Maternar contra la corriente: ¿por qué muchas mujeres se sienten juzgadas?

Cuando Laura empezó a darle la mamadera a Joaquín, pasó de la culpa al alivio
Cuando Laura empezó a darle la mamadera a Joaquín, pasó de la culpa al alivio Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero/AFV
Laura Reina
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12 de octubre de 2019  • 00:34

Dar la teta a libre demanda hasta los 6 meses. Continuar con la lactancia hasta los dos años. Exigir un parto natural, respetado, sin intervenciones médicas innecesarias. Practicar colecho. Extender la licencia laboral para estar más tiempo con el bebé. Existe hoy una coincidencia generalizada acerca de lo que una mujer que se convierte en madre debería hacer. Un manual de "buenas prácticas" maternas que moldea un estilo muy concreto de lo que se espera que una mamá haga en este momento histórico.

Por supuesto, casi nadie pone en discusión que la lactancia y la leche materna es el mejor alimento para un bebé, y que el parto natural es lo ideal en la mayoría de los casos. Pero ¿qué pasa cuando, por decisiones personales o por no poder seguir al pie de la letra el manual, una mujer no hace lo que se espera que haga? ¿Se la respeta y se la acompaña? ¿O se la juzga porque escapa a los mandamientos modernos?

Vicky Aguirre Capurro, de 38 años, siempre le tuvo pánico a la maternidad. Especialmente al parto. Y cuando quedó embarazada lo primero que hizo fue decirle al obstetra que quería ir a una cesárea programada. "Él me lo respetó. Claro que me dijo que lo ideal era el parto natural pero que si yo no estaba convencida no servía de nada intentarlo -recuerda-. Recién ahí me quedé tranquila. Era mi único temor. Pero era tal el miedo a que me juzgaran los demás que no contaba abiertamente que había pedido ir a cesárea. Decía 'vamos a ver'... No quería que me juzgaran y lo ocultaba", cuenta Vicky, que es mamá de Fátima (un año y ocho meses).

Para Mario Sebastiani, reconocido obstetra y profesor adjunto de la división de Tocoginecología Instituto Universitario del Hospital Italiano, estamos en presencia de una nueva grieta que divide. "Si la grieta está de moda, en el nacimiento y en la crianza esa grieta también se manifiesta cada día con más vehemencia. El resultado es crear a una cantidad de mujeres que por distintos motivos se sienten culpables. La que no ha logrado un parto vaginal, mal llamado natural, se siente mal por haber tenido una cesárea. La que no ha amamantado durante dos años como pide la Unicef, se siente en falta y piensa que no ha nutrido a su bebé como corresponde y avizora complicaciones respiratorias en el futuro de su hijo. Y la que no está todo el día con su bebé colgado de la teta o del cuello o no hace colecho piensa que, por su escaso apego, su hijo crecerá inseguro y con problemas emocionales", plantea el especialista.

Sebastiani, autor de varios libros entre ellos ¿Por qué tenemos hijos? asegura que hoy hay una tendencia a juzgar la vida de los otros. "Tener un hijo sano y una madre sana luego de un nacimiento no alcanza en esta época -reflexiona-. Parece que hay una sola manera de tener hijos y si no se cumple la experiencia no es completa. Todos juzgan y todos politizan la vida de una mujer y de un hombre que han tenido un hijo, olvidándose de lo difícil que resulta ser padre, madre y familia".

Por eso, cuando se trata de maternidad e ir en contra de los mandatos actuales, para Vicky no existe la famosa sororidad de la que tanto se habla hoy entre mujeres. De hecho, cuando decidió que no iba a amamantar a Fátima y le dio mamadera, también reconoce que le daba vergüenza o miedo contarlo y decía que no había podido porque no le había salido leche. Así nadie la juzgaba. "Está tan instalado lo del parto natural y respetado y la lactancia materna que está mal visto lo otro -plantea-. Por supuesto que lo natural es lo mejor, no es que hago apología de la cesárea o de la mamadera, pero es lo que me resultó a mí. Respeto lo que piensan las demás, pero no siento que sea igual del otro lado. A veces se juzga sin saber qué hay detrás de esas decisiones. Yo deseaba volver a trabajar a los tres meses, soy muy independiente, y además tenía que tomar una medicación y no podía si le daba la teta. La lactancia es todo un tema, es un esfuerzo enorme y no estaba preparada para tanto. Por suerte mi marido me apoyó siempre, pero el afuera, no. Sentía que tenía que dar explicaciones como si estuviera haciendo algo mal. Hay una historia detrás de cada persona. Hay otras formas de maternar sin seguir los mandatos", reflexiona Vicky, que es secretaria y por ahora no se plantea tener otro hijo.

Vicky le planteó a su obstetra que quería una cesárea programada. "El parto me daba pánico", asegura
Vicky le planteó a su obstetra que quería una cesárea programada. "El parto me daba pánico", asegura Fuente: LA NACION - Crédito: Patricio Pidal/AFV

En cambio, Mariana Kasner, mamá de Boris, de un año y nueve meses, que espera a Eloísa para medidos de diciembre, cuenta que siempre soñó con su marido, Gastón, tener un hijo. Y que en su cabeza imaginó siempre un parto natural. Después de años de búsqueda para quedar embarazada -en los que atravesó varios abortos espontáneos y se sometió a tratamientos de fertilización- descubrió que era celíaca y que eso le impedía llevar adelante un embarazo a término. "Mi clínico sospechó que podía ser eso y me recomendó una dieta libre de gluten. Le hice caso y a los pocos meses estaba embarazada de Boris", recuerda. Durante su búsqueda por ser mamá, Mariana leyó miles de libros sobre el parto natural. Tanto que cuando tuvo que ir a cesárea porque el bebé estaba "de cola", se deprimió. "Yo quería el parto natural, me había comido el cuento de que somos más madres si parimos -reconoce-. De hecho le pedí al obstetra esperar para ver si el bebé cambiaba de posición. Hasta que hice un clic y me dije ¿'Qué estoy haciendo?' Lo que más me importaba era tener a Boris en mis brazos, más allá de cómo fuera el parto. Había esperado tanto por él que no me iba a sentir menos mamá por no haberlo parido".

Hoy, con Eloísa pronta a nacer, Mariana elige la cesárea. "Tuve una experiencia excelente, no tuve problemas y hoy la vuelvo a elegir. De hecho, me quedó cierto temor porque tengo una amiga que tuvo un trabajo de parto muy extenso y tuvo problemas después -sostiene-. Con la lactancia también tuve una experiencia excelente, me fascinó darle la teta a mi hijo más de un año, pero entiendo a las que no pueden o no quieren. Aveces tendemos a comprar discursos que te condicionan, sobre todo cuando sos primeriza. Pero ahora estoy mejor plantada".

También es cierto que lo que resultó para un hijo, puede no resultar para otro. Nunca es la misma experiencia con todos porque como padres nos reinventamos y hasta la situación familiar puede cambiar. Laura López, periodista y mamá por tres, dio la teta a las dos mayores. Pero con Joaquín, de ocho meses, no pudo y lo alimentó con mamadera. "Las dos más grandes tuvieron lactancia. Con Joaco no tuve leche, podía haber seguido intentando pero no quise, él no engordaba y la pediatra me dijo que le diera mamadera. Al principio me angustié porque sentía que no estaba haciendo algo bien. Y además pensaba que no le estaba pasando los anticuerpos que necesitaba y eso me ponía peor. Pero después, cuando agarró la mamadera, fue un alivio para todos. Dar la teta implica involucrarse emocionalmente y yo no estaba bien porque había perdido a una de mis hijas", cuenta Laura.

A partir del cambio en la alimentación, Joaquín empezó a subir de peso y a dormir mejor. "Y yo tenía más energía. Dar la teta es hermoso pero agotador", asegura Laura, que de todas maneras cuenta que tenía que dar explicaciones de por qué no lo amamantaba. "A veces no tenés ganas de explicar mucho y en mi caso, por lo que me pasó, no me preguntaban tanto. Las madres somos culpógenas por naturaleza; al decir la verdad sentía que me aliviaba un poco la culpa", reconoce.

No estar solas

La mayoría de las mujeres atraviesan el puerperio en soledad. Y eso no ayuda a combatir las culpas por no cumplir al pie de la letra el manual moderno de la maternidad. En este sentido, los grupos de madres pueden ayudar a ahuyentar los fantasmas que nacen junto con el hijo. Andrea Szpektor, psicóloga y una de las directoras de Mamam, una red de grupos de crianza pensados a partir de la imagen de una mamushka en la que cada coordinadora sostiene a una madre que a su vez sostiene a su bebé, asegura que en los espacios que coordina este tipo de sentencias acerca de lo que se espera que una madre haga -y no hace- salen a la luz. "Si no das la teta te critican pero si amamantás mas de los dos años que recomienda la OMS también. La sensación es que quien no se adecua al manual es juzgada".

A diferencia de otros grupos liderados por puericultoras o doulas, las coordinadoras de Mamam son todas psicólogas, una de ellas, María Paula Cavanna, es incluso una de las pocas especialistas en psicología perinatal. "Esto no es menor porque empatizamos con las madres y les damos herramientas para atravesar, desde su propia experiencia, esta etapa. No juzgamos, no bajamos línea, no decimos que hay algo que está bien o algo que está mal. Siempre recalcamos que lo que está bien para mí puede no funcionar para la de al lado. Tratamos de que la elección, sea cual sea, sea una elección consciente y sobre todo libre, lejos de las miradas juzgadoras. Siempre decimos que confíen en ellas, que son las que mejor saben lo que es bueno para la díada mamá-bebé."

En los grupos de crianza como Mamam, las mandres se sinceran sobre el peso del mandato
En los grupos de crianza como Mamam, las mandres se sinceran sobre el peso del mandato Fuente: LA NACION - Crédito: Victoria Gesualdi/AFV

Pero esa deseada libertad es difícil de lograr. A pesar de los discursos que ponderan la libertad de disponer libremente del propio cuerpo y de la sororidad femenina, todavía hay mujeres que se sienten señaladas. Y una mujer juzgada es una mujer con culpa. "Detrás de esta moda de la naturalidad tenemos a muchas mujeres con culpa o confundidas -admite Sebastiani-. La palabra natural ha invadido nuestra cotidianeidad y son varios los que lucran con ella. Hoy, y a pesar de la grieta, un hijo sano y una madre sana deben ser los objetivos primordiales de nuestra tarea. Los caminos pueden ser discutidos y elegidos y consensuados, siempre y cuando no se pierda ese objetivo".

Como respuesta a tanta exigencia, en los últimos tiempos han surgido series que buscan derribar los mandatos actuales. Desde The Letdown, que hace un zoom a todos los problemas a los que se enfrentan los que acaban de tener hijos (la falta de sueño, de sexo y la pérdida de la identidad de la madre) y Workin' Moms, que es una cruda radiografía de lo que le toca vivir a una mujer que trabaja y es madre, ayudan a derribar ciertos estereotipos. En Argentina, Según Roxy (acaba de estrenar su versión teatral, Cómo ser la peor mamá del mundo) hace rato nos viene hablando de madres imperfectas. No parece mucho. Pero es un comienzo.

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