“Nada mejor para respaldar la calidad que el apellido”: empezó sin experiencia y creó un clásico de Maschwitz
Cecilia Conti repasa los orígenes del emprendimiento familiar que nació hace más de medio siglo
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En una esquina de Ingeniero Maschwitz, en Escobar, donde la calma y el saludo de los vecinos recuerdan sus aires de pueblo chico, se encuentra una de las heladerías más emblemáticas y antiguas de la zona: Conti.
“Mi padre, Fernando, inauguró el emprendimiento familiar en 1975. En ese momento no existía nada de lo que hay hoy. La gente venía los fines de semana a descansar a la quinta”, recuerda Cecilia Conti, hija del fundador, y quien desde pequeña aprendió los secretos de este dulce oficio. Hoy, junto a su hermano Santiago, continúan con el legado que comenzó hace más de medio siglo.
La familia Conti es de Ingeniero Maschwitz de toda la vida. El abuelo Antonio fue uno de los primeros habitantes del pueblo y se dedicaba a la venta y distribución de bebidas por la zona. Desde muy joven, su hijo Fernando lo acompañaba en el reparto. Luego quiso probar suerte en otro rubro: las pastas frescas artesanales. En las callecitas que lo vieron crecer, Fernando montó una fábrica de pastas y, por su carisma y buena atención, enseguida se ganó el corazón de su clientela.
En la década del 70 se interesó por la producción de helados. No era experto en el rubro, pero un amigo de apellido Cavana, dueño de una heladería llamada Venecia en Garín, le enseñó las primeras nociones. A partir de allí empezó a buscar su propia receta y la manera de diferenciarse. Durante un tiempo convivieron la fábrica de pastas y las cremas heladas, hasta que finalmente decidió vender el negocio de pastas y dedicarse por completo al helado. Su mujer, Ana, lo acompañó en esta nueva aventura. Así, en 1975, comenzó la historia de la heladería “Conti”.
El nombre del emprendimiento no fue una estrategia de marketing sino una declaración de principios. “Nada mejor para respaldar la calidad que el apellido. En ese entonces, todos lo conocían”, cuenta Cecilia, con orgullo. El primer local estuvo a una cuadra del actual, en Villanueva y Córdoba. Luego se mudaron por un tiempo a un local frente a la estación de trenes hasta, y en 1993, se instalaron definitivamente en Maipú y Av. Villanueva. Siempre con una sola sucursal.
En los inicios, Don Conti optó por ofrecer pocos sabores bien clásicos: dulce de leche, vainilla, chocolate, frutilla y limón. Luego, y ya seguro de sus fórmulas, fue ampliando el repertorio. “Nuestra cartelera no superaba las quince o veinte variedades. Hoy, tenemos más de 70”, dice Cecilia. En cada rincón de la heladería hay memoria. Las máquinas de fabricación siguen siendo las mismas que usó su padre hace cincuenta años. “Las recetas son todas de él, no modificamos nada. Los secretos tienen que ver con su infancia, con las raíces italianas y con mi abuela, a quien le encantaba la repostería”, cuenta.
La calidad de la materia prima es otro pilar. “Es imposible hacer algo bueno si no se parte de buenos ingredientes. Es clave cuidar los detalles y los ingredientes. Para mí siempre lo natural es mejor”, asegura. Por eso, hace tres años dejaron de producir el sabor ciruela, muy pedido por sus clientes, porque ya no conseguían la fruta con la calidad de antes. “Si lo hiciéramos con otra, no sería el mismo producto. Respetamos mucho a quienes nos eligen. Creo que ese es parte del secreto del artesano”, afirma.
En el podio de los más pedidos se encuentra el dulce de leche granizado, el indiscutido número uno durante todo el año. Le siguen el sambayón, chocolate con almendras, pistacho y limón. Algunos sabores como portuguesa, málaga o torroncino quedaron en el recuerdo, mientras que otros se consolidaron. “Hace 20 años empezaron a pedir banana split. A mi papá le costó convencerse, pero cuando aceptó lo hizo con lo mejor, y hoy es de los más vendidos”, asegura. Algo similar ocurrió con el pistacho. “Antes se elaboraba solamente en verano y hoy salen más de 4 kilos por día y es con la misma receta de siempre”, agrega. A pedido de los fieles clientes, hace algunos años, sumaron el dulce de leche “Tentación” con dulce de leche natural. Resultó un éxito inmediato y tiene fanáticos de todas las edades. “Es de los más ricos. Solo para golosos y amantes del dulce de leche como yo”, dice, entre risas.
A lo largo de los años también se animaron a sabores más exóticos: hubo de tomate; arroz con leche y hasta otro “Vigilante”, con queso y membrillo o dulce de batata con queso. Pronto sumarán uno de canela con frutos rojos y están experimentando otros sabores con leches vegetales. “Escuchamos sugerencias, investigamos y probamos. Si algo no nos convence del todo, no llega al mostrador”, explica.
El consumo también cambió con el tiempo. “Los primeros años fueron difíciles porque la gente no estaba acostumbrada a tomar helado en invierno. Con el delivery fue mutando”, dice. El crecimiento de Zona Norte también influyó en el negocio. “Mucha gente eligió Maschwitz como lugar de residencia permanente y eso ayudó a que las ventas fueran más estables durante todo el año”.
Para los hermanos Conti, el negocio siempre fue parte de su vida. “Cuando era chica la heladería se abría en agosto y cerraba en marzo. Amaba ese mes: pasaba a tomarme un helado y me sentaba en las hamacas de la vereda. Veía a mis papás crear recetas y probar sabores. Cada año medía mi altura para ver si llegaba a los tachos de atrás de la conservadora para poder servir. Ese era mi sueño. A los catorce años empecé ayudando en la limpieza. Después vine al mostrador casi en secreto, a escondidas de papá, y cuando tuve la altura empecé a atender en los horarios de la siesta cuando él se iba a descansar. Hasta que un día me vio atendiendo y ahí ya no paré más”, recuerda Cecilia, emocionada.
Con el tiempo aprendió también la fabricación. Junto a sus hermanos Fernando y Paulo —fallecido en 2008— creció entre tachos y conservadoras. Hoy está al frente del local. “La heladería es un integrante más de la familia. Es nuestra casa”, dice a sus 46 años.
La clientela también forma parte de esa historia. Hay familias que los visitan desde hace tres generaciones. Algunos viven lejos, pero cada vez que vuelven pasan a reencontrarse con los sabores de su infancia. No es raro ver abuelos llevando a sus nietos a probar su primer cucurucho. Agustina, por ejemplo, vive en Irlanda y cada vez que regresa hace una parada obligada en Conti. “Vengo desde que soy chiquita. El dulce de leche en todas sus versiones es mi favorito. El ambiente es muy familiar”, cuenta con nostalgia. Karen, que pasó su juventud en Maschwitz, coincide: “Hace 25 años que vengo. Nunca cambiaron la receta”.
Por el local también pasaron cantantes, actores, deportistas y periodistas. Desde Antonio Carrizo, Rodolfo Ranni, Rodrigo de la Serna, Érica Rivas, Mónica Ayos, Dolores Barreiro, Miguel Romano y Javier Calamaro, entre muchos más. Para Cecilia el verdadero secreto de la fidelidad: “Siempre nos tomamos muy en serio la calidad y lo natural. Sabemos que la gente viene a disfrutar algo rico y bien hecho”.
Recientemente, la Asociación de Fabricantes Artesanales de Helados y Afines (AFADHYA) les otorgó una distinción especial por sus cincuenta años de trayectoria. “Fue un momento muy emotivo. Sentimos que valoraban nuestra dedicación. Son muchos años de vida puestos en esto”, confiesa.

A futuro sueñan con ampliar el local, modernizar el área de producción y, sobre todo, que las próximas generaciones quieran continuar la historia. “Ojalá nuestros hijos sientan el mismo amor por la heladería y quieran seguir este legado”, dice Cecilia, detrás del mostrador que la vio crecer. El tiempo, como siempre, tendrá la última palabra.
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