La historia de por qué el barrio Caballito tiene un nombre tan particular

No tiene que ver ni con un prócer ni con un accidente geográfico; atrás de su nombre hay un emblema de la ciudad
No tiene que ver ni con un prócer ni con un accidente geográfico; atrás de su nombre hay un emblema de la ciudad Crédito: Guadalupe Aizaga
Facundo Di Genova
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7 de enero de 2019  • 13:11

Denominar a un lugar con un nombre resulta útil entre otras cosas para reconocerlo y ubicarlo en el mapa.

Pero hay nombres y nombres. Están los que designan localidades, barrios y geografías y que no necesitan demasiada explicación acerca del por qué de su origen.

Es el caso de la Boca o pueblo "Boca del Riachuelo" como se conocía originalmente al trazado catastral ubicado en la desembocadura del río Matanza. A propósito de este curso de agua de 60 kilómetros que termina en la Boca, el río Matanza se llama así por haber sido escenario de una sangrienta batalla entre guerreros querandíes y conquistadores al mando de Pedro de Mendoza.

Claro que son ejemplos mensurables, casi obvios. Ahí está la localidad de El Peligro o el arroyo Cristiano Muerto entre cientos de indicaciones geográficas que aun cuando no necesiten mayor explicación guardan en su historia una narrativa apasionante .

Crédito: Patricio Pidal / AFV

La Ciudad de Buenos Aires es una muestra de diversidad bautismal entre nombres de santos, generales y terratenientes que son multitud entre los 48 barrios porteños.

Próceres como Saavedra, Urquiza y Belgrano conviven con las villas de grandes emprendedores como Antonio Devoto o el melancólico José Francisco Ferdinando Soldati, quien además de fundar una villa con su apellido construyó otra al lado con el nombre de la ciudad suiza de dónde era original. Villa Lugano.

San José de Flores, como originalmente se llamó el barrio que primero fue bonaerense y luego porteño, es decir Flores es un caso particular donde se amalgaman un santo con un caballero de la alta sociedad. En su nombre conviven dos historias: la del patrono de la primera capilla del pueblo, San José, con el inversor que desarrolló sus tierras, Juan Diego Flores.

Pero es en Caballito donde la literatura historiográfica puede hacer gala del vínculo entre la ciudad y el campo, fruto de la inmigración europea, la esclavitud africana y la paisanada bonaerense.

La pulpería como prócer

El centro geográfico de la Ciudad de Buenos Aires se llama así en honor a una famosa pulpería de la primera mitad del siglo XIX: la "pulpería del caballito".

El nombre obedece a una figura recortada en latón con forma de caballo que hacía de veleta. Estaba situada en la punta de un mástil, en la puerta de la pulpería, no solo para indicar la dirección del viento sino para que el negocio pudiera verse desde bien lejos.

Por su vistosa veleta fue haciéndose conocida esta despensa de adobe y techos de pajas que era propiedad del inmigrante italiano Nicola Vila, que llegó al puerto de Buenos Aires en 1821 procedente de Génova, como la mayoría de los pulperos.

El genovés recaló en las tierras fértiles de las afueras de San José de Flores, las cuales habían sido cultivadas con vides, membrillos y duraznos usando mano de obra esclava durante décadas.

En aquellos tiempos, las tierras del corazón de la ciudad experimentaron un crecimiento agrícola notable por su cercanía con la capital y por ser la conexión con la campaña bonaerense.

La veleta original que ya no se puede ver en el barrio
La veleta original que ya no se puede ver en el barrio Crédito: Wikipedia

Para 1820 existían 39 pulperías en San José de Flores, de las 560 existentes en toda la campaña bonaerense, de acuerdo con la investigación de Julián Carrera titulada "Pulperos y pulperías rurales bonaerenses: 1780-1820", publicada por la Universidad Nacional de La Plata (2010).

Como todas las pulperías, Nicola Vila emplazó su negocio en la intersección de dos caminos importantes. Esta es la razón por la que casi no existe pulpería que no esté ubicada en una esquina.

Vila levantó su negocio en el cruce del Camino Real y Camino del Polvorín (hoy Rivadavia y Emilio Mitre) y ofrecía todas las vituallas necesarias para los viajeros que emprendían su aventura expedicionaria a la campaña bonaerense, del tabaco a la yerba, del aguardiente a los cueros, charqui, vinos, galleta y herramientas.

Durante la centuria decimonónica, encontrarse con una pulpería después de horas y días de viaje significaba la diferencia entre la vida y la muerte; un acontecimiento providencial que el viajero no olvidaría jamás... ni cómo llegar, ni mucho menos su nombre.

Paradojas de la historia. La veleta de latón con forma de caballito que bautizó al corazón porteño todavía existe, y es posible conocerla, pero no está ni cerca de donde el genovés Vila escanciaba sus productos.

Se encuentra exhibida a 70 kilómetros del centro geográfico de la Ciudad, en el Museo de Luján.

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