Cuarentenas, lazaretos y cordones sanitarios: los aislamientos por pestes y sus historias
En los años posteriores a la feroz peste negra que devastó a Europa, cualquier síntoma de enfermedad contagiosa inquietaba a todos. En 1377, las autoridades de Venecia, el puerto que se había convertido en fundamental punto de contacto en las navegaciones entre Europa y Asia, establecieron normas estrictas para prevenir la propagación de cualquier epidemia.
Determinaron que cada barco que arribara con algún convaleciente debía mantenerse a la vista por treinta días –trentina le decían–, sin permitir que nadie desembarcara. Tiempo después extendieron el período de aislamiento a cuarenta jornadas –quaranta giorni–, expresión que convertimos en cuarentena.
Hay quienes ven una relación bíblica en la cantidad de días. Esto se debe a la Cuaresma, los cuarenta días de penitencia previos al Jueves Santo, que evocan el tiempo que Jesús estuvo en el desierto antes de iniciar el tramo final de su vida. Aclaremos que, en sintonía con el lapso mencionado, los libros sagrados han establecido que también fueron cuarenta los días que Moisés pasó en el monte Sinaí aguardando las tablas con los Mandamientos, al igual que la duración del Diluvio Universal.
Sin embargo, no debemos olvidar que en Venecia primero se decretaron treinta días, sin detenerse a pensar en las historias de Jesús, Moisés y Noé. Recién cuando advirtieron que era tiempo insuficiente para cerciorarse, se planteó la cuarentena. Con los años, la palabra quedó como sinónimo de reclusión sanitaria, más allá de la cantidad de días de encierro.
Los buenos resultados de la medida llevaron a una nueva forma de aislamiento, pero en tierra firme. Una vez más, el aporte pertenece a los venecianos. En 1403 crearon el primer lazareto, donde la evocación religiosa sí está presente: San Lázaro es el protector de los leprosos y los apestados. De esta manera, un enfermo sospechoso que no estuviera embarcado también podía ser aislado. Los lazaretos se ubicaban en zonas alejadas de la concentración ciudadana. Se prefería una isla, de ser posible.
Cuarentena y lazareto se unieron en una misma idea, ya que el enfermo era llevado a dicho edificio para cumplir el plazo de la cuarentena. A la vez, en una época se dio el nombre de lazareto al espacio destinado a los barcos en situación de aislamiento.
De la cuarentena al cordón
El tercer sistema de contención fue creado en 1822 por los españoles y los franceses. Su nombre: cordón sanitario. Se trata de la demarcación de una frontera temporal desde donde pueda controlarse el paso entre un lado y el otro. El de aquel año se ubicó en el límite con Barcelona, atacada por la fiebre amarilla. España ubicó su cordón en torno a la ciudad.
Los franceses plantaron fuerzas militares en los Pirineos con la excusa de la fiebre. Sin embargo, sus fines eran otros. Querían evitar que su pueblo se contagiara las ideas revolucionarias que circulaban en España y perjudicara a la monarquía restaurada en su tierra.
De todas maneras, y aunque el cordón sanitario quedó muy marcado como expresión política, supo sortear ese comienzo impropio y quedó como opción de circundar sectores afectados por alguna epidemia.
Medidas locales
En la Argentina hubo cuarentenas portuarias, lazaretos y cordones sanitarios para enfrentar la fiebre amarilla, el cólera y la peste bubónica, que eran los tres principales males de la época. A favor del resumen, daremos algunos ejemplos notables.
En tiempos de la dominación hispánica, la cuarentena se imponía a los barcos que traían esclavos. Por Real Cédula del 24 de noviembre de 1791 se estableció que el plazo de aislamiento fuera de ocho días, como mínimo. Esta norma fue modificada el 22 de abril de 1804. Allí, la cuarentena le hizo honor a su nombre y pasó a ser de cuarenta días.
Asimismo, los navíos que tenían pasajeros o tripulantes enfermos, o que habían padecido alguna muerte, eran objeto del control portuario. El capitán tenía la obligación de informar sobre el estado de salud a bordo. Esto lo hacía cuando recibía la visita del médico del puerto. Ese era el nombre del encargado de fiscalizar que no hubiera casos sospechosos y aprovechamos para mencionar a uno de los más conocidos: Pedro Martínez, a quien todo llamaban "el Físico", ocupó el cargo hacia 1820.
Más allá del informe del responsable del barco, los pasajeros debían presentarse en cubierta y facilitar la inspección del médico. En caso de detectar algún riesgo, el especialista enviaba un marino a tierra para que informara a la Junta Médica, el principal tribunal en la materia, y se decretara la cuarentena. La normativa establecía que el médico debía quedarse en el barco, pero esto no se cumplía en la totalidad de los casos.
Las naves en situación de aislamiento izaban la bandera de cuarentena. A veces se daban escenas de protesta por parte de pasajeros sanos a quienes lo único que le importaba era llegar a sus casas. El capitán debía mantener la armonía y que la situación no se le fuera de las manos.
También se ordenaban cuarentenas estrictas cuando las naves llegaban de países afectados por alguna endemia. En diciembre de 1828, Juan Galo de Lavalle, gobernador de la provincia de Buenos Aires, decretó lo siguiente:
El gobierno ha llegado a entender por varios conductos que en el mes de agosto y septiembre afligía a la población de Gibraltar una fiebre epidémica. En esta virtud ha resuelto que, ratificándose esta noticia por la Comandancia General de Marina por medio de los buques que han llegado últimamente de Montevideo, si resultase cierta, se sujeten irremisiblemente a cuarentena todas las embarcaciones sucesivamente entren en este puerto con procedencia de Gibraltar para precaver a este país de los funestos efectos que podría producir la menor tolerancia o negligencia de parte de la autoridad.
Cabe destacar entre las particularidades de la geografía argentina que el Río de la Plata era la entrada exclusiva al territorio. Hablamos de los tiempos en que la Patagonia todavía no había sido desarrollada. Por lo tanto, en el puerto de Buenos Aires se realizaba el control de cualquier buque, incluso aquellos que navegarían los ríos interiores.
Estado de alerta
El cólera, a mediados de la década de 1860, y la fiebre amarilla, en 1870 y 1871, pusieron a todos en estado de alerta. Por ejemplo, en 1865, se dio el caso de un navío arribado que pidió que le enviaran el médico. Éste se demoraba y el capitán envió un bote a reclamar al puerto de Buenos Aires. Desde la costa les gritaban que dieran la vuelta y regresaran. Viendo que continuaban aproximándose, les apuntaron para dispararles. No había enfermos. Pero las autoridades decretaron una cuarentena de tres días. Por infringir normas.
Los barcos y puertos propios no eran la excepción. En 1866 puso en cuarentena a todo buque que llegara desde Corrientes. Para ese tiempo, ya se había implementado que aquellas naves declaradas en estado en cuarentena por causas de epidemia, debían ser fumigadas y desinfectadas, además del equipaje.
Existía una medida más estricta que era cerrar el puerto a los barcos que arribaran de una zona con un foco epidémico. Buenos Aires lo padeció a fines de 1868 y en 1869, en tiempos del cólera, porque Montevideo prohibió el desembarco de naves que llegaran desde esa provincia argentina. En cambio, un barco arribado de Rosario o Paraná no tenía problemas.
El más grave de los incidentes ocurrió en 1884 con el Matteo Bruzzo, un vapor de bandera italiana. Provenía de su país, y traía enfermos a bordo. Le fue negado el ingreso a los puertos de Montevideo, Buenos Aires y Río de Janeiro. La falta de auxilio fue notable. En aquella triste página de la historia de la región, el vapor no tuvo más remedio que regresar y muchos pasajeros murieron durante aquella travesía.
En cuanto a los lazaretos, hubo varios diseminados por todo el territorio. De total, señalamos el San Roque, de 1869, que se ha transformado en el Hospital Ramos Mejía. También tuvieron Quilmes, Rosario y la isla Demarchi. Aquí vamos a centrarnos en el de la isla Martín García, en la boca del Río de la Plata. En 1870, el gobierno argentino evaluó la construcción de un moderno edificio de aislamiento o estación cuarentenaria, como también se decía en aquellos años. De esta manera, mejoraban las condiciones de higiene de los pasajeros retenidos bajo el sistema de cuarentena.
Entre los directores del lazareto figuraron Luis Agote (celebridad mundial, ya que fue el autor de la primera transfusión de sangre indirecta), Salvador Mazza (cuyo aporte para vencer el Mal de Chagas ha sido fundamental) y Prudencio Plaza (quien actuó como cirujano en el primer viaje que realizó la fragata Sarmiento alrededor del mundo). Plaza invitó al poeta Rubén Darío, en 1895. En su autobiografía, el talentoso nicaragüense recordaba que con Plaza se reunían a leer el Quijote y que tuvo la oportunidad de ver, a la distancia, la autopsia de una víctima de las pestes. Desde la isla, enviaba notas a La Nación.
De las muchas historias que se gestaron en la isla, referimos una de 1899, cuando se declaró el cólera en la India. En agosto, el vapor Brésil regresaba de Europa con un importante contingente de argentinos, entre los que se contaban el Intendente porteño, Adolfo Bullrich, y familia; y quien sería su sucesor, Alberto Casares, más otras distinguidas personalidades. Cuando ingresaba al Río de la Plata, el capitán recibió órdenes de dirigirse a la isla Martín García. Fueron recibidos por el director del lazareto, Miguel Ángel Arana Zelis, quien los reunió para comentarles las nociones básicas de convivencia en la isla. En medio de su discurso, se acercó un empleado portando un telegrama. Habían sido detenidos por error. La cuarentena se había levantado. Esto provocó demostraciones de alegría y saludos efusivos entre todos. Los elogios se los llevaba el ministro de Salud, el doctor Eduardo Wilde, amigo de varios de los pasajeros. Sin embargo, mientras se llevaba a cabo ese sencillo festejo con loas al ministro, un nuevo telegrama los interrumpió. La lectura sorprendió a todos: el gobierno argentino informaba que debían permanecer en cuarentena, de tres días. Las manifestaciones acerca del ministro de Salud dejaron de ser tan halagadoras.
Respecto de los cordones sanitarios, mencionamos los que se formaron en Arrecifes y Salto en 1871, durante la epidemia de fiebre amarilla, para no permitir que los habitantes de Buenos Aires pusieran en riesgo a sus poblaciones. También formó un cordón Rosario. Cuando el verano de aquel fatídico año llegaba a su fin, en la ciudad santafesina corrió el rumor de que unos porteños había "cruzado la frontera". Se vivieron horas de pánico, y con motivos fundados, ya que la mortandad en Buenos Aires iba en aumento y estaba alcanzando niveles de catástrofe.
En 1946, la Capital Federal tuvo su cordón sanitario interno. Fue cuando aparecieron casos de peste bubónica en Palermo Viejo. Se aisló el sector con problemas. Abarcaba el área rodeada por las avenidas Santa Fe, Córdoba, Dorrego y Juan B. Justo. Principalmente, los casos se habían dado en la calle Cabrera. Se trabajó durante varios días en la desratización e higiene de ese perímetro. Y los resultados fueron altamente positivos.
Para terminar, el recuerdo de una carta del general San Martín a un amigo en 1831, desde París, adonde había en esos días.
Los progresos del cólera morbus, que ni los cordones sanitarios establecidos por las potencias del norte y todas las demás medidas adoptadas de cuarentenas, no han podido hasta la presente detener la marcha de tan espantosa enfermedad. Por mi parte, algo fatalista, miraría tranquilo venir este azote, pero mi convicción no se extiende hasta el grado de que la existencia de mi única hija pueda ser amenazada.
En esta crítica circunstancia me quedaba el partido de embarcarme para Buenos Aires, con tanto más motivo, cuanto las cartas que últimamente he recibido me aseguran la pronta terminación de la guerra fratricida que desola a las provincias del Plata. Pero me resta una dificultad, que mi modo de pensar no me permite vencer.
¿Cuál era la dificultad? Un compromiso con un acreedor. No quería irse sin antes resolverlo y sabía que le demandaría tiempo. Si no hubiera mediado ese inconveniente, tal vez las pestes de Europa habrían empujado el retorno de San Martín y su hija Merceditas a la Patria.
1Hotel Casino Míguez: parte del emblemático edificio de Punta de Este está abandonado, en venta, y espera renacer
2Se conocieron cuando ella tenía 12 y él 17 y llevan juntos ocho décadas: “Solo puedo hablar de ella con letras mayúsculas”
3Llamó a su esposa y le propuso hacer un viaje que cambió sus vidas para siempre: “Nos vamos a Alaska tres o cuatro meses”
4Efemérides del 20 de febrero: ¿qué pasó un día como hoy?








