Los líderes del movimiento estudiantil chileno entraron al Congreso y rompieron el monopolio de las fuerzas tradicionales. Los desafíos de Camila Vallejo y sus aliados, que, con menos de treinta años, amenazan con romper el sistema político instalado por Pinochet.
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El 17 de noviembre de 2013 pasé la tarde entera frente al televisor. Era día de elecciones presidenciales y parlamentarias en Chile, pero lo importante no era eso, sino las garantías que esas elecciones, a diferencia de tantas otras, arrastraban consigo. Muchos candidatos venían del movimiento estudiantil y por primera vez en décadas amagaban con cambiar el statu quo que se había instalado –muchos creían que para siempre– desde la época de Augusto Pinochet. El resultado de las elecciones fue alentador. No ganó mi candidato predilecto (Francisco Figueroa, acaso la cabeza más brillante del movimiento), pero sí entraron otras figuras que tenían un peso mediático mayor. La principal de ellas es Camila Vallejo, aunque no es la única. También están Giorgio Jackson, Gabriel Boric y Karol Cariola, y es justamente esa suma de pequeñas conquistas, cuatro diputados surgidos del movimiento estudiantil, la que llena las instituciones chilenas de un aire extraño: estos pibes son vistos como el comienzo de algo. Como el kilómetro cero de una serie de reformas educativas, tributarias y hasta constitucionales que, de llevarse a cabo, harían de Chile un país distinto. Acaso más justo.
Me pasé la tarde frente a la tele, decía, no sólo por curiosidad política sino también porque a muchos de los candidatos los había conocido algunos meses antes, durante un trabajo que había hecho para una revista extranjera. En ese entonces había viajado a Santiago para hacer un perfil de Camila Vallejo (la chica nos tenía a todos idiotas; todos queríamos ver de cerca a esa belleza tan lúcida), pero el resultado, una vez allá, fue más lejos de lo que esperaba. Camila era apenas un eslabón dentro de un movimiento casi revolucionario que se mostraba en un momento clave de complejidad y ruptura.
En un bar, Jaime Parada, concejal y militante por los derechos civiles de las minorías sexuales –y el mejor amigo de Camila– me resumió el movimiento y su letra chica contando una escena sobrecogedora. Había ocurrido el 21 de mayo de 2012. Esa mañana, en Valparaíso, una ciudad costera ubicada a 120 kilómetros de Santiago, el entonces presidente Sebastián Piñera debía dar su discurso anual ante el Congreso. Ese día, a diferencia de tantos otros años, la situación era especialmente tensa. En pleno auge de las protestas estudiantiles, cualquier aparición pública de Piñera garantizaba problemas.
Afuera del Congreso, manifestando en contra del gobierno, estaban los estudiantes encabezados en buena parte por Giorgio Jackson –entonces presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica (FEUC)–, Francisco Figueroa –vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH)– y Camila Vallejo –presidenta de la FECH–. Entre el tumulto, además, estaba Jaime Parada: acababa de salir del Congreso y buscaba sin éxito a Camila. Entonces la vio. En el medio del caos de las protestas y desde una cuadra de distancia, la chica avanzaba rodeada por un anillo de compañeros de la Juventud Comunista –el partido al que ella pertenecía y pertenece– que la protegía del desborde que se arrojaba sobre ella: una horda de militantes de ultraizquierda que le gritaban "vendida" y "amarilla" –"tibia"–; decenas de medios de prensa soltando preguntas al viento; y un manojo de vivillos que buscaban el momento de manotearle el culo a la vez que le gritaban "hazme un hijo", "déjame chuparte las tetas", "acéptame en Facebook".
–Era como una jauría en torno a la Camila, y ella caminaba estoica con su grupo de gente rodeándola. La Camila es muy admirada pero también es muy odiada, más aún por el mundo de la extrema izquierda, que la considera una "amarilla" y está dispuesto a hacérselo saber. Pero ella puede vivir con eso. Tú la veías caminando y era como si nada pasara. Para mí esa escena explica como ninguna otra la complejidad del movimiento.
Eso dijo Jaime Parada aquella vez en Santiago de Chile. Durante la charla diría también otras cosas, pero sería esta imagen cinematográfica la que regresaría infinitas veces, cada vez que tuviera que recordar de qué estaba hecha "la Camila" y de qué estaba hecho, por tanto, el movimiento estudiantil chileno: el mayor alzamiento social que ocurre en Chile desde fines del pinochetismo y una hazaña política que encontró en las últimas elecciones su momento crucial.
"Ya con los resultados en la mano, uno ve que se vienen años interesantes; no hay reformas garantizadas pero sí mucha presión social a la política –dice por mail Francisco Figueroa, uno de los candidatos de la Izquierda Autónoma, el movimiento más radical que se presentó a elecciones–. Los cambios, de venir, serán gracias a la presión articulada que puedan ejercer el movimiento estudiantil y las nuevas fuerzas que comienzan a hacerse un espacio en la política. Porque está claro que de la mano del puro gobierno no vendrán. Sólo un ejemplo: Bachelet designó como ministro de Educación a Nicolás Eyzaguirre, entusiasta economista neoliberal que, como ministro de Hacienda de Lagos, aprobó la creación del Crédito con Aval del Estado, que debe de estar entre las políticas públicas más ineficientes y expresivas de la genuflexión de lo público a lo privado (la banca)".
Camila Vallejo llegó al Congreso apoyando, curiosamente, a Michelle Bachelet. También lo hicieron Karol Cariola (otra joven del PC) y Giorgio Jackson, quien tiene un movimiento propio llamado Revolución Democrática. Este respaldo, a su vez, es hoy la mayor crítica que el movimiento estudiantil les hace a estas figuras, y principalmente a Camila. En su caso, tras decir infinitas veces, durante las protestas, que jamás votaría a Bachelet –quien respaldó en su gobierno un equilibrio desfavorable para las clases medias y bajas de Chile–, lo cierto es que terminó obedeciendo las órdenes de su partido y dio un golpe de timón que tuvo consecuencias.
Buena parte de la población apoyó a Camila Vallejo –de hecho, ganó en su comuna con el 43,68% de los votos–, pero muchos estudiantes reaccionaron como se reacciona ante una estafa. "Falsa", "prostituta", "mentirosa", "política" (sic), "muppet": estos son algunos de los calificativos que recibió Camila por entrar a las filas de la Nueva Mayoría, un derivado político de la Concertación, la coalición de partidos y movimientos de centro-izquierda que se armó en Chile con el regreso de la democracia y que creció bajo la promesa –para muchos incumplida– de devolverles a los ciudadanos los derechos sociales perdidos durante los diecisiete años de dictadura.

–Yo no soy principista. Tengo mis principios pero también sé lo que es la táctica y la estrategia, y entiendo que para avanzar en las demandas que se plantean hoy en Chile se requiere buena correlación de fuerzas políticas –dijo Camila durante nuestro encuentro, sin que una sola vacilación le robara gracia a su rostro templado.
La decisión de Camila –que en realidad no es suya, sino del Partido Comunista, al que pertenece– tiene una explicación. Y tratar de entenderla obliga a revisar el esquema político que Chile arrastra desde los tiempos de Augusto Pinochet.
Puede ser largo, pero es esencial.
En Chile hay un sistema de gobierno "binominal", lo que significa que el país está dividido en sesenta regiones y que cada región debe elegir dos diputados (por lo que en el Parlamento hay ciento veinte diputados en total). Para elegirlos se da un proceso de sufragio por listas: las dos listas que ganen más votos en cada distrito son las que pondrán su diputado en el Congreso. La nota al pie es que las dos listas principales son siempre las mismas: la Alianza –la coalición de derecha a la que pertenece el ya ex presidente Piñera– y la Nueva Mayoría (antes llamada Concertación), que encuentra a su mayor figura en Bachelet. Como esas listas siempre sacan el mayor caudal de votos, en todas las elecciones y en todas las regiones, la Alianza y la Nueva Mayoría ganan un escaño –mientras que los movimientos chicos quedan afuera–, por lo que el Congreso siempre está partido en mitades ideológicas exactas. Esto, durante décadas, tuvo consecuencias institucionales directas. Si se considera que las leyes sólo se aprueban con el aval de más de la mitad del Parlamento, eso explica por qué desde el fin de la dictadura ha sido imposible sancionar un paquete de medidas que produzca cambios de fondo en la realidad de Chile.
La novedad es que eso acaba de cambiar. En algunas comunas, por primera vez y gracias al poder político de los líderes estudiantiles, los dos escaños disponibles quedaron en manos de la Nueva Mayoría y de la izquierda. Y eso hace que de ahora en más el progresismo –por usar un nombre genérico y discutible– tenga el 58% del Parlamento a su favor y el país quede de cara a la posibilidad de modificaciones vitales para la vida de los chilenos.
"Esta fue la elección más importante de estos últimos veinte años –dice por mail Fernando Atria, un profesor de Derecho de la Universidad de Chile que se convirtió en el mayor exégeta de Michelle Bachelet y que hoy impulsa una reforma constitucional–. Ya se rompió el quórum del 50%. Tenemos ahora más herramientas para cambiar los fundamentos políticos inaugurados con el gobierno de Pinochet, que muestran a Chile como un país pujante, cuando lo cierto es que ese crecimiento viene montado sobre una descomunal desigualdad social".
Atria habla de lo siguiente: hasta 2011, cuando estalló la revuelta, Chile venía siendo visto en el mundo como "el jaguar de América Latina"; un país que –según datos del Banco Mundial– tenía a su población con casi pleno empleo, sólo 14% de pobres y un Estado eficaz. Sin embargo, el movimiento estudiantil desnudó las costuras de ese modelo. Las clases medias y bajas, se supo, debían endeudarse hasta límites insospechados para pagar por derechos básicos como la salud, el cuidado en la vejez y la educación.
¿Por qué saltaron entonces los estudiantes, y no los viejos o los enfermos? Porque la transición chilena –que es como se llama al período de salida de los esquemas institucionales de la dictadura– creó en torno a la educación un ideal de ascenso social que, a pesar de las buenas intenciones, mantenía los fundamentos de la Escuela de Chicago instalados por el pinochetismo. Todos, se dijo, podían alcanzar una realización individual mediante el estudio, pero con la salvaguarda de que las universidades eran pagas y caras, y obligaban a buena parte de la población a endeudarse con la banca privada.
Con el paso de los años empezaron a abrirse las grietas de este mito educativo. Miles de estudiantes comenzaron a egresar –y también a desertar– llenos de deudas y en el mejor de los casos con un título que no los habilitaba a conseguir un buen trabajo, ya que muchas universidades, nacidas con el único fin de lucrar, tenían un nivel académico penoso y en algún caso hasta tenían el descaro –como ocurrió con la Universidad de Las Américas– de tener sus aulas en un shopping.
–La educación es el ejemplo perfecto de cómo Chile está lleno de trampas institucionales que sostienen un modelo de sociedad –dijo Camila en Santiago de Chile, durante el breve encuentro que tuvimos–. La educación como bien de consumo y la posibilidad de que el sector privado haga negocios están resguardados por la Constitución actual. Con el movimiento fracturamos una hegemonía cultural bien grande. Nosotros dimos el empujoncito, pero la gente igual ya se estaba cansando.
Vi a Camila una mañana de miércoles. Su equipo de prensa me había dado sólo media hora de entrevista en La Florida, la comuna de clase media trabajadora que terminó llevando a Camila al Congreso y el lugar donde estaba el centro de campaña. La oficina consistía en un salón con un cartel inmenso con el rostro de Camila –su piel luminosa, su aro en la nariz– y con una mesa larga en la que siete personas tomaban café.
En algún momento llegó Camila. Tenía una panza chica despuntando entre las ropas negras –estaba embarazada de seis meses– y, sobre todo, una belleza sobrecogedora. Camila era incluso más hermosa que en las fotos. Francisco Figueroa, mi candidato preferido –que no ganó–, hizo una lectura precisa sobre la influencia de la estética sobre la vida política chilena.
–La belleza de la Camila ayudó harto –dijo–. Quedó la idea de que los dirigentes estudiantiles eramos héroes apolíneos cuando eso era una gran mentira. Gabriel (Boric) estaba gordito, a Giorgio se le está cayendo el pelo, yo tengo unas ojeras estructurales y en esos tiempos ninguno de nosotros alcanzaba ni a ducharse… Pero la belleza de la Camila creó una idea de lo bueno y lo bello.
–La alusión a mi figura suele ser un comentario recurrente –dijo Camila luego de tomar asiento–. Durante las protestas sabíamos que eso se iba a utilizar, porque yo estaba consciente de la sociedad donde vivo y porque la derecha lo iba a usar para banalizar las demandas del movimiento. Aunque tampoco pensé que podía ser tanto.

Mientras hablaba, Camila era interrumpida por cuestiones de agenda. En esos días debía dar un paso simbólico importante: tenía que acordar la fecha para tomarse la polémica foto junto con Michelle Bachelet. Le pregunté por ese tema.
–Creo que la discusión sobre Bachelet está dentro del debate de qué es ser más o menos de izquierda. Uno de los problemas de la izquierda es justamente el no poder resolver quién es más de izquierda que el otro. Personalizar las cosas no tiene sentido, hoy todos los candidatos presidenciales tienen pasados más o menos cuestionables, y si uno se basa en eso la verdad es que se va a quedar muy solo.
Esta posición conciliadora, contra lo que pueda pensarse, le dio un apoyo masivo no sólo a Camila Vallejo sino también a Karol Cariola y a Giorgio Jackson, quien tiene un movimiento con el que finalmente apoyó a Bachelet y con el que sacó el 48% de los votos de su comuna.
Giorgio siempre fue la parte acaso elegante de la gesta estudiantil. A los 24 años –hoy tiene 27– era un prolijo estudiante de Ingeniería, gustaba a las chicas y gustaba a las madres de las chicas porque salía dando entrevistas a Al Jazeera en perfecto inglés. En ese entonces, cuando arrastraba tras de sí a un movimiento que llegó a llevar más de cien mil personas a las calles, vivía con su madre y sus cuatro hermanas en Las Condes, un barrio de clase acomodada del que se fue hace dos años.
Ahora vive en Providencia, en una casa antigua junto con cinco amigos más con los que reparte el alquiler. Lo conocí en esa casa, que era grande y sólida pero sin afeites, con esa desarreglada comunión de objetos propia de los lugares donde vive demasiada gente.
–Hay compañeros que nos critican por querer entrar al Congreso, pero es desde ahí donde se libra la batalla –dijo–. En el Parlamento más del 90% va a la reelección, no se quieren ir. ¿Quién va a querer irse? Tenemos que sacarlos nosotros. Metámonos ahí, no regalemos nada. Cuando el gobierno dice que no puede haber educación gratuita en Chile porque no hay plata para eso, decimos ¿cómo que no?: somos un país de 20.000 dólares per capita, sólo es cuestión de hacer una reforma tributaria, porque ese promedio de 20.000 dólares sólo lo alcanza menos del 10% de la población. Y es más: sólo el 1% en Chile acumula el 30% del ingreso; entonces, cuando se habla de promedio, se esconde eso y se dice que en Chile estamos superbién, pero lo escondido es que el 50% gana menos de 500 dólares al mes.
Giorgio soltaba datos de un modo casi deportivo. Esa actitud, de hecho, había sido siempre la carta dorada del movimiento estudiantil: a sabiendas de que ellos eran jóvenes y de clase media, y de que los iban a criticar por eso, habían decidido estudiar y apabullar con datos.
–Los viejos siempre nos tiraron con el discurso de "vagos" o de "jóvenes soñadores e idealistas". ¿Cómo eliminamos esos prejuicios? Siendo súper nerds, mostrando cifras, hablando sin poesía y diciendo "respóndeme a esto". Y la verdad es que la gente les cree tan poco a los políticos que nosotros no tuvimos que hacer la gran cosa para que nos creyeran –Giorgio sonrió–, sólo teníamos que no ser mediocres.
Les salió bien, o casi. De los seis candidatos salidos del movimiento estudiantil, Camila, Karol Cariola, Giorgio Jackson y Gabriel Boric –de la Izquierda Autónoma, más radical– lograron entrar al Congreso. Afuera quedaron Sebastián Farfán (ex vocero de la Confederación de Estudiantes de Chile) y Francisco Figueroa, quien pertenece al mismo movimiento que Boric pero se candidateó por una zona –el barrio Providencia-Ñuñoa– que no lo favoreció. A esto se suma que hizo una campaña de bajo presupuesto y que no tuvo la presencia mediática de Giorgio, Camila y Cariola, quienes apoyaban a Bachelet.
Lamenté que Francisco perdiera. Es reconocido por todos como una de las cabezas más agudas del movimiento estudiantil. Y fue el único que no armó un discurso triunfalista de cara a las elecciones de noviembre de 2013.
–Esta es una pelea bien larga y en este rato vamos abajo: vamos perdiendo –dijo cuando nos vimos–. Bachelet tuvo la oportunidad de hacer algo y no lo ha hecho, y ahora está absorbiendo las partes del movimiento. Hay que ser fríos. Esta elección la gana Bachelet, pero eso todavía no es expresión de lo que está pasando en este país. La transición se va a acabar cuando se acabe ese modelo de Estado. Nosotros tenemos tiempo.
Francisco, pálido y delgado, hablaba como quien afila lentamente un cuchillo. Lucía inofensivo: con lentes. Y era acaso este aspecto el que había estado generando el mayor equívoco entre los políticos de carrera. Con entonces 26 años, Francisco había saltado a las primeras planas de los diarios durante una entrevista en CNN Chile en la que había logrado sacar de las casillas a Sergio Bitar, ex ministro de Educación de Ricardo Lagos –ex presidente de la Concertación, la misma coalición de Bachelet– y el hombre que implementó el famoso "crédito con aval del Estado": un modo de endeudarse con la banca privada para poder pagar los estudios que terminó ahogando a las familias chilenas. Bitar era uno de los tres enemigos más claros del movimiento estudiantil, y Francisco lo tenía a su lado en uno de los programas políticos centrales de Chile.
–La Concertación y la derecha tienen que decidir si van a seguir siendo el brazo político de la banca –dijo Francisco en un momento, en el medio de una discusión llena de detalles técnicos–. Porque aquí la banca fue a golpear las puertas a la Concertación y la derecha para que le aseguraran un nicho de negocio rentista y usted, ministro, esa puerta la abrió.
Antes de que Bitar pudiera abrir la boca, el presentador –Ramón Ulloa– mostró una placa en la que se veía el grado de endeudamiento de los estudiantes. Mientras Ulloa leía los números, Bitar parecía respirar con fuerza.
–Es una insolencia –dijo– suponer que tú tienes la moral y que los demás no hemos luchado por…
–Usted no tiene la moral.
–¡Tú quieres hacer mejor política, entonces entra a la política y respeta a la gente! ¡Nadie fue a golpear la puerta del ministro diciendo "quiero hacer un negocio", por favor, yo tengo mi vida entera dedicada a la política! ¡Fui ministro de Allende y he estado preso y he estado exiliado para que ahora venga un niño a calificarme de esta manera!

Francisco lo miraba con los ojos alerta pero en estado de quietud. El presentador intentó moderar y resolvió darles treinta segundos más a cada uno. Empezó Bitar. Francisco aguardaba su momento, sin imaginar que esa escena se transformaría en un resumen claro de la brecha entre la vieja política de la Concertación y la nueva política del movimiento estudiantil. Las demandas sociales estaban en boca de una generación nacida en democracia, que no conocía el miedo, que estaba libre de los traumas de la dictadura y a la que las credenciales convencionales –"he sido perseguido", "he estado con Allende"– le resultaban importantes pero no le parecían un salvoconducto válido y capaz de purificar cualquier error político.
–Yo no caché que la entrevista había sido tan significativa, hablé y después me fui a la toma –me dijo Francisco–. Yo sabía que Bitar era un tipo de mecha corta pero…
–¿Tenés copia de ese programa?
–Lo puedes encontrar en YouTube.
–¿Con que nombre?
–Tú pon "Sergio Bitar –tomo nota, aguardo lo que sigue– enloquece".
"Sergio Bitar enloquece". Así lo busqué en el teléfono y así llegué al video: quince minutos de discusión con altos momentos técnicos en los que Bitar termina fuera de sus casillas, y en los que el presentador Ulloa debe intermediar de un modo salomónico. Le da treinta segundos a Bitar primero, y treinta segundos a Francisco después.
–Lo positivo de todo esto –dice finalmente Francisco, cuando le toca su turno– es que estas indecencias que se han cometido con los estudiantes y sus familias no se van a poder seguir cometiendo porque nuestra generación llegó a la política para quedarse, y eso es lo que realmente irrita al ex ministro Bitar. Ellos han tenido el monopolio de la política –Francisco mira a Bitar– y eso va a dejar de suceder.
Mientras yo terminaba de ver el video, Francisco se levantó de su asiento, fue a su cuarto y regresó con un libro escrito por él que tenía en portada una foto del movimiento en la calle. El título era (es) Llegamos para quedarnos y lo que había adentro era –sabría después– una ácida crónica de la revuelta estudiantil, pero también una advertencia de cara a los años que vendrán; a un futuro que, se sabe, es de la gente como Francisco Figueroa.
Que perdió, pero tiene todo el tiempo del mundo por delante.
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