De un barrio humilde a hostess de ricos y famosos. "El amor de mi mamá me ayudó a salir adelante"
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No tuvo una infancia privilegiada ni pequeños lujos. Lejos de esa realidad, Lola Castillo (35) siempre se las ingenió para buscar el bienestar donde su alma se sintiera en paz. Nació y se crió en un barrio humilde de la periferia de Mar del Plata. Y allí, con la brisa costera como compañera de aventuras, forjó su carácter ante un contexto que le presentaba constantemente nuevos desafíos.
A los 8 años, un incendio intencional dejó en cenizas la humilde casita donde vivía con su madre y ambas se vieron obligadas a empezar de cero, con lo poco que habían logrado rescatar. "Uno hace cosas de niño para sentirse amado y lo mío era ser buena, no generar problemas y ayudar con lo que podía. A pesar de sus dificultades -mi papá la abandonó cuando yo era bebé y ella tenía problemas con el alcohol- mi mamá siempre confió en mí y me dio mucho cariño". Con mucho esfuerzo, pero excelentes notas y la alegría de convertirse en abanderada, Lola logró terminar la escuela secundaria. El yoga, la práctica de la meditación y de la ley de la atracción ya formaban parte de su esencia y la conectaban con sus deseos más profundos.
"Viví en Mar del Plata hasta los 19 años y después me mudé a Buenos Aires para hacer música y tocar la guitarra. Me anoté en un curso de comedia musical y ahí me di cuenta que no iba a ser famosa y que esa actividad no era lo mío, iba a ser un hobby para siempre. Entonces me puse a estudiar Asesoría de imagen y Organización de eventos. Hasta llegué a trabajar en el Jardín Japonés. A los 21, después de terminar una relación, puse fin a una etapa y decidí viajar a Méjico. Mi plan era aprender inglés, trabajar y juntar unos pesos para volver y abrir mi propia compañía de eventos".

Flores y mariposas
Pero el destino tenía otros planes para la joven Lola. A poco de llegar a Los Cabos, el municipio mejicano que había elegido para vivir su aventura en el exterior, consiguió empleo en el área de animación de un hotel. "Me pagaban 600 dólares y vivía y comía en el hotel. Sentía que estaba en el paraíso. Al mes conocí una persona que me hizo un contacto para trabajar en el mejor hotel de la zona: era destination host de ricos y famosos. Tenía que recibir a quienes se hospedaban en las suites más lujosas del lugar y estar disponible 24 x 7 para resolver todas sus necesidades y pedidos. Estaba súper nerviosa porque el trabajo era completamente en inglés y yo no sabía nada. Pero acepté la propuesta y aprendí. Si ellos vieron algo en mí, es porque esa capacidad está, pensé. La experiencia fue espectacular, conocí otro mundo. Hasta llegué a organizar un casamiento para el que trajimos especialmente mariposas y flores de China".

Pasaron pocos meses hasta que se le presentó la oportunidad de organizar un retiro de yoga en el hotel que duraría un mes. Y fue en ese contexto que tuvo la oportunidad de conocer al Dr. Joseph Michael Levry, yogui, escritor, productor de música sagrada, conferencista internacional y creador del sistema Naam Yoga, que integra muchas doctrinas espirituales de Oriente con las artes sanadoras y las prácticas yóguicas de Occidente. Algo de su presencia cautivó al maestro, que sin dudar la invitó a tomar el curso y certificarse como profesora de la disciplina.
"Creo que todo lo que viví en esa etapa me preparó para lo que vendría después, que fue la muerte de mi mamá. En gran parte fue un alivio, porque cada vez que sonaba el teléfono yo temía lo peor. Así que viajé a Mar del Plata para despedirme de ella y seguir mi camino. Ella ya estaba en paz. Había tenido una vida difícil".
Volver a las raíces
Instalada por un tiempo en Mar del Plata, Lola comenzó a dar clases de yoga a sus conocidos y pronto estuvo en condiciones de poder organizar algunos retiros bajo el ala del sistema Naam. Su pasión por transmitir lo que había aprendido la llevó una vez más a Méjico, donde continuó con las clases y los retiros. Luego dio el gran salto y se mudó a Alemania para trabajar formalmente en un centro de yoga. De allí pasó a Santa Mónica, en Los Ángeles, Estados Unidos. Pero había algo de su tierra natal que la llamaba para regresar. "Todos me decían que no volviera. Allá cobraba en dólares y la vida era más estable. Pero yo necesitaba estar cerca de mis afectos y de mis orígenes".

Ya en Argentina, comenzó a organizar clases de yoga para pequeños grupos y el panorama se fue abriendo cada vez más. Luego siguieron los retiros espirituales y el lanzamiento de una plataforma online donde comparte diferentes herramientas para encontrar el bienestar personal. "No existe la vida perfecta y uno puede aprender técnicas para estar mejor y en paz y simplificar la existencia, el amor es simple. A pesar de sus dificultades, mi mamá siempre me dio mucho cariño y me ayudó a entender que cada uno es creador de su historia. Está todo en nuestra mente y en los patrones que tenemos que romper. Es simple y complejo a la vez: creer es poder".
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