Ego y codicia, el combustible de la nueva aventura espacial

Javier Navia
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17 de febrero de 2019  

Los grandes imperios no fueron forjados por genios militares o brillantes estadistas sino por ambiciones privadas. La Companía Británica de las Indias Orientales, que empujó a la reina Isabel I a competir con sus rivales holandeses por las rutas comerciales con la India, fue la verdadera constructora del Raj, del mismo modo que Cecil Rhodes expandió los dominios de la Corona sobre África fundando colonias y llevando el ferrocarril de El Cairo a Ciudad del Cabo con el último objetivo de alimentar su negocio de diamantes en la tierra que por décadas llevó su nombre, Rhodesia.

El propio Colón no se lanzó a los mares para probar la redondez de la Tierra sino para abrir nuevas rutas al comercio de España –o de quien quisiera financiarlo– con Asia.

No es de extrañar que sean los empresarios más poderosos de nuestro tiempo quienes hoy estén llevando adelante la nueva carrera espacial para la conquista del espacio. Egos, negocios y el mortal afán de dejar una huella en la historia son los combustibles que impulsan a los cohetes que Elon Musk, el dueño de Tesla; Jeff Bezos, el creador de Amazon; o el británico Sir Richard Branson, fundador de Virgin Group, lanzan al espacio relegando a la propia NASA a un segundo plano que no ocupaba desde que el cosmonauta Yuri Gagarin vio el planeta desde el espacio.

En la nueva era, que promete inaugurar pronto los viajes turísticos al espacio, la competencia ya no se da entre naciones, ni siquiera entre las grandes potencias, sino entre magnates con nombre propio. A pocos meses del 50° aniversario del descenso humano en la Luna, la agencia espacial estadounidense parece concentrar sus reducidos presupuestos en la futura exploración marciana, y el reciente hito del programa espacial chino, que logró posar una nave no tripulada por primera vez en el lado oculto del satélite natural, no parece haber conmovido a Washington para concentrarse en una nueva carrera espacial con otras naciones.

Es allí donde queda libre el camino para los nuevos aventureros del espacio, aparentemente más interesados en el marketing de la exploración espacial que en la ciencia. Hace un año, Musk, CEO y propietario de la empresa de autos eléctricos Tesla, llamó la atención de los medios de todo el mundo al poner en órbita un vehículo, un Tesla Roadster, llevado hasta el espacio por el nuevo lanzador de cargas pesadas Falcon Heavy. Paralelamente, Blue Origin, fundada por Bezos en 2002, busca acercar el espacio a los humanos con un programa espacial basado en la disminución de costos, mientras que Branson, en tanto, celebró hace poco su propio logro: que un avión espacial de Virgin alcanzara los 80 kilómetros de altura.

La excéntrica aventura del siglo XXI está abierta a nuevos hitos en una carrera impulsada por el ego y la codicia, los elementos sobre los que siempre se levantan los imperios.

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