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Libros

Basta de follar y cremalleras, es la hora de los traductores locales

Marcos Nuñez
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19 de julio de 2018  

Hace más de 40 años que Jesús Zulaika trabaja como traductor: Raymond Carver, William Faulkner y Paul Auster se leen en Argentina gracias a él. Su hermano, Jaime Zulaika, es el responsable de que se lean a John Cheever, Emmanuel Carrère y Michel Houellebecq. Ambos son españoles y publican sus traducciones en ese tanque editorial llamado Anagrama.

Estos médiums de las letras nos acostumbraron (¿nos acostumbraron?) a expresiones como "cañas" por cervezas, "nevera" por heladera, "capullo" por pendejo y "grifo" por canilla, por mencionar solo algunos ejemplos. Uno de los títulos que mejor ilustra esta situación es La máquina de follar, el clásico cuento del norteamericano Charles Bukowski, del que basta leer una línea para saber de qué hablamos: "Tanya le bajó la cremallera, le sacó la polla, ¡menuda polla tenía el tío! Había dicho treinta y cinco centímetros, pero parecía por lo menos cincuenta".

Las traducciones ibéricas están bien para España, pero algún sudamericano, más aún, algún argentino, ¿se le quejó a Zulaika?: "Claro, claro que se quejan –reconoce–. Sobre todo, los del Club de Traductores de Buenos Aires. No estoy de acuerdo con ellos en eso. Nosotros, aquí, nos debemos en primer lugar a nuestros lectores de la península, que jamás entenderían que adoptáramos un español neutro cuando el nuestro es tan rico. Tan rico como el vuestro, que es asimismo el que los traductores argentinos deben a su gente".

En el informe de producción del libro argentino 2017, de las 28.440 novedades registradas en el año, un 6% son traducciones; es decir, cerca de 1.700 libros.

De este total, más de la mitad son literatura general y libros infantiles, y 6 de cada 10 traducciones provinieron del inglés. El resto se divide entre el francés, el alemán, el italiano y el portugués. Hace cinco años, sobre un total de 26.676 novedades publicadas, apenas el 1% fueron traducciones: menos de 300.

Fuente: Archivo

Traducir o traicionar

Uno de los títulos que vio la luz el año pasado fue Los chicos salvajes, de William Burroughs, editado por El Cuenco de Plata. Márgara Averbach, a cargo de la traducción, también es escritora y reconoce que esta doble condición la obliga a solapar su costado de autora en la elección de las palabras. "Traducir literatura es una escritura controlada. El original controla y se le debe fidelidad, y una fidelidad especial: no solo al contenido, sino también al uso del lenguaje".

Cuando a la ganadora del Premio Conosur de Traducción de Unión Latina le preguntan si no es una ventaja ser escritora a la hora de traducir, ella lo relativiza: "Yo digo que depende: puede ser bueno porque el escritor tiene un excelente manejo de la lengua; pero es bueno solamente si el escritor sabe que el libro que traduce era de otro autor en el idioma de origen y que es imprescindible que las marcas de ese autor sigan ahí". Y le gusta, en estos casos, citar el ejemplo de Borges: "Cuando traduce Faulkner, Borges es un desastre porque es puro Borges. Una de las marcas de Faulkner es la repetición, la misma palabra 15, 18 veces en la misma página. Borges, que odia repetir, en lugar de respetar ese recurso, busca sinónimos. El resultado no es Faulkner. Es Borges. Me parece una traducción muy mala. Hay que saber borrarse".

Además de haber traducido Las palmeras salvajes, Borges hizo lo propio con Orlando, de Virginia Woolf, y La metamorfosis, de Kafka. En la lista de los nombres propios de la literatura local que fueron de una lengua a otra no puede faltar Julio Cortázar, que tradujo del francés Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, y del inglés, los cuentos completos de Edgar Allan Poe, entre otros.

Fuente: Archivo

Si tradicionalmente el argentino es un traductor-escritor, para Eric Schierloh, traducir no significa reverenciar el original. En la vereda opuesta a Averbach, este escritor, traductor y responsable de la editorial Barba de Abejas abona otra corriente: "Trato de buscar un equilibrio. Ni sobreexponerme y pasar a ser el protagonista, ni desaparecer por completo".

Fuente: Archivo

Traductor de autores como Herman Melville, el autor de Moby Dick, reconoce que el lenguaje es algo plástico, provisorio. Por eso, a veces encuentra en una de sus traducciones cosas que no le gustan: "Siempre hay determinadas frases o estrofas con las que no estoy conforme y que entonces se quedan conmigo rebotándome en la cabeza mientras la vida continúa".

Sobre los límites de la traducción hay una anécdota que muestra hasta dónde puede traicionarse la obra original. César Aira, quien todos los años es nuestro candidato al Nobel de Literatura, trabajó como traductor durante más de 30 años; muchas veces, los editores le pidieron que achicara las novelas porque no había presupuesto y, en una ocasión, resumió 200 páginas en una frase: "Encontrar a Carlitos no nos dio ningún trabajo".

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