Las distintas formas del abrazo

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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23 de julio de 2020  

La palabra "abrazo" ha ganado lugar durante la cuarentena. Todo el mundo la escribe o pronuncia en clave de añoranza, justamente por la prohibición de dar o recibir abrazos por la distancia que nos impone la pandemia.

Aun los rústicos emocionales añoran aquella posibilidad de estrujar entre los brazos a alguien como manera de demostrar afecto. Las comunicaciones vía mail, Instagram o whatsapp suelen terminar con una frase parecida a ".y ya nos daremos un abrazo cuando todo esto termine", una forma de decir que se desea estar cerca del otro al que, hoy, solamente se lo ve y escucha desde la pantalla o el auricular.

Sabemos que los argentinos somos "abraceros". Lo hemos constatado ante la incomodidad de algunos extranjeros dados a la austeridad afectiva, cuando reciben un abrazo "argento", a veces acompañado con un beso de yapa. A algunos no les gusta nada, a otros sí y manifiestan alguna envidia por esa calidez local que se mezquina en sus tierras.

Pero hoy los abrazos físicos se extrañan y, también, se idealizan por estar lejos de nuestra posibilidad. De hecho, no hay una sola forma del abrazo, sino muchas, algunas de ellas mejores y otras peores.

El abrazo a un hijo, el abrazo a un padre o madre, el abrazo entre los amantes o el compartido con un amigo. O también el abrazo al rival tras el partido, el del político para la foto o el del reencuentro con alguien que no vemos hace mil años. Tantos tipos de abrazo hay que podríamos llenar carillas con el listado. De todas formas, posiblemente hoy extrañemos hasta los abrazos fallutos, al menos, para quejarnos de ellos y de la falsedad que existe en este mundo.

Es verdad que nada mejor que un abrazo de los buenos. Esto es tan así que no podríamos literalmente vivir si no hubiéramos sido abrazados en nuestra infancia. Los científicos confirmaron ya hace tiempo que los chiquitos no abrazados, sobre todo en sus primeros tiempos, quedan en el camino. El calor del afecto y la vivencia de bienvenida al mundo que ofrecen los abrazos son la hospitalidad esencial, sin la cual el frío ganaría la partida.

En cuarentena descubrimos que por suerte hay miradas y hay palabras que abrazan. La mirada amorosa de un abuelo por el Zoom, la letra enamorada de un chat, el texto generoso de un buen escritor de esos que permiten que nos abracemos a la humanidad. La cuarentena obliga a salir de la literalidad "abracera" y encontrar lo mismo, pero en otras dimensiones. Un abrazo puede ser un sorpresivo chocolate mandado por delivery o alguna palabra que provenga de un lugar afectivo diferente al habitual.

Es importante también saber que el abrazo que espera también es abrazo. Es un abrazo que se va dando en cámara muy pero muy lenta, pero es abrazo al fin. Requiere paciencia y entendimiento, pero el que sepa darse cuenta de esta verdad se percatará también que ya el hecho de tener a quien desear abrazar, y que existan quienes quieran abrazarnos, es una cosa buena por demás para una vida que se precie.

Nadie niega que los abrazos que se acumulan por ausencia de cuerpo duelen o agobian. No es la idea desmentir ese penar que la cuarentena genera por la lejanía y el temor al contagio. Esperamos poder estar todos juntos de nuevo, y que el virus y sus terribles secuelas sean como un mal sueño que quedó atrás. Pero mientras tanto, la postergación de los abrazos físicos nos obliga a apelar a nuestra reserva de afecto y a la comprensión de lo que dicho afecto significa, más allá de la cercanía (o lejanía) de la presencia.

Hay penas que vale tener, si de afectos se trata. Vale por eso el anhelo de un abrazo que se demora, más que la asepsia del que vive en un desierto en el que los abrazos no existen.

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