Perdió su vida al rescatar a una familia: “Nos enseñó acerca del amor al prójimo”
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Los últimos quince años de la vida de Ana Fortuny estuvieron signados por un sinfín interrogantes, que trajeron consigo crecimiento y aprendizaje. Durante aquel período surgieron preguntas vacías de respuestas, colmadas de sinsentido y malestar. Aun así, y luego de atravesar numerosas batallas, la calma finalmente arribó en un amanecer nuevo, en el que reveló que el tiempo había madurado el camino de la aceptación.
Llegar a su paz tan anhelada no fue sencillo. En la travesía hubo, sin embargo, una pregunta que emergía tímida, una y otra vez, cuya respuesta amainaba su corazón: ¿Por qué tuvo que pasarle a él?, se cuestionaba. Porque él, su marido, era puro amor al prójimo; era un héroe y un ángel terrenal.
Una muerte, una vida
Todo sucedió el 1ro de enero del 2005 en San Miguel de Tucumán. Habían compartido un hermoso festejo de año nuevo junto a su hijo Joaquín, que por aquel entonces tenía 2 años, y brindado por Juan Ignacio, que llegaría al mundo en poco más de una semana. Por entonces ella tenía 27 y su esposo, que tenía 26 años, era un hombre lleno de amor, esperanzas y felicidad. Sin dudas, en aquella víspera tenían motivos sobrados para celebrar. Lo que Ana jamás imaginó es que se volvería el día más triste de su vida.
"Una terrible tormenta se desató durante la noche, lo que provocó crecientes feroces con corrientes peligrosas", rememora. "Jorge, con su alma solidaria y ese amor por el prójimo inimaginable, no dudó en rescatar a un matrimonio con su pequeña hija, que se encontraban varados y aferrados a un poste de luz en la esquina de la casa de mis suegros. Al observar la situación amarró su cuerpo con una soga y se ató a un poste de teléfono, dispuesto a socorrer a esa familia. Se lanzó y los puso a salvo sin pensar que sería víctima de aquella situación. Antes de que pudiera llegar a suelo firme, la fuerza del agua soltó la cuerda, perdió el equilibrio, se sumergió y nunca más salió".

Ana recuerda que las horas que siguieron fueron de pura desesperación; no sabían qué había ocurrido, si había sido arrastrado por la creciente ni dónde podría estar. El tiempo transcurrió sin rastros, hasta que unas horas después una persona divisó el cuerpo flotando cerca de un cordón. "El agua había bajado un poco y este señor, otro ángel, no dudó en cruzar y sacarlo de allí. Lo cargó y lo llevó hasta la esquina, donde estaban las ambulancias y bomberos, que por la cantidad de agua no podían ingresar. Al acercarme a Jorge, pude ver sus ojos cristalinos y una leve sonrisa en sus labios".
La mujer perdió la noción del tiempo y de su vida; en un estado de nervios, fue internada. Había perdido a su gran amor, al padre de un niño pequeño y otro que no pudo conocer, dejando un dolor inmenso e incomprensible. Le dieron el alta el 2 de enero para asistir al entierro, y el mismo día, preocupados por las consecuencias que su bebé podría sufrir a raíz de su estado emocional, le realizaron una cesárea de urgencia: "Dos horas después de despedir a mi marido, llegó a la vida Juan Ignacio, un bebé igual a su padre y que hoy, con sus 15 años, cada día se parece más".

Los años transcurrieron duros al extremo, entre terapias y numerosas lecturas acerca de la muerte. Tras la búsqueda de comprender qué había pasado, Ana decidió vivir sola con sus hijos, aunque siempre acompañada por su familia y la de Jorge, que jamás dejó de ser la suya.
Ángel y héroe
A pesar de que salir de un estado de dolor constante parecía imposible, Ana lo logró. Hoy recuerda con un inmenso amor y orgullo al ángel, al héroe anónimo que fue Jorge, un hombre que salvó vidas y que, para ella y para todos los que lo quisieron, jamás caerá en el olvido.
"El dolor fortalece. Aunque la vida nos ponga en situaciones de las que creemos que es imposible salir, donde caes de rodillas, el llanto te ahoga y te sentís incapaz de levantarte, siempre es posible levantar la frente y ponerse de pie. A pesar de que la tristeza regresa por momentos, lo que predomina es la fortaleza, el amor y la esperanza", asegura. "Perdí a mi propio papá hace unos meses, un hombre que fue abuelo, pero que también fue padre para mis hijos: les enseñó a leer y escribir y lo llamaban papá Nino. Con este suceso, y siendo ambos adolescentes, ellos atravesaron el dolor de la pérdida de manera devastadora. El destino volvió a golpear, pero decidimos llevarla adelante con las enseñanzas que nos ha dejado: no dejar de estudiar, amar la vida, y mantenernos fuertes por los que quedan, como mi madre, que nos necesita más que nunca", continúa.

"Hoy veo a mis hijos y estoy orgullosa del trabajo que hice como mamá y papá", afirma sonriente. "Antes de convertirme en madre, había tenido un embarazo ectópico que casi me lleva a la muerte y me habían dicho que probablemente no podría tener hijos. Con Joaquín fue una sorpresa y un embarazo complejo de riesgo, y con la llegada de Juan Ignacio no supimos si era una locura o un milagro. En nuestro pasar por este mundo hay vida y hay muerte. Él vino como un torrente de pura vida el mismo día que tuve que asimilar la muerte; con el tiempo entendí que había llegado para darme fuerzas. Mi experiencia me enseñó a ser valiente como mujer y a valorar cada instante compartido con los que amamos. Aun desde la angustia y el dolor, supe sacar fuerzas de leona para salir adelante por lo más importante que me dejó mi marido: mis hijos. Solo Dios sabe por qué se lleva a sus ángeles. Yo creo que Jorge cumplió con su misión de salvar vidas y fue su tiempo de marcharse. En la tierra ya había dejado un fuerte legado que le transmití a mis hijos: les enseñé acerca de vivir la vida y honrarla, a pesar de las circunstancias; pero, por sobre todo, acerca de mirar más allá de uno y cultivar un profundo amor hacia el prójimo".
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