El vínculo que más me sorprendió desde que soy mamá

Crédito: Shutterstock
Paula Salischiker
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16 de enero de 2019  • 17:48

Llevo cuatro meses durmiendo mal y en las horas en las que no lo logro pero debería dormir –según los consejos de todos incluyendo extraños en la calle– repaso el año que se fue, en mi caso el que llenó la agenda de embarazo, parto y maternidad. Por momentos parecería que duró solo unos meses, pero otros días me resulta un año de más de cinco inviernos. Como llego tarde a todos los lugares, físicos y simbólicos, el balance anual lo hago unos días después, cuando aparecen más de diez gloriosos minutos de paz, ahora que las siestas son casi regulares y mi bebé aprendió a charlar con sus juguetes favoritos.

Lo que me dejó el año fue un gran caos y una pila gigante de ropa para lavar y montañas de amor incondicional que no sabía que tenía en mí. También muchos vínculos nuevos: con mi hija, con su papá que ahora responde mejor a "papá" que a su propio nombre, con mi madre y padre abuelos, con mis hermanos tíos. Pero de todos estos nuevos descubrimientos, el que más me sorprende es el que me enfrenta con esta nueva persona que soy, de repente y sin querer. Parece que maternar se trata de vincularse desde cero con ciertas personas al mismo tiempo que se reinventan vínculos viejos bajo otras luces. En ese mundo de novedades me encuentro con la ex-versión de mi charlando con mi yo modelo 2019: tienen mucho en común, pero ya no se parecen tanto. Con una constitución física y emocional nueva, me imagino charlas que atraviesan el tiempo y conclusiones apresuradas sobre mis futuras versiones. ¿Quién voy a ser en unos años? ¿Qué me va a gustar hacer a mí en unos meses? ¿Y como será el reencuentro entre la que fui y la que voy a ser, después de este intersticio de novedad constante? ¿Nos reconoceremos?

Ser mamá me ubicó en un plano distinto de las cosas, o al menos así me siento por ahora, a varios centímetros del suelo, levitando sobre opciones, formas y métodos, cubierta por un halo de cansancio y olor a leche y con los murmullos de otras voces que opinan como soundtrack de mis días. Hay cosas que me importaban mucho que hoy no me importan y muchas otras que se convirtieron en bandera de políticas personales. Voy saltando de emoción en emoción, y cuando logro quedarme en alguna, mi bebé se despierta. Y si duerme mucho, en vez de valorar el silencio y la calma, entro a la habitación y la miro dormir. Cuando me dijeron que el mejor consejo de la maternidad era "abrazar la incertidumbre" no lo entendí, pero de a poco aprendo a ir liviana como una nube pensando que mis brazos de madre son gigantes, y que puedo abarcar novedades, dudas, temores y bebés.

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