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De compras por Andorra

Nadie se fija en la geografía de este principado. Todos acuden por horas y van a los shoppings, esperando encontrar todo más barato que en cualquier otro lugar de Europa
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26 de marzo de 2000  

Amurallada entre altas montañas, resiste la desaparición de los de su raza. Podrán ser retirados de los aeropuertos, pero Andorra es el último free shop del mundo, un gran hipermercado de 25 kilómetros por 25, que creció gracias al contrabando y que tiene algunos sectores con pistas de esquí destinadas al esparcimiento de sus clientes.

Desde hace algunas décadas, Andorra viene labrando su fama de templo del consumo. Gracias a la inexistencia de impuestos directos sobre los ingresos y el consumo, como el IVA, este país ofrece mercaderías a precios más bajos que los demás países de Europa occidental. En su capital, Andorra la Vella, centenares de tiendas y de centros comerciales se disputan el favor de los turistas que, sobre todo los fines de semana, llegan, compran y se van.

-¿Si conozco algo de Andorra? No. La verdad es que venimos los sábados a comprar cosas y nos volvemos -explica un barcelonés joven que sale de una tienda de deportes junto con dos amigos.

Andorra es un país con un sistema de coprincipado parlamentario -está bajo la doble soberanía del obispo de Urgel y del presidente de Francia-. Desde 1993, cuando el 74,2 por ciento de los ciudadanos apoyó la novedad, posee su propia Constitución. Pero no tiene moneda propia, y lo que se usa, básicamente, es la peseta y luego el franco francés.

"No ha existido la idea de crear una moneda propia, ya que esto supondría gastos muy importantes", explica a la Revista Esteve Favrel Sánchez, funcionario del Ministerio de Turismo.

Un país curioso, que carece de mendigos pues están prohibidos por ley y cuya tasa de desocupación es cero. El que no tiene trabajo no verá renovado su permiso de residencia y deberá marcharse a otro sitio.

Ocurre que Andorra está integrada, en muy buena parte, por extranjeros. De los 65.800 habitantes del principado, el 33 por ciento son nativos, el 42 por ciento españoles, el 11 por ciento portugueses y casi el 7 por ciento franceses.

Thierry, un francés de 32 años, llegó hace diez a este país pues no tenía trabajo como técnico de calefacción, su especialidad. "No sé si me gusta el país -declara-. Pero tengo trabajo. Además, los andorranos te hacen sentir que no eres de aquí; son cerrados; es difícil sentirse andorrano, pues la gente no te integra. Yo lo intenté, pero no he podido."

El ritmo de trabajo en Andorra es vertiginoso. Una portuguesa, empleada en un hipermercado, bromea con cara seria: "La esclavitud no se acabó en Andorra". El propio Thierry, cuando se le consulta en broma si en este país habrán de instaurar las 35 horas semanales de trabajo, como en Francia, también opta por respondar en plan jocoso: "Más que las 35, van a instaurar las 50 horas semanales".

Andorra es la fiesta del consumo, para lo cual dispone de casi 5000 tiendas. Quizá sea el país con mayor porcentaje de gente cargando bolsas por metro cuadrado. Los sábados, la avenida principal de Andorra la Vella, que concentra el 70 por ciento del comercio del país, es un trajín de gente de todo tipo que compra, compra y compra. Desde España parten, sobre todo los fines de semana, ómnibus cargados con gente que arriba a la capital para comprar, exclusivamente. Juanjo Sannicolás, un español que dirige Hiper Andorra, una enorme tienda con 12 sucursales en el país, sostiene que un sábado de verano pueden llegar a la ciudad unos 700 ómnibus colmados de consumidores.

De hecho, de los 9.421.766 visitantes que tuvo Andorra durante el año último, el 75 por ciento permaneció sólo durante el día, mientras que el 25 por ciento restante se quedó, al menos, una noche. Esos que llegaron y se fueron arribaron, básicamente, para comprar.

Es tanto el vértigo que los empleados de las tiendas y de los hipermercados suelen tener cara de profundo hastío; portan un cansancio que ya es existencial, profundo. No atienden del todo mal, pues tampoco se pueden dar ese lujo, ya que sus puestos no son muy firmes: no existe la indemnización por despido.

"Te echan y listo, se acabó", dice el empleado de un negocio importante.

En Andorra se trabaja mientras todo el mundo descansa y se divierte. Tienen el ocio a contramano, si es que tienen ocio. Los días de descanso son durante la semana, pero las discotecas y los pocos lugares de recreación abren el fin de semana. Los jóvenes que no están dispuestos a resignar sus horas de marcha de viernes y sábado llegan a sus puestos de trabajo, sábados y domingos, en estado de franca destrucción.

Es increíble, pero ninguno de los trabajadores andorranos vinculados con el comercio se muestra medianamente feliz. Soportan, simplemente, porque acá tienen trabajo. "Yo hace nueve años que estoy, y hace dos vino mi marido a vivir conmigo -dice una española, cajera en una gran tienda-. Pero no se acostumbra. No se adapta. Y lo entiendo, porque no es lindo vivir acá. Además, no hay diversiones, salvo el esquí y Caldea." Caldea es un centro de aguas termales cuya arquitectura futurista, su talante de anomalía espejada, lo destacan entre todas las edificaciones que hay en la capital.

Es un país tan extraño como el edificio de Caldea. Un país donde el idioma oficial es el catalán, pero todos hablan español y, un poco menos, francés. Un país en el que si a un conductor de auto se le hace el test de alcoholemia y da positivo, la multa es todo el dinero que lleva encima. Un país en el que, de diez personas con las que se habla, ninguna dice haber nacido en Andorra. Un país en el que, al no haber fiscalización directa, no se conoce con certeza el producto bruto interno.

Aunque el fuerte de Andorra es el comercio -el 90 por ciento de los ingresos del Estado es por tasas de importación de mercaderías, incluido el combustible-, se han empeñado en desarrollar cada vez más la industria del esquí.

Existen seis estaciones dedicadas a este deporte, en las que hay 152 pistas y 872 cañones que lanzan nieve artificial para reforzar lo que, eventualmente, natura non da. Esta industria del esquí, en la que trabajan muchos argentinos como monitores, también permite hacer doblete: es un clásico que los turistas, después del placer del deporte, bajen a las ciudades y se dediquen a comprar.

La industria del esquí en crecimiento ha permitido paliar una merma de compradores que se viene verificando desde hace algunos años. Es que antes había más diferencias en los precios de España y Francia respecto de los de Andorra. En este sentido, las distancias se han achicado y, encima, ya no es tan fácil contrabandear.

El contrabando ha sido -y lo es, en menor medida- un factor constitutivo de Andorra. Los andorranos compraban mercaderías en todo el mundo a precio de costo y las introducían en España y Francia, burlando controles aduaneros. No pagaban ningún impuesto y todos ganaban, de uno u de otro lado de la frontera. Pero desde hace unos dos años, debido al énfasis puesto por los gobiernos de España y de Andorra, les leyes se han hecho más estrictas y esta práctica, entonces, disminuyó.

Oficialmente se reconoce que el contrabando no ha desaparecido, pero se asegura que se redujo a escalas mínimas. Se trata, claro, de una actividad ilegal, pero que en Andorra se toma con total naturalidad. A principios de siglo, las mercaderías predominantes en este campo eran el tabaco y el aguardiente; en los últimos tiempos, al tabaco y al alcohol en sus diversas formas se sumaron los alimentos y los productos de todo tipo.

Una persona vinculada con las grandes tiendas de Andorra la Vella dice, claramente, que los capitales de todos estos negocios se hicieron no vendiendo, sino con el contrabando. Por supuesto, los responsables de las tiendas lo niegan.

Sannicolás, el director de Híper Andorra, declara: "El contrabando lo realizan bandas organizadas de España y Francia. Nosotros somos comerciantes y estamos en contra de esta actividad, pues afecta al turista. De todos modos, el contrabando ha bajado muchísimo pues los controles son muy estrictos, ya que nos daba mala imagen en Bruselas", la capital de la Comunidad Económica Europea.

Stress en la montaña

El frenesí comercial hace pasar a un segundo plano el hecho de que se trata de un país bello, con paisajes montañosos dignos de observarse y con una buena cantidad de construcciones románicas de hace unos 900 años. Pero como sociedad, a pesar de la casi inexistencia de delitos y del pleno empleo, no parece un ideal ni una bella utopía. La palabra stress está en boca de todos, desde el dueño hasta el cajero, desde el director hasta el repositor de góndolas. Incluso, los sueldos no son malos en relación con España, pues el salario mínimo ronda las 110.000 pesetas (unos 700 dólares). Pero el alquiler de un departamentito en Andorra la Vella, donde no sobra el espacio, no baja nunca de las 45.000 pesetas. Los habitantes de Andorra la Vella ni siquiera le encuentran algo de poesía a la ubicación de la capital, que se desliza en un valle, angosta y larga como un abultado ticket de supermercado. "El valle es tan cerrado que nunca ves el horizonte. Nunca hay horizonte" , se amarga un habitante de la ciudad. Todos se quejan de algo en este país sin horizontes, pero nadie se va si puede quedarse.

Algo podemos hacer

El director de Pyrenées, un gran centro comercial que vende sólo buenas marcas, afirma que el contrabando está desapareciendo. La ley andorrana indica, por ejemplo, que no se puede salir del país con más de 300 cigarrillos y dos botellas de alcohol, entre otras especificaciones sobre alimentos y productos varios. Este cronista, cuando salió del país, llevaba 800 cigarrillos, con la idea de declarar el excedente y pagar lo que correspondiera. Pero nadie lo revisó. Sin embargo, los turistas de consumo que llegan en ómnibus se quejan airadamente. Una pareja de ancianos españoles sostiene: "Ahora revisan todo. Nos tienen horas en la frontera y no dejan nada sin tocar. Lo que van a conseguir es que no venga nadie". Pero el contrabando en pequeña escala parece seguir siendo común. Una española gorda, que come papas fritas en un playón lleno de ómnibus, habla con picardía: "Yo vine con la camioneta. Algo siempre se puede hacer..."

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