El mástil de Barracas, los Álzaga y los Guerrero

Daniel Balmaceda
Daniel Balmaceda PARA LA NACION
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3 de septiembre de 2019  • 00:22

Quilmes, Chascomús, Dolores y muchos otros pueblos del virreinato tenían un punto de partida común: carretas, jinetes y carruajes atravesaban la Calle Larga de Barracas, que hoy conocemos con el nombre de Montes de Oca y que corre paralela a la Autopista Presidente Frondizi (también conocida como Autopista 9 de julio).

¿Por qué le decían Callle Larga? Porque no era interrumpida por cruces transversales, lo que la convertía en un sendero de extensa longitud.

A costado del camino fueron instalándose quintas para el esparcimiento de las familias pudientes que vivían aglomeradas en el centro de la ciudad. Entre las quintas, se destacaba la de don Martín de Álzaga. Abarcaba un espacio mayor a cuatro manzanas en el entorno de las actuales Montes de Oca, Suárez y Pinzón.

El propietario fue uno de los héroes de las Invasiones Inglesas. Lo que nos lleva a recordar que los británicos al mando de Beresford desembarcaron en 1806, en la zona de Quilmes, y avanzaron por la Calle Larga rumbo a la ciudad.

Álzaga y Liniers fueron los líderes de la Reconquista y de la Defensa de Buenos Aires. Pero así como el francés terminó siendo fusilado por los revolucionarios de 1810, el español fue ahorcado en 1812, acusado de haber conspirado contra el gobierno patrio, luego de un polémico juicio sumario cuyos pormenores han sido estudiados por grandes historiadores. Pocos días antes de ser detenido, se había refugiado en su quinta, desde donde organizó la fallida fuga.

El próximo episodio que tuvo lugar en los terrenos de Álzaga fue más escandaloso. Entre los hijos varones del ajusticiado, figuraba Francisco (le decían Pancho), quien en 1828 participó junto con dos secuaces del crimen de un prestamista de Buenos Aires. En realidad querían robarle, pero la situación se les fue de las manos. Necesitando encontrar un lugar adonde deshacerse del cadáver, se les ocurrió llevarlo a la quinta de Barracas y lanzarlo en la noria que empleaban para obtener agua.

El macabro plan se frustró porque unos chicos encontraron el cadáver y dieron aviso a la policía. Atraparon a los secuaces. Sin embargo, Pancho Álzaga logró escapar y vivió en la clandestinidad, muy lejos de Buenos Aires, hasta su muerte.

En 1864, Martín de Álzaga (tenía cincuenta años, era homónimo de su abuelo héroe de las Invasiones Inglesas y sobrino de Pancho) se casó con Felicitas Guerrero, de dieciocho. Fueron casi seis años de matrimonio, hasta que él murió.

Convertida en viuda a los veintitrés años, herederera de una de las principales fortunas del país y considerada una de las mujeres más atractivas de Buenos Aires, a Felicitas no le faltaban candidatos. Parecía que el agraciado sería Enrique Ocampo. Sin embargo, un nuevo pretendiente la enamoró. Así llegamos a comienzos de 1872 cuando Ocampo, enterado de que el corazón de Felicitas pertenecía a Samuel Sáenz Valiente, concurrió a la quinta de Barracas y enceguecido por la pasión, perdió los cabales. Esa noche murió Felicitas y también Ocampo; mientras que la gran herencia, que provenía de Álzaga, pasó a los infortunados padres de la joven. Entre los inmuebles, figuró la famosa propiedad de Barracas, que empezó a ser nombrada como la Quinta Guerrero.

En parte del terreno, los nuevos herederos erigieron una capilla en recuerdo de la querida hija. Así fue cómo surgió, en 1879, la iglesia de Santa Felicitas.

A fines de 1908 el gobierno porteño le compró a la sucesión de Felicitas Cueto de Guerrero (madre de la víctima de la pasión) el terreno donde se encontraba la mansión de la quinta. Formalmente, la ciudad tomó posesión en enero de 1909 y la casona se transformó en edificio de oficinas municipales. Mientras que el jardín que ocupaba el resto de la manzana se convirtió en espacio público. En 1931 se le dio el nombre de Plazoleta Colombia, porque ese año se cumplía el centenario de la emancipación del país sudamericano.

En un principio, se trató de un simple terreno de esparcimiento. Pero en 1937, el vecindario reclamó que la manzana entera fuera plaza. Se demolió la mansión y se realizaron obras de parquización y embellecimiento. El nuevo espacio se inauguró en febrero de 1938.

Fue entonces cuando los vecinos de Barracas proyectaron adornar la Plaza Colombia con un mástil. En 1938, el artista Julio César Vergottini (porteño que se encontraba en Resistencia) obtuvo el primer premio de un concurso por su proyecto denominado "Monumento al izamiento de la Bandera". Fueron los propios vecinos quienes aportaron el dinero para la concreción de la obra que se inauguró el 17 de noviembre de 1940.

Aquella mañana se izó por primera vez el pabellón nacional en la plaza que terminó convirtiéndose en el espacio por excelencia para las actividades cívicas de Barracas. Al acto concurrieron el vicepresidente de la Nación, en ejercicio de la presidencia, Ramón S. Castillo y Delia Luzuriaga de Castillo, quienes fueron los padrinos de la inauguración. Cuatrocientas palomas sorprendieron a los estudiantes, vecinos y autoridades que participaron del acto. Salieron volando desde un rincón de la plaza Colombia y llenaron el cielo de celeste y blanco.

Luego de un necesario trabajo de restauración, la obra de Vergottini vuelve a ocupar el centro de la escena. En aquel terreno donde se sucedieron tantas historias, el mástil de 1940 recuperó su lugar y seguirá siendo uno de los emblemas del barrio por muchas décadas más.

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