor y no corría el aire. Esperamos ahí 40 minutos hasta que la policía nos dejó salir del estacionamiento. Nos trajeron al hotel en el centro y fuimos bajando de a cuatro para chequearnos. En recepción nos pidieron el DNI y dijeron que teníamos que quedarnos acá por 14 días: no iban a evaluar los casos individualmente, todos se quedaban sin excepción.
A las 72 horas repartieron una hoja del gobierno de la ciudad que decía que no podíamos salir de la habitación y que nos iban a dar cuatro comidas diarias. No había más información que pudieran darnos, pero realmente... ¿qué más necesitábamos saber? Todos estábamos al tanto de la situación a nivel mundial y si bien hay muchas contradicciones en los manejos de este proceso, ¿importan los detalles?
Volver a casa
Ayer a la noche, finalmente, nos hicieron el test. A la tarde me habían traído toallas limpias (que no usé) y a las 10 nos dejaron ir: bajamos de a uno en el ascensor, firmamos un papel y cada uno a su casa.
Hoy dormí hasta las 11, llené la bañadera, me llevé un libro y el mate al baño. No quiero dejar pasar la oportunidad de decir lo agradecida que estoy de estar en mi casa, con mi bañadera, mi aceite de lavanda y mi grifería Robinet. Mientras tanto, me pregunto si aquel hombre seguirá en la Plaza del Congreso mientras nosotros nos recluimos en nuestro hogar.
Por Cynthia Carllinni
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