Cinco nuevos bares y restaurantes que hay que conocer
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La vida da sorpresas: a tan solo cinco minutos del más transitado Palermo gastronómico, el paisaje cambia abruptamente. Los brillos de las vidrieras dan paso a la oscuridad de la noche, con calles desoladas y grandes carteles que anuncian repuestos automotores. Es la zona de Warnes, en Villa Crespo. Y allí, en una calle transversal, una puerta angosta y anónima destaca por la presencia de un portero vestido con elegancia. Traspasar esa puerta es adentrarse en un mundo onírico, teatral. Primero hay que recorrer un largo galpón; luego, subir unas escaleras, y después, apartar un cortinado. Recién ahí se entra a Warnes, flamante restaurante inaugurado hace pocos días, con conducción de Rodrigo Sieiro.
Sieiro es el cocinero que estuvo a cargo de Nectarine, restaurante de lujo de la reciente historia argentina. Hoy, Warnes es la punta de lanza de una serie de aperturas de gran escenografía que estrenan un 2019 a puro fuego y aromas. Aquí, cinco novedades para ir y conocer.
WARNES / Darwin 62
Una cocina ecléctica y personal, en un ambiente de lujo moderno, ubicado en una zona trash. "Hacía más de diez años que Rodrigo Sieiro no hacía alta cocina. Unos amigos nos juntamos y lo convencimos de volver a los fuegos", explica Ignacio Rodríguez Reymundez, socio del lugar. Warnes es pura sorpresa y detalles. De un lado, la cocina a la vista, construida en acero y enmarcada en una barra de mármol de 16 metros de largo. Del otro, las mesas bien espaciadas, con sillones individuales cómodos. El lugar es amplio, con techos altos trabajados para una buena acústica. La carta recorre materias primas de calidad en una lectura personal del chef. Platos chicos como el pato confit con cous cous; deliciosas las codornices rellenas de higo con pistacho; intensos los cavatellis con quesos Patagonzola y Tres Leches (ambos de Mauricio Couly, gran productor neuquino); delicada la pesca blanca con shiitakes y tomates reliquia. Hay conejo (unos dumpling perfectos), hay cordero (con emulsión de limón y harissa), hay magret de pato con curry de mangos y papaya. Para paladares más conservadores, un ojo de bife con hueso de 900 gramos. Los vinos están bien elegidos y servidos por el sommelier Tomás Romero, todo a precios más amigables de lo esperable por lo excéntrico de la escenografía: unos $1300 el cubierto promedio; menú degustación a $1800. Warnes está recién naciendo y ya tiene planes futuros, incluyendo un bar en planta baja con propuesta propia de coctelería y cocina.
Oh’no! Lulu / Aráoz 1019
Oh’no! Lulu es el nuevo bar (con muy buena cocina) de esa enorme dupla gastronómica formada por Luis Morandi y Patricia Scheuer (BASA, Gran Bar Danzón), sumando esta vez al reconocido bartender Ludovico De Biaggi. Fue Ludovico el de la idea: "Basta de bares que exigen dress code o contraseña para entrar. Queríamos un lugar amigable, divertido. ¿Qué mejor que un tiki bar?", pregunta. La cultura tiki es la interpretación de aromas, sabores, clima y espíritu de la Polinesia y Hawaii –con su música, sus tótems sagrados y una decoración atiborrada de cañas de bambú y referencias playeras–, hecha por los estadounidenses en la primera mitad del siglo XX. Oh’no! Lulu es un paraíso tropical, con lámparas y sillas de ratán, un divertido hogar siempre encendido, paredes empapeladas, buena iluminación. Al fondo, la cocina abierta; en un costado, la larga barra. La carta suma 12 cócteles (seis con base de ron), todos frutales, intensos y especiados, muchos servidos en mugs de cerámica con sombrillitas y sorbetes coloridos. Un par de ejemplos: el Zombie, con mezcla de rones, falernum, canela, lima, pomelo y Angostura, y el Pelotón, con tequila, licor Ancho Reyes, frambuesa y ginger beer. La comida apuesta a sabores orientales sin ortodoxia. Desde un tiernísimo pechito de cerdo laqueado hasta un lomi lomi salmón, reversión de ceviche con el pescado curado brevemente en sal y azúcar. En el medio, ricas spring rolls, una poderosa hamburguesa con ananá, bowls con carne, langostinos y maní, y un enorme cebollón abierto como flor, enharinado y frito, para comer con la mano. Con cócteles a $220 y platos rondando los $200, sin servicio a la mesa (se pide y se busca en la barra), Oh’no! Lulu exige relajarse.
Salón 1923 / Av. de Mayo 1370
Un aire señorial recorre los espacios de Salón 1923. La barra de madera y mármol, la música que deambula por el jazz y los pianos, las paredes blancas y desnudas, las mesas y sillas oscuras marcando el contraste. Nada demasiado llamativo, y está bien que así sea. El protagonista de esta apertura no es el bar en sí mismo, sino su ubicación: el piso 16 del Palacio Barolo, una de las construcciones más bellas de la Argentina, ese enorme edificio diseñado por Mario Palanti repleto de símbolos homenajeando a la Divina comedia, el libro de Dante Alighieri. Para llegar a Salón 1923, entonces, será necesario pasar primero por las bóvedas infernales del edificio, subir luego hasta el piso 14 por ascensor, continuar dos más por escalera y llegar al cielo, posible metáfora para un bar. Lo mejor: aprovechar estos días cálidos y quedarse en la gran terraza que se abre a la ciudad, en dirección al oeste. Desde allí se ven las mejores postales del atardecer porteño. Abierto de 9 a 21, Salón 1923 arranca el día con café y desayunos, sigue con almuerzos simples –pizzas, empanadas, paninis como el de roast beef braseado–, para terminar la tarde con cócteles directos de impronta italiana –Spritz, Americano–, a $200. También cerveza y copa de vino, junto a una tabla de quesos y fiambres.
Langanini Jazz Bar /Asunción 4085
Hay algo ahí, en esos años que van de 1910 a 1950, con su arquitectura, vestimentas, lenguaje y música, que nos sigue seduciendo. Entrar en Langanini, en Devoto, es viajar al corazón del jazz y el dixieland, con sus trompetas y aires, con esos salones de luces brillantes y cortinados densos que poblaron al cine dorado de Hollywood. Creación de Alejo Lagouarde, ganador del programa de TV Masterchef, el lugar apuesta alto, con música en vivo y tres pisos, con distintas propuestas de comida y bebida. La más formal y secreta se desarrolla en el piso intermedio, con un menú por pasos y platos como el pulpo a la chapa; la más relajada es en la terraza, donde juegan con sabores populares en versiones de la casa. Un ejemplo: la hamburguesa de entraña ($360), que sale con compota de cebolla y queso brie en un pan de color morado intenso. Y como no hay jazz sin alcohol, aquí los cócteles (rondan los $200) juegan un gran papel, con delicias como el precioso White Love (gin, saúco, aguardiente de peras, tintura de romero, lima y azúcar) o un más juguetón The Blues, que lleva ron, Amargo Obrero, dulce de batata, lima y almíbar de vainilla.
Na Num / Honduras 4415
Un restaurante dentro de otro restaurante. Eso es Na Num, novedad que cada lunes toma el espacio físico de Opio Gastropub y lo modifica por completo. El primer impacto es visual: si la estética de Opio apunta al street food asiático más relajado, Na Num adquiere claves algo más formales, con mantelería, servilletas negras en la mesa, vajilla, palillos no descartables como cubiertos. El segundo cambio, aún más llamativo, es la propuesta de cocina. Los curries y baos del cocinero Tatu Rizzi se toman una pausa para dar lugar a la cocina coreana, reinterpretada por Lis Ra (ex Niño Gordo). En la carta, breve y concisa, aparecen los caldos ($320/$350), como el de carne o uno bien tradicional que sale frío con fideos mung, pickles y huevos de codorniz. Hay también unos "platos para envolver" ($550), que salen con langostino, berenjena o cerdo, e incluyen dos banchan (platitos con pickles y fermentados), arroz, salsa y unas hojas de lechuga grandes que se usan al modo de tacos mexicanos. A esto se suman pequeñas delicias como las empanadas coreanas fritas de verduras o un kimchi de nabo y nabo deshidratado con cilantro y ricota, entre otros. Tragos frescos (diversos gin&tonic, caipisake de sandía), vinos elegidos, cerveza y mucha onda cierran una propuesta que pronto agregará otro día en la semana.
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