La importancia de llamarse Luciano

Mercedes Funes
(0)
5 de octubre de 2019  • 00:32

Mis tres grupos de amigas se activaron casi a la misma hora. Era cerca de medianoche. Una dijo que antes de repudiar necesitaba alabar la violación a la intimidad de Luciano Castro, y el resto festejamos con emojis de aplausos y stickers más o menos procaces. En otro chat, otra preguntó si las fotos valían la pena, y alguien contestó "re". Nada en la vida es nunca tan sincronizado, pero estoy segura de haber leído en los tres grupos a la vez "MANDALAS!" (exclamado en mayúscula gritona y desaforada). Para ese momento ya había visto los memes en Twitter, Instagram y en grupos sin distinción de género, y me había reído de varios. Después chequeé el analitycs: la cuenta daba pareja. Varones y mujeres postearon por igual, la mayoría con humor y aludiendo, también más o menos procazmente, a las nudes del más musculoso y masculino de los galanes argentinos en plena era de la deconstrucción.

Varones y mujeres hemos construido mitos sobre nosotros mismos y nuestras identidades que recién ahora nos atrevemos a cuestionar, en masa y a viva voz, por patriarcales. Mientras declamamos, seguimos contribuyendo al juego por razones tan buenas como el humor o el deseo de que nos quieran. Un tipo que la tiene más grande significa mucho más que unos centímetros: es poder, atractivo, capital sexual y hasta político. Sin mucha lógica, pero con gran poder expresivo, suele atribuirse también un miembro masculino generoso -el adjetivo en cuestión es irreproducible- a algunas mujeres fuertes; a muchas que nos llamamos y sentimos feministas no nos horroriza en absoluto -más bien nos divierte- reconocernos poderosas con la misma vara con la que se miden los tipos. Otra cosa que sabemos de memoria: cuando la grosería es en masculino, empodera, pero si es en femenino, degrada. Y no parece alcanzar con cambiarle los nombres a las cosas. "Ahora ya no decimos de tal manera, decimos de tal otra", dicen los correctos, mientras esperan que la policía de lo decible resuelva cuestiones que no podemos pasar en limpio, porque las silenciamos. Como si dejar de llamar a las cosas por su nombre fuera suficiente. ¿Por qué hacerle caso al machirulo inglés que consagró el amor romántico al decir que una rosa, con cualquier otro nombre, olería igual de dulce?

Siempre hubo mitos sobre las proporciones destacadas de los señores destacados en casi todos los campos. Sobre artistas, políticos, conductores, profesores, empresarios, paladines o mafiosos se han hecho correr grandes chismes, y hasta se hablaba (y se habla) abiertamente de sus atributos, mucho antes de que hacer y filtrar nudes fuera cuestión de dos clics que dieran la vuelta a las redes para validarlos (o deshonrarlos). En los noventa, las chicas y chicos bailábamos en las fiestas de quince el hit cumbiero "¿Qué tendrá el petiso?" junto con "Vení Raquel", con mímica y sin que nadie se ofendiera. Hace apenas una década, un cantante le preguntó al aire a una diva disfónica si la había lastimado, y el gag con risas grabadas (sobre las de ellos) se repitió al infinito en los programas que repiten gags. Dos años más tarde, una actriz y cantante declaró que bajo los pantalones del comediante e imitador que ahora es su marido había una cosa "hermosa". También sobre los atributos de Castro ya se pronunciaron antes públicamente su ex y su actual pareja, y el jueves las dos volvieron a festejarlos, mientras repudiaban las fotos. La mujer del actor, Sabrina Rojas, declaró que ya había visto sus dotes hacía mucho,y que le agradecía a Dios por dejarla "comer semejante lomo". Alabado sea Castro, remató, para dejar en claro que ese Dios grande que la alimenta es su marido. "¡Y bueno!", dijo otra amiga mía por chat. "Tiene razón: son tan lindos que tendrían que estar desnudos todo el tiempo."

Con las nudes de mujeres es distinto: la foto de la "potra" que corre y se comenta en los chats de varones, con el mismo deseo burlón pero aspiracional con la que las chicas alabamos a Luciano, no necesariamente da más créditos. De hecho, los memes sobre Rojas -difundidos también por varones y mujeres- fueron mucho más procaces que los que recibió su marido. Tiene que ver con una misma concepción en la que un señor gana porque es hombre (y para ser hombre necesita atributos comprobables en conquistas o referencias), y una mujer sólo si, además de ser deseable, puede confirmarle al varón su hombría al elegirlo y alabarlo. Y eso es lo que hicimos cientos de argentinas -en un momento en el que la mayoría nos decimos feministas-, en masa y al unísono, frente a las nudes de Luciano: alabarlo. No hacemos lo mismo cuando se filtran fotos de mujeres, que también vemos: criticamos, casi sin excepción, el decorado, la pose, el rollo, el pozo o la cara, decimos que nadie la cuida, acusamos a los varones de difundirlas y condenamos los chats de papis porque hablan más de culos que de las tareas escolares que se les asignan según rol, como organizar el campamento o hacer el asado de fin de año.

Y después, varones y mujeres, todos juntos, juzgamos sin piedad primero el cuerpo y el oficio de una modelo como Luciana Salazar (por plástico, por poco natural, por no ser real según nuestros estándares que tan fácil se acomodaron a tantas cosas, pero nunca a que las mujeres puedan hacer de su culo un pito) antes de tomarla en serio. Porque si es linda, es tarada y, si se muestra (o se filtra), es (como mínimo) desfachatada y, por eso, vale cuestionarla. La doble vara nunca tuvo más sentido: llamarse Luciano no es lo mismo que llamarse Luciana. Ni siquiera para los que creen que algo va a cambiar sólo por dejar de llamarlos por su nombre.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.