
George Clooney. Confesiones verdaderas
El popular actor norteamericano habla de la película Confessions of a Dangerous Mind, que acaba de dirigir y se estrenará en marzo en la Argentina
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En los últimos tiempos Clooney, el Cary Grant de esta década, dirigió y coprotagonizó Confessions of a Dangerous Mind, un film sobre Chuck Barris, el creador de The Gong Show, que declara haber trabajado para la CIA. En este diálogo con Lynn Hyrchberg, el astro hollywoodense, soltero codiciado y excéntrico alegre, asiduo vecino de la costa italiana, se muestra en su faz más tímida y calculadora.
–¿Siempre deseó dirigir?
–No. Pero este guión de Charlie Kaufman –que también escribió el guión de ¿Quieres ser John Malkovich?– era el mejor que yo había leído en mucho tiempo. El proyecto no terminaba de concretarse, y me di cuenta de que yo mismo debía conducirlo si realmente quería que el film se hiciera. Teníamos un presupuesto relativamente pequeño, de 28 millones y trabajábamos 10 horas diarias. Hasta robé cosas para la filmación. Necesitaba una grúa para una escena, y no podía pagarla. Así que tomé una del enorme set de una superproducción. He estado en esa clase de films –Batman y Robin, por ejemplo, costó 160 millones– y sé que son un desperdicio de dinero.
–¿Entonces por qué trabajó en ese film?
–A veces, uno no puede evitarlo. Trabajaba en E.R y estaba intentando no hacer solamente televisión. Durante años, incluso antes de E.R., fui muy exitoso en la TV. Ganaba 40.000 dólares por semana y, sin embargo, no pude conseguir un rol de dos líneas en un film llamado El guardaespaldas y la primera dama. Siempre me había considerado un actor de cine que hacía TV, pero llegó el momento que tuve que enfrentar la realidad: era un actor de TV.
–Usted viene de una familia dedicada a la industria del entretenimiento: su tía era actriz y su padre, Nick Clooney, tenía su propio programa en Cincinna-ti cuando usted era pequeño.
–También mi madre tenía un programa de TV. Eramos una familia del espectáculo. Siempre supe que mi apellido era importante. Pero quería ser famoso por derecho propio.
–¿Su padre quería que entrara en el mundo del espectáculo?
–Quería que trabajara en la radio y la televisión. Era muy severo. Yo iba a ser jugador de béisbol. Pero en la Universidad abandoné el deporte cuando me lanzaron una bola a 100 km por hora, y sentí pánico y me arrojé al suelo. Todos se rieron. Fue una experiencia reveladora. Cuando me presentaba en pruebas de actuación quería simplemente gustar. Esa no era la actitud correcta, así que después empecé a considerar las pruebas como una manera de resolverles el problema a los que me las tomaban.
–Usted siempre se comportó como un estratego... aceptó una reducción de salario en E.R. porque supuso que sería un éxito.
–Sabía que no podía perder ese personaje.
–Pero incluso ahora que su carrera despegó, usted se quedó en E.R. durante muchos años.
–No podía irme. Ese programa cambió mi vida. Mire, todos somos vendedores. Lo que yo tengo para vender es a mí mismo. No podía destruir lo que yo mismo había construido.
–Usted sí que parece una persona práctica.
–Siempre fui consciente del aspecto comercial de las cosas. Siempre deseé producir películas. Me di cuenta de que la gen- te se hartaría de mí. Las carreras se terminan. Mi meta es no llegar a los 65 años diciéndome: "Eso es lo que debería haber hecho".
–Seguramente le gusta trabajar con amigos. En este nuevo film hacen breves apariciones Brad Pitt y Matt Damon, y Julia Roberts encarna a una mujer misteriosa.
–Julia me ayudó mucho. El hecho de aceptar ese personaje me permitió elegir a Sam Rockwell, que no es famoso, como Chuck Barris. El no puede propulsar un film de 28 millones, pero Julia sí.
–Y su propio nombre también debe de haber sido una ayuda.
–Supongo que sí, pero siempre siento que mi consagración no está probada. Nunca he ido a la entrega de los Oscar. Todos los años me piden que presente algún premio, pero no es correcto. Uno debe ir cuando está nominado, no antes.
–Usted ha repetido que no quiere casarse, pero Confessions of a Dangerous Mind termina con una boda.
–¿No advirtió que en el fondo de la iglesia donde se celebra la boda hay un ataúd? Mire, soy un romántico, me gusta el matrimonio... en las películas.
–¿Nicole Kidman le apostó que usted estaría casado a los 40?
–Sí. Y ya tengo 41. Nicole me envió un cheque por 10.000 dólares. Yo se lo devolví, diciéndole que duplicaba la apuesta por otros diez años.






