Lo dice la estadística: volar es muy seguro. La cabeza de muchos, sin embargo, se resiste a rendirse ante los números y entra en pánico antes del check in. Psicología al servicio de los viajeros frecuentes.
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Siempre es la última en subir la escalerita. Cuando termina de meter su cuerpo en el fuselaje, María Laura Palmieri se pregunta por qué. Como en la cima de la montaña rusa, justo antes del descenso enloquecido: por qué otra vez. Varias veces pidió bajarse. Un día dijo que estaba mareada. Otro, que se había olvidado de comprar un libro. Pero las azafatas la convencían. Cuando no podían, llamaban al piloto. Y ella volaba. Hasta que dos episodios reforzaron su parálisis: el accidente de LAPA del 31 de agosto de 1999 y el de Air France del 1 de junio de 2009. Ese día, el avión que la traería de vuelta desde Cuba compartió el cielo con el vuelo desaparecido. Su esposo empezó a recibir mensajes de los amigos en Buenos Aires: "No la dejes ver la tele". La parálisis de esta empleada bancaria se volvería una fobia aguda.
El empresario Eduardo Gemignani voló por vacaciones a Mar del Plata, las Cataratas y el Calafate, pero no eran vacaciones hasta que el tren de aterrizaje se posaba sobre el asfalto. Ahí arriba le faltaba el aire, transpiraba, no comía, no iba al baño. Llegó a viajar todo el tiempo con los ojos cerrados. O a rezar sin saber lo que rezaba, porque no es un tipo creyente. Le resultaba imposible encomendarse a los pilotos, delegarles el control, ahuyentar la idea de la muerte. Donde había turbulencias, veía derrumbes. Cuando se apagaban las luces, temía una falla masiva. Su fobia explotó a la vuelta de un viaje familiar a Ushuaia: ya no quería volar. Pensó seriamente en volver a dedo, pero la familia lo convenció. Por última vez.
En una vida anterior, Verónica (que es periodista y pide reserva de identidad) viajaba mucho. Fue siete veces a Europa y siempre la pasó bien. Todo cambió después de los 21 años, cuando una seguidilla de situaciones estresantes la enfrentaron a un ataque de pánico "imprevisto y brutal". Empezó a temerle a la locura, sentía el pecho aplastado, pensaba que estaba viviendo los últimos minutos de su vida. Un día se preguntó qué sería de ella con un ataque a bordo. En los últimos diez años sólo logró pisar un avión dos veces, "sintiendo sudoración fría, dolor de estómago, rigidez muscular, inquietud, angustia, ahogo e hiperventilación. Nadie disfruta de viajar con tal desesperación, como un animal enjaulado que presiente que será sacrificado".
Es un sábado a la mañana y desde un décimo piso en la calle Peña (lo suficientemente alto) se ve un cielo claro y despejado. El living de Poder Volar es un espacio amigable: alfombra mullida, sillas cómodas, mesita con cafeína en distintas variantes y cinco avioncitos de plástico. Somos nueve: el médico psiquiatra Claudio Plá y su socio psicólogo Eduardo Larriera; María Laura (viene por segunda vez, necesita prepararse para volar a México), Eduardo (googleó opciones después de Ushuaia), Verónica (por trabajo, necesita volver a su vida anterior) y otros cuatro aerofóbicos agudos, leves e intermedios. Está la chica de marketing que lloró desesperada en un vuelo a Vietnam y no quiere repetir ahora, que le toca Costa Rica. La señora que no viaja desde hace años por una mezcla de traumas que sugiere pero no revela. El hombre de negocios exitoso pero doblegado ante el pájaro metálico.

Plá está cómodo entre tanta turbulencia. Lleva 18 años tratando de cambiar la ecuación de las personas cuyo hemisferio derecho eclipsa al izquierdo.
La estadística (y este es un terreno con sobredosis estadística) dice que el 30% de los pasajeros pierde el partido de la racionalidad ante la omnipresencia sensorial del miedo.
Contribuyen décadas de exposición a una industria cultural que, entre la realidad y la ficción, depositó en nuestro cerebro una mezcla incendiaria: tragedia de los Andes, LAPA, Air France, Lost, 11-S.
"Alentados por ataques terroristas, desastres naturales y guerras, el 20% de la población en países como los Estados Unidos y la Argentina padece aerofobia", explica la empresa antipánico en su página web.
Antes de encontrar este destino, Plá capacitó a pilotos en el Laboratorio de Factores Humanos de Aerolíneas Argentinas, en cuyos aviones pidió reemplazar el Valium con Rivotril. Después perfeccionó sus dotes on stage como conferencista para la industria farmacéutica. En 2000 fundó Poder Volar, que también expandió a España. Asegura haber sido efectivo en el 90% de los dos mil casos tratados. Entre ellos, varios de "miedo primario": los que nunca pudieron pasar del check in. Como la jueza civil, actual camarista, que tuvo un accidente de hidroavión a los 15: sus padres murieron y quedó traumada. O la adolescente horrorizada por la tragedia de Viven, la antropofagia y la posibilidad de protagonizar su propia remake. O ese nene tan inteligente, pero tan imaginativo, que no quería volar por miedo a que Harry Potter cayera de su escoba.
En una de sus líneas más celebradas, Jerry Seinfeld explica que, en los estudios sobre el miedo, hablar en público siempre ocupa el primer lugar: la muerte viene después. "O sea que, en un funeral, la persona promedio prefiere estar en el ataúd antes que hacer el panegírico", remata sagaz. Con el temor a volar sucede algo así: no importa que nos recuerden las estadísticas sobre accidentes ni que volvamos sobre los principios más elementales de la aerodinámica. El miedo, ilustra la Real Academia, es la "perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario".
¿Se puede radiografiar el miedo? Plá va por la búsqueda cuali-cuantitativa. Si le preguntamos de qué está hecha la aerofobia, nos dirá que de uno o más de estos factores: malas experiencias con dosis altas de turbulencia, antecedentes de accidentes viales, exacerbación de las tragedias en los medios y las redes sociales, familias aprehensivas, estrés, divorcios... Meses atrás, su empresa entrevistó a 1.363 personas. El mayor temor a la hora de subir al avión resultó ser la idea de un accidente (41%), seguido por las turbulencias (21%), "el miedo a tener miedo" (14%) y el despegue (11%). Atrapados en la contradicción, más de la mitad dijeron viajar por placer, pero el 68% se sentía siempre incómodo en el avión. Cuando les preguntaron a qué otros transportes temían, el más votado después de "ninguno" fue… el ascensor, apenas después del barco.
"Ahí hay algo del orden de la caída. Como todos sabemos, de un accidente en auto podés salir caminando. El accidente aéreo suele ser un accidente sin sobrevivientes", dice el filósofo Darío Sztajnszrajber, sombrío pero realista. "Como todos los miedos relacionados con el funcionamiento de la tecnología, el miedo a volar tiene un fondo inescrutable de irracionalidad, con lógicas ilógicas", explica. "Si todo pasara por las argumentaciones racionales, uno podría leer la explicación de por qué vuela el avión o de cómo funciona un tomógrafo y decidir si meterse adentro exclusivamente en función de la estadística y el riesgo (menor) que suponen".
Justo cuando estamos por cortar, Darío se confiesa: "Yo soy un caso emblemático del miedo a volar. La paso mal, no disfruto en ningún momento". Antes de despegar en un trayecto Mar del Plata-Buenos Aires se sentó en la butaca, vio la pared de la nave, esa lata curvada, y se desesperó por salir. Ataque de pánico con todas las letras. A partir de entonces empezó a apelar a un cóctel farmacológico: Dramamine para relajar estómago e intestinos, Rivotril para bajar la ansiedad. Mientras tanto, la conciencia intenta hacer su trabajo. "Hoy estoy casi convencido de que no voy a tener un accidente –calcula con mesura–, pero este tema pega en el cuerpo".
Ricardo Rubinstein aporta lo suyo desde el psicoanálisis: "La situación del avión conjuga elementos muy significativos, como el desprendimiento y el despegue de los puntos de referencia conocidos y protectores: los afectos y, en última instancia, los padres". Si hay un cambio en esta cuestión –agrega el autor de Deportes al diván y El Nunca Jamás en el siglo XXI –, es que volar es más accesible que antes. También que "los pacientes manifiestan el miedo más seguido. En la medida en que estas fobias se difunden cada vez más, las personas pierden otro miedo: al ridículo, a la cargada, a que les digan cagones".
En una charla de tres horas, 400 pesos y mil diapositivas de Power Point, los oradores de Poder Volar apelan a experiencias propias, estadísticas y frases pregnantes para tratar de convencernos de lo irracional que resulta creer que justo nuestro avión caerá justo ese día. Con aplomo y carisma, Plá implora: "Saquémonos de la cabeza la idea de que debajo del avión no hay nada. Lo que hay es aire, un fluido como el agua, que hace que volemos". Entonces toma una hoja, la sopla y el A4 se horizontaliza: "¿Ven? Es lo mismo que el avión".
Después de explicarnos los distintos tipos de sacudidas y sus causas –diferencias de temperatura en el aire, pozos, nubes y tormentas–, se empeña en derribar prejuicios: el pájaro en la turbina es menos que una anécdota, el motor no se va a incendiar. Entonces enarbola un mantra, planta su bandera: "La turbulencia es sólo una incomodidad". Lo dice y lo repite, acercándose a cada uno, mirándonos fijo con los ojos bien abiertos. Es la frase destinada a rebotar dentro de nuestros cráneos cuando estemos sobre las nubes.

Anécdotas de turbulencia: una participante recuerda haber visto cómo, durante una sacudida particularmente cruel, su compañera de asiento se encomendaba a una Virgen de Luján en tamaño real. Plá ríe y nos recuerda que siempre se trata de una incomodidad pasajera. Puede durar 20 segundos o tres minutos, en los vuelos internacionales suele tornarse álgido pasando Brasil, pero se termina. El piloto tiene múltiples opciones para rodear los frentes de tormenta, así que no desesperemos. El avión está preparado: las alas se doblan hasta nueve metros.
Si no le creemos, sugiere el orador, creámosle al sistema. Hay demasiado en juego como para desplomarse así nomás. Un avión cuesta 160 millones de dólares. Un cúmulo de organismos, supraorganismos y asociaciones internacionales controla las normas y pena, implacable, a quienes las infringen. Las aseguradoras contribuyen con su parte. Después de algunos episodios inquietantes entre los años 40 y 70, la curva de accidentes bajó drásticamente, hasta llegar al 0,5 por millón de partidas actual. Los sistemas eléctrico, mecánico, hidráulico y neumático están duplicados, y hasta triplicados, en la aviación moderna. La navegación y las rutas son siempre seguras. Por eso –Plá se nos pega a la cara y suelta el segundo mantra–, "¡los aviones no chocan!".
Una caída es como sacarse un número imposible en la peor lotería del mundo. El accidente sólo sucede cuando se superponen todas las ventanas de oportunidad: fallas mecánicas menores, fallas latentes (en la organización de la línea aérea, en el mantenimiento de la aeronave), problemas de comunicación con la base, meteorología feroz y errores humanos. Plá lamenta y critica la tendencia de las aseguradoras a culpar al piloto ( "que ya no puede defenderse" ) para gambetear las indemnizaciones, con la complicidad de la prensa, ignorante de las causas profundas y complejas.
El psiquiatra eleva uno de los avioncitos a escala y pide que lo veamos como una fortaleza de cuatro motores independientes y turbinas infalibles revestidas en kevlar. Entonces lo acuna, delicado y paternal, y dice que no hay que verlo como un rottweiler con sed de sangre, sino como un delfín o un perrito amigable. Amiguémonos, querámoslo. Tampoco comamos vidrio: antes de partir quedan contraindicados los documentales catastrofistas y las catástrofes mediatizadas, porque, bueno, sabemos cómo funcionan los medios: noticia es cuando un hombre muerde a un perro. Aunque las tres horas no alcancen, esto se trata de recuperar la autoestima y reconectarse con el placer. "Yo puedo, yo deseo, yo merezco", dice la diapositiva final, enfatizada por Larriera, que también trabaja de coach especializado en resolución del estrés.
Últimas recomendaciones: quienes necesiten refuerzos, tienen a disposición reuniones individuales y recetas químicas evasivas: Plá prescribe pastillas según historial y gravedad, con un único objetivo: bajar la ansiedad y conectarse con el placer del vuelo. Durante el carreteo, deberemos aplicar las técnicas de respiración que practicamos en casa. Una vez arriba, apelar a los elementos distractivos: tele, tablet, música, literatura. Movilizados, dejamos el living pensando si podremos encarnar en experiencia este bombardeo informativo. Si algún día, finalmente, podremos descansar sobre el colchón de aire. Nos dispersamos con el deseo de un buen viaje.
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