Grandes ideas futuristas... que nunca se concretaron

Vivir bajo el agua, viajar en autos voladores, comer solo soja y lentejas para evitar las hambrunas. Cómo se imaginaba el futuro hace 50 años, entre la ciencia ficción, la tecnología de entonces y, claro, algo de inocencia
Vivir bajo el agua, viajar en autos voladores, comer solo soja y lentejas para evitar las hambrunas. Cómo se imaginaba el futuro hace 50 años, entre la ciencia ficción, la tecnología de entonces y, claro, algo de inocencia
Ricardo Sametband
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14 de julio de 2019  

El mundo era diferente hace 50 años: para algunas cosas, medio siglo es mucho tiempo. Y en tecnología, o en ciencia, nos parece aún más: hace 50 años no existían los teléfonos celulares (nacieron en 1973), ni internet (1983, con algunos predecesores) ni la Web (1991). Faltaba para la PC (llegaría en 1981) y mucho más para Facebook (2004), WhatsApp (2009) o Fortnite (2017).

Y 1969 no fue un año cualquiera: fue el año en el que el hombre pisó la Luna, el avión supersónico Concorde hizo su primer vuelo y se implantó el primer corazón artificial en una persona (lo hizo Denton Cooley; lo diseñó el argentino Domingo Liotta). En 1969 se envió el primer mensaje entre dos computadoras conectadas entre sí (en la Arpanet, la precursora de internet).

Con ese contexto, y pensando en los cambios en los 50 años previos (entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el Apollo 11) era fácil imaginar en ese momento que el siguiente medio siglo traería transformaciones fundamentales, y predecir un futuro de ciencia ficción. Con la óptica de la época, claro: las predicciones rara vez tienen éxito porque ven un porvenir basado en los problemas del presente, y la humanidad (y la ciencia, y la tecnología) no suelen seguir una evolución tan lineal: hoy convivimos con edificios, tecnologías, costumbres y conceptos que son, en el mejor de los casos, de principios del siglo pasado.

Así, es fácil mirar las predicciones que hacían las mentes brillantes de la época y reírse de su inocencia o maravillarse por su optimismo, pero en aquel entonces realmente parecía que era algo que llegaría en breve. Al mismo tiempo, hay que admitir que en algunos casos lo que falló fue la escala (imaginaron cosas que recién ahora se están cumpliendo) antes que el concepto en sí. Lo que está claro es que somos un futuro más modesto del que predecían en 1969.

Henry Smolinski, en 1971, creó el AVE Mizar, un Ford Pinto con alas de una avioneta Cessna; se mató en un vuelo de prueba
Henry Smolinski, en 1971, creó el AVE Mizar, un Ford Pinto con alas de una avioneta Cessna; se mató en un vuelo de prueba

Autos voladores

Ya es un meme de Twitter: nos prometieron un futuro con autos voladores, pero 2019 nos entrega el 30° aniversario de Showmatch. Hace 50 años la mirada era otra. Después de la Segunda Guerra Mundial, el avión se transformó en algo cotidiano, lo mismo que los viajes transatlánticos: el Concorde y el Boeing 747 hicieron sus primeros vuelos en 1969. Así que en un año teníamos aviones enormes que cruzaban los cielos a gran velocidad, el hombre en la Luna, autos para todo el mundo (en la parte norte de Occidente, al menos). El auto volador era un paso lógico, una idea que venía desde principios del siglo XX y a la que le había llegado su momento. Lo intentó Henry Smolinski, en 1971, con el AVE Mizar, un Ford Pinto al que le pegó las alas de una avioneta Cessna, con final trágico: se mató en un vuelo de prueba. Fueron varios los visionarios que prometieron autos voladores para la década de 1980, pero recién ahora, medio siglo después de ese vuelo iniciático, estamos hablando de que en algunos años (dos o tres) habrá taxis voladores, como los que Uber presentó hace unas semanas, o como el Skai, un auto eléctrico volador financiado por BMW, que espera estar en servicio en los próximos dos años.

Colonias en la Luna

No era tan descabellado: en 12 años habíamos pasado del Sputnik, el primer satélite artificial (1957), a llevar al hombre a la Luna (1969); a enviar una sonda a Venus ese mismo año; a hacer amartizar otra en Marte, en 1971; a tener una estación espacial orbitando la Tierra (la soviética Saliut 1) ese mismo año. ¿Cuánto tiempo más podía tomar establecer una base permanente en la Luna, con gente vestida como Star Trek, la serie que había comenzado a transmitirse por TV en 1966? La mayoría de los cálculos serios suponía que sucedería con el cambio de siglo. Pero resultó que lograrlo era bastante más complejo de lo que parecía. Sobre todo, el problema era cómo alimentar a los colonos y protegerlos del peligro intrínseco a un lugar sin una atmósfera que los defendiera de la radiación y de los meteoritos. Todo, además, carísimo. Así que se abandonó. Pero volvió, de manera muy diferente, como turismo espacial. A principios de este siglo, en 2001, Dennis Tito pagó 20 millones de dólares para subir a la Estación Espacial Internacional. Le siguieron otras seis personas a lo largo de la década. En los últimos años, Blue Origin, Virgin Galactic y SpaceX han prometido viajes de turismo espacial en breve (2022 a 2024); y Donald Trump le encomendó a la NASA regresar a la Luna cuanto antes; ir a Marte es la obsesión de Elon Musk, el fundador de los autos eléctricos Tesla y SpaceX, una compañía que logró algo inédito: reutilizar los cohetes para bajar costos. Blue Origin, de Jeff Bezos (el fundador de Amazon) tiene una tecnología similar.

Ciudades submarinas

La exploración del lecho submarino es, en muchos aspectos, similar a la del espacio exterior: peligrosa, costosa, y un gran interrogante. Lo era, más aún, en la década del 60, cuando no había mapas de las profundidades del océano (hoy todavía son bastante limitados). Al sumarle siglos de leyendas, era un terreno fértil para pensar en algo que en el momento parecía obvio: vivir en ciudades submarinas para explorar, minar y aprovechar ese vasto territorio. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética tenían ya una década de experiencia con submarinos nucleares, que son edificios sumergidos móviles. Jacques Cousteau, el oceanógrafo francés que con su barco Calypso logró que generaciones enteras conocieran lo que sucede debajo del agua, comenzó la construcción de varios hábitats submarinos a mediados de los 60, llamados Conshelf: Cousteau y su equipo (cinco personas y un loro) vivieron un mes en el Conshelf II, en el fondo del mar Rojo, rodeados de corales, en una casa con forma de estrella de mar, que tenía su propio submarino de dos plazas para salir a dar una vuelta por el barrio sumergido. Se daban el lujo de fumar, ver televisión y tomar champán a 10 metros bajo el agua. En la segunda mitad de esa década, Estados Unidos inició la construcción de los Sealab, entre 1965 y 1969 (el nombre luego inspiró la primera estación espacial estadounidense, Skylab, de 1973). No eran tan cómodos y estaban pensados para medir qué impacto tiene en el cuerpo humano vivir bajo el agua a una mayor presión que la normal, con el objetivo de establecer de bases más grandes. Finalmente, estos proyectos fueron abandonados, porque se llegó a la conclusión de que usar máquinas, buzos y el ocasional submarino era más barato y eficiente para extraer petróleo del fondo del mar. Nos dejaron a Aquaman, un cómic de mediados del siglo XX que se reflotó en 1967, como dibujito animado.

Publicidad de Metrecal, el alimento líquido que se vendió en Estados Unidos en la década de 1960
Publicidad de Metrecal, el alimento líquido que se vendió en Estados Unidos en la década de 1960

Hambrunas y comida en pomo

En 1968, el entomólogo Paul R. Ehrlich publicó el bestseller The Population Bomb (traducido al español como La bomba P), que se inspiraba en las teorías de Thomas Malthus de 1798 para predecir que en la década de 1980 habría hambrunas masivas en todo el mundo, y que pronto morirían cientos de millones de personas, producto del crecimiento explosivo de la población y de la incapacidad del mundo de alimentarlos a todos. Era el clima de época: en 1966, el escritor de ciencia ficción Harry Harrison publicó la novela Make Room! Make Room! ( ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!), que unos años más tarde se transformó en la película Soylent Green ( Cuando el destino nos alcance, en su traducción al español), de Richard Fleischer: un futuro que en el libro se sitúa en 1999 y en la novela en 2022, en el que el cambio climático y el crecimiento explosivo de la población mundial generan una civilización al borde de la inanición, que se alimenta de una pasta a base de soja y lentejas (lo único que se puede cultivar en un mundo más caluroso que antes), y en la que el agua está racionada. La inspiración de Soylent puede ser Metrecal, el alimento líquido que se vendió en Estados Unidos en la década de 1960 como método para adelgazar, y que tiene su equivalente actual en. Soylent, una bebida nutricional creada en 2014 y con la que, en teoría, se puede reemplazar una comida. Hay que anotar aquí también a las hamburguesas "imposibles" que se venden en todo Estados Unidos, hechas a base de vegetales, pero con sabor a carne, y la carne sintética (cultivada en laboratorio) que llegará al mercado en los próximos años. Como sea, la población mundial crece, pero por su longevidad: la tasa de natalidad mundial viene decreciendo desde mediados del siglo pasado.

El hogar a botonera

La cocina del futuro fue, durante las décadas de 1950 y 1960, un lugar fructífero para liberar la imaginación con ideas entonces descabelladas, pero que en los últimos años comenzaron a hacerse realidad. En 1963 imaginaban heladeras con estantes giratorios y cocinas que calentaban por inducción y permitían usar la mesada de mármol para cocinar (algo disponible en forma comercial hace pocos años), con hornos en forma de campana de vidrio, para ver cómo se cocina la comida (si es que no salpica el vidrio por dentro, claro), además de lavavajillas que limpiarían los platos por ultrasonido, y una heladera que serviría para cocinar porciones individuales. Eso sí, de comida previamente preparada y congelada por el ama de casa; el futurismo siempre es sobre tecnología y casi nunca sobre cambios en los roles sociales. En 1967, la Corporación Philco-Ford publicó un corto en el que imaginaba el hogar del futuro en 1999, construido en habitáculos hexagonales para facilitar su ampliación a medida que crecía la familia; en el que los chicos iban al colegio dos veces por semana, recibiendo el resto de su educación en casa vía un televisor gigante; en el que la familia (con papá oficinista y mamá ama de casa) comía de platos congelados, aconsejados por una computadora en función de su valor nutricional; en el que la ropa se colgaría de perchas en un ropero que sería, al mismo tiempo, lavarropas (algo que recién estamos viendo en el último lustro, con poco éxito); en el que una computadora sería capaz de hacer un análisis médico completo de los habitantes del hogar en 15 segundos, para enviárselo al médico en forma electrónica. No llegamos a tanto todavía.

Computadoras para todos

En 1977, Ken Olsen, fundador de Digital Equipment Corporation (un pionero de la computación, y un gigante en su época: las primeras conexiones de internet se hicieron con sus equipos) acuñó una frase que lo perseguiría por siempre: "No hay razón para que alguien tenga una computadora en su casa". Olsen (que sí tenía una computadora en su casa) no le veía el sentido, porque consideraba que no había nada para hacer con ellas. El mundo le pasó por encima como una aplanadora, comenzando por lo que entonces se llamaba, justamente, computadoras hogareñas, para distinguirlas de los equipos corporativos, en teoría más poderosos: la Apple II (1977), la PC de IBM y la TI 99 4/A (1981), la Commodore 64 (1982) y siguen las firmas. Como suele suceder, no obstante, las predicciones de los promotores de estos equipos pecaban de demasiado entusiastas: los fabricantes pronosticaban que, para mediados de los 80, todos los hogares tendrían una computadora en la cocina para que mamá organizara las recetas, los chicos estudiaran apelando a enciclopedias digitales y papá organizara las finanzas familiares con una planilla digital. Aunque las computadoras hogareñas fueron un éxito, ese escenario hiperconectado tardó varias décadas en materializarse; faltaba que las computadoras ganaran poder, y que la infraestructura de redes creciera para mejorar la conectividad.

El fin del trabajo

Hace 50 años, varios expertos predijeron que medio siglo después cualquier persona del mundo civilizado tendría toda la información del mundo al alcance de sus manos (aunque apostaban más por el teclado que por la pantalla táctil), que las videollamadas serían posibles, que la televisión sería interactiva, que la vida de las personas estaría digitalizada (y que eso sería un problema de privacidad), que habría robots ayudantes, que los huracanes y los rayos estarían bajo control humano. También, que gracias a la eficiencia lograda por la tecnología trabajaríamos 20 horas a la semana, que las economías mundiales estarían en perfecto control por los expertos, y que su crecimiento se ajustaría por computadora a voluntad, como prometía el libro El mundo en 2018, escrito por un grupo de notables en 1968 para el 50° aniversario de la ONG Asociación de Política Exterior estadounidense. Pero hay más. En 1973, el MIT usó un programa de computadora que combinó información estadística con el crecimiento de la población, la capacidad para alimentarla, la polución ambiental y el cambio climático desde principios de siglo XX para calcular, a pedido del Club de Roma (una ONG fundada en 1968 por un grupo de científicos preocupados por el futuro de la humanidad), las chances de supervivencia de nuestra civilización. El programa, llamado World One, no dio buenas noticias: en 2040 se acabará la civilización humana, y el punto de inflexión será 2020, cuando el estándar de vida promedio entrará en una espiral descendente e irrecuperable.

2001: odisea del espacio es de 1968 y comienza con el hallazgo de un monolito alienígena en la Luna
2001: odisea del espacio es de 1968 y comienza con el hallazgo de un monolito alienígena en la Luna

¿Cuándo llega el futuro?

Predecir el futuro es, en el mejor de los casos, muy difícil: el porvenir siempre se lee con la óptica del presente más evidente, y suele pendular entre el optimismo desmedido y el pesimismo oscuro. Algo en lo que en general coinciden los visionarios, no obstante, es en errar la fecha: la mayoría de las predicciones acertadas hechas hace 50 años recién ahora están siendo realidad. Un caso típico es el de las películas de ciencia ficción, que suelen ubicar un futuro estrambótico en una fecha que consideran lo suficientemente lejana. pero que tiende a quedarse corta. Ejemplos: las hambrunas de Soylent Green (el libro de 1966) suceden en 1999. La novela de Arthur Clarke, 2001: odisea del espacio es de 1968 y su historia comienza también en 1999, con el encuentro de un monolito alienígena en la Luna; los viajes espaciales son algo relativamente normal, lo mismo que la inteligencia artificial HAL 9000. Perdidos en el espacio salió al aire por TV entre 1965 y 1968, y ubica a la familia Robinson cerca de Alpha Centauri en 1997. La naranja mecánica (1971; la novela es de 1962) sucede en 1995 y visita otra fijación de la época, el uso de imágenes subliminales y no tanto para influir en la psiquis humana. Por supuesto, en las décadas siguientes hubo más películas ubicadas en un futuro que hoy es nuestro pasado, pero que tenían menos pretensiones de plausibilidad: Terminator (1984), Volver al futuro (1985), RoboCop (1987) etcétera.

También, por supuesto, hubo muchísimas predicciones correctas, en tiempo y forma. Quizá una de las más notables, por lo sutil, sea la de Paul Baran, de la corporación RAND. Baran ideó uno de los elementos fundamentales de internet, la transmisión de información dividida en paquetes para aprovechar mejor los múltiples caminos que pueden tomar los datos para ir de una computadora a otra. Lo hizo antes de que existiera internet; solo estaba Arpanet, su predecesora. Y tuvo la idea al mismo tiempo, pero por separado, que el inglés Donald Davies; no tuvo problemas en admitir que la implementación de Davies era mejor que la suya, y es la que se usó desde entonces. En 1969, en un mundo que todavía era mayoritariamente analógico y estaba desconectado, Baran publicó un texto, "Sobre el impacto de los nuevos medios de comunicación en los valores sociales", en el que adelanta conceptos que hoy nos resultan evidentes: la disponibilidad de videollamadas hogareñas de bajo costo; la eliminación de intermediarios para vincular vendedores y compradores en forma directa a una pantalla de distancia; la posibilidad de buscar cualquier dato y chequear cualquier afirmación para compararla con otras; los cambios para vender algo que esto trae (porque el consumidor puede encontrar más información fidedigna por su cuenta); los teléfonos móviles y los ringtones (que pensaba para identificar la urgencia de una llamada); la sobreinformación como un precio a pagar por la civilización; y cómo esto permitiría a individuos con intereses comunes, por inusuales que fueran, tener un punto de encuentro digital, sin importar su ubicación geográfica; cómo todo esto llevaría al surgimiento de una sociedad en la que, como marcan hoy Facebook e Instagram, la gente tendría más conocidos que amigos reales.

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