
El Siglo de Oro ateniense: me hubiera gustado tener una máquina del tiempo para conversar con Pericles
Cuando descubrí el Partenón por primera vez sentí que cumplía una de las metas que me había fijado de pequeño si alguna vez tenía la oportunidad de viajar. El fiel reflejo de lo que una gran civilización había legado. Podemos hablar de las pirámides en Egipto, de los soldados de terracota en China, Stonehenge en Inglaterra, Machu Pichu en Perú y así enumerar una larga lista de aquellos símbolos, monumentos o lugares ya icónicos de tiempos pasados. Por eso al caminar las calles de Plaka y ver el promontorio de la Acrópolis (Ciudad Alta o parte más alta de la ciudad) ateniense, mi memoria empezaba a repasar fichas virtuales de lo leído en épocas mozas.
Uno de lo barrios más vibrantes de la ciudad me recibía con la temprana luz de la mañana, momento ideal para entender la estructura caótica de sus calles, con los brazos abiertos para demostrarme cómo se había desarrollado durante cientos de años y pasar de ser parte de los alrededores de la anciana Agora de Atenas a un entramado exuberante de pasajes, escaleras, tabernas, bares y un sinfín de tiendas dedicadas a los más variados rubros.
La calle Adrianou, una de las más antiguas de la ciudad, sigue conservando su viejo trazado partiendo al barrio en dos, dividiendo Ano Plaka (Alta Plaka) de Kato Plaka (Baja Plaka) y dando la oportunidad de perderse y vagar sin sentido para descubrir uno mismo la magia del lugar y sus sitios más especiales, como una de las salas de cines más maravillosas que he visto en mi vida: el cine París. Su magia radica en la oportunidad de ver los clásicos más variados de la historia cinematográfica y estrenos que realmente valen la pena bajo el cielo griego cubierto de estrellas, tomando algo y con el iluminado Partenón en la colina como un recordatorio constante del lugar donde uno se encuentra. Dos postales perfectas y tan diferentes del paso del tiempo.
Tambien sería un verdadero sacrilegio no visitar el Museo de la Acrópolis, el Museo de la Universidad de Atenas, etcétera, etcétera. ¡Es que hay tanto para ver y aprender!
Pero volvamos a mi caminata matinal y a mi encuentro con la Historia. Me hubiese gustado tener una máquina del tiempo para poder hablar con Pericles y preguntarle sobre la construcción del lugar, tal vez, más importante de toda Grecia e intercambiar opiniones con Herodoto y Sofocles.
Porque al llegar a los Propileos, las puertas monumentales de entrada a la Acrópolis, comencé a darme cuenta de lo que crearon en el Siglo de Oro ateniense.
Imagínense que Pericles encargó a los mejores arquitectos la construcción de un templo dedicado a la diosa Atenea, protectora de Atenas, y para eso no repararon en gastos.
Fidias, Ictinos y Calicrates fueron los encargados de erigir la monumental obra de casi 70 metros de longitud y casi 31 metros de ancho hecha enteramente en marmol blanco traído del monte Pentelico para que protegiera en su interior la estatua de Atenea Partenos (Atenea Virgen), esculpida por Fidias en oro y marfil a un costo, según se cree, de 700 talentos (equivalente al costo de 233 embarcaciones de la antigua Armada Ateniense).
Estas eran algunas de las tribulaciones que pasaban por mi mente al estar parado de frente a las resplandecientes columnas de la fachada que se contrastaban con el perfecto azul del cielo.
Todavía no había llegado el grueso de los visitantes diarios que a raudales recorren el lugar todos los días y con la agradable quietud que se manifestaba a mi alrededor, como si el tiempo se hubiese detenido tan sólo por un segundo, ingresé la imagen al archivo más indeleble de mi memoria. n
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