Separada hacía 8 meses, su ex pareja la ayudó a transitar un cáncer que los hizo redescubrirse: “Todo se dio natural, más relajado”
A fines de 2019, un choque casual en un bar unió a Malvina Torrielli y Juan Andrés en un noviazgo cómplice que la pandemia selló sin etiquetas, pero la ruptura los alcanzó en 2024 por diferencias irreconciliables, aunque el 2025 traería otra mirada
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Malvina Torrielli y Juan Andrés se cruzaron por primera vez a fines de 2019, en un fin de semana largo que prometía ser solo una salida casual con amigos. En un bar animado, dos chicos invitaron a dos amigas a compartir mesa; el siguiente encuentro sería en casa de otro amigo y el destino empezó a tejer su hilo.
Unas juntadas después, en otro bar, sus miradas se encontraron de verdad: un choque accidental derivó en una pequeña discusión que, como en las mejores películas románticas, terminó en un brindis compartido. Esa chispa inicial reveló en él una personalidad reservada y observadora que la cautivó al instante, su actitud tranquila la hizo sentirse vista de verdad.
La pandemia, lejos de separarlos, los unió mucho más. Nunca hubo un “somos novios” formal; en cambio, surgió un lazo natural durante la cuarentena, donde él se convirtió en su “compañero de cuarentena”. Incluso cuando el mundo volvió a abrirse, Malvina seguía usándo ese apodo, hasta que sus amigas le recordaron con risas que esa etapa ya había pasado. Así evolucionó a “mi compañero”, un término cargado de cariño que encapsulaba su conexión profunda, sin etiquetas apresuradas.

“Nos divertíamos juntos, había mucha complicidad. También me ayudó a crecer en varios aspectos y valorábamos las opiniones del otro, aunque pensáramos distinto siempre con respeto. Solíamos elegir más planes de a dos que sociales, respetando los momentos, amigos y espacios de cada uno. Priorizábamos estar juntos, viajar, conocer lugares nuevos y hacer escapadas de fin de semana”, recuerda Malvina.
Sin embargo, a fines de diciembre de 2024, llegó el momento de una decisión compartida: ambos elegimos terminar, reconociendo que, pese al amor que aún latía fuerte, las diferencias en gustos y visiones de vida hacían el camino cada vez más cuesta arriba.

El peor momento de su vida
A los 43 años y habiendo pasado ocho meses de la ruptura con Juan Andrés, en su control ginecológico anual, Malvina se había palpado un bulto en la mama izquierda. Tras estudios iniciales y una punción, el resultado fue un nódulo benigno que alegró a sus hermanas y amigos cercanos. Sin embargo, la ginecóloga notó un ganglio axilar inflamado que la inquietó.
Derivada al mastólogo, coincidieron en la duda y le indicaron un Doppler y eco del ganglio. La médica se sorprendió por una marca en el pliegue mamario —que Malvina atribuyó al corpiño—, revelando un nuevo nódulo con engrosamiento cutáneo. En ese instante, ella ya intuía que era cáncer, aunque su entorno lo negara. Dos punciones más lo confirmaron: el nuevo nódulo y el ganglio axilar eran malignos.

Un llamado a su expareja
En medio del caos del diagnóstico, con la última punción pendiente de confirmar el cáncer el 20 de agosto de 2025, Malvina decidió escribirle a su expareja, con quien no tenía contacto desde hacía ocho meses. Le mandó un mensaje simple por WhatsApp para saber cómo estaba, y la charla fluyó natural. A la semana siguiente, él la invitó a tomar un café.
El reencuentro en el bar fue “mágico”: dos horas sin parar de hablar, llenas de alegría por parte de ella, aunque con la duda de si contarle lo que les estaba pasando. Malvina le llevó un libro comprado para Navidad que nunca le había dado por la ruptura; lo abrieron juntos y leyeron la dedicatoria olvidada, reviviendo emociones.
Ella tardó dos horas en contarle su diagnóstico de cáncer —recién al ofrecer llevarlo a casa, antes de que se bajara del auto, soltó la verdad—. Totalmente desconcertado y sorprendido, Juan Andrés le pidió a Malvina que lo llamara apenas tuviera el resultado de la punción.

“Cenamos juntos y después nos quedamos en silencio”
A los pocos días y con los resultados que ya imaginaba, Malvina decidió llamar a Juan Andrés para contarle: “Le dije tengo cáncer y le repetí todo lo que me había dicho la ginecóloga, que tenía que hacer quimioterapia, rayos, operación y que se me caería el pelo”, y siguió contando: “Él salió de trabajar y se vino a casa. Nos abrazamos y me dijo, no te consulté, pero le conté a mi mamá. Hicimos una videollamada con ella, que se puso totalmente a disposición. Cenamos juntos y después nos quedamos en silencio, compartiendo ese momento. Me apoyé en su hombro, me miró y me dijo: ´Te va a quedar bien el pelo corto´“.
Al día siguiente del diagnóstico, con mucha angustia Malvina fue a trabajar. Su gerenta ya lo sabía, así que juntó a su equipo y les contó todo.

“Malvina, vos no hiciste nada para tener esto”
El lunes siguiente, con más de 15 preguntas anotadas en un cuaderno, visitó a la mastóloga. Entre explicaciones y detalles, llegó la frase salvadora que cambió todo: "Malvina, vos no hiciste nada para tener esto". Esas palabras barrieron la culpa, las dudas y las preguntas que la carcomían, devolviéndole algo de paz en medio de la tormenta.
En ese caos vertiginoso, sin saber bien cuándo, Malvina se movió rápido: tuvo una entrevista con una nutricionista oncológica, contactó a una profe de gimnasia especialista, averiguó sobre cascos fríos para la quimio, compró turbantes y se cortó el pelo a la altura de los hombros.

La gran maratón de su vida
El mastólogo la derivó al oncólogo, quien delineó el plan: 4 quimios rojas con doxorrubicina y ciclofosfamida, seguidas de 12 blancas con paclitaxel. Entre tanta información abrumadora, tocó dos temas clave —pelo y fertilidad— y el profesional le respondió con palabras tranquilizadoras y, sobre todo, esperanzadoras: paciencia, ejercicio y prepararse para “la gran maratón de tu vida”.
“Previo a las quimios, en menos de una semana, vinieron miles de estudios: análisis, tomografías, centellograma y más. Y ahí, en medio del vértigo, supe que esta maratón era mía para correrla paso a paso, con paciencia y esperanza”, dice Malvina. Y agrega: Fui a cada quimio como a una cita conmigo misma: me maquillé y me vestí con mi ropa más linda y convencida de recibirlas con mucha fe y amor ya que son el camino a la cura”.

El apoyo conmovedor de su ex
Malvina armó un listado detallado de fechas y acompañantes para sus muchas quimios, decidida desde el principio: podía ir sola a cualquier estudio, pero a las quimios no, necesitaba esa mano amiga. Juan Andrés, su ex que había reaparecido en el caos, se ofreció para la primera, anteúltima y última, además de la séptima —que se suspendió porque tenía las defensas bajas y debió estar una semana internada—. Su presencia era un faro en la tormenta.
En la anteúltima fueron solos, en una intimidad tierna que sellaba su vínculo renovado. Y en la última, aunque su hermana iba a estar, él no faltó: ella entraba y salía organizando una sorpresa con amigos que esperaban al final, pero su apoyo constante fue el verdadero abrazo que sintió en el alma.

“No puedo más”
La caída del pelo fue un proceso gradual y duro con las quimios. Los cascos fríos le dieron 45 días de respiro, pero la textura cambió, el volumen se fue y el cuidado diario se volvió una batalla. Cosas simples como peinarse o salir se transformaron en miedos; los espacios calvos aparecieron, y con ellos, las ganas de evitar el espejo, la gente y la calle.
Un jueves tocó fondo: “No puedo más”, pensó. Esa noche, en una juntada con amigos queridos, una tomó la máquina y empezó. Esa primera pasada fue liberadora, una sensación hermosa que no trajo lágrimas en el momento, sino una oportunidad renacida. Días después sí lloró, por el impacto en familia y amigos, y por las miradas ajenas en la calle.
Decidió no taparlo: nada en la cabeza, solo protección del sol. “No tengo nada que esconder, no hice nada para merecer esto”, se repetía. Algunas miradas duelen, te siguen como juicios mudos, pero ella las enfrenta con la misma intensidad, sin bajar los ojos. Hay días de fuerza y otros de lágrimas, aprendiendo de ambos lados; ahora anda calva por la vida, sintiendo el viento, el calor, un poco de frío, acariciando su cabeza como un gesto de amor propio inédito.

¿Cómo continuó la historia con Juan Andrés?
Cuando Juan Andrés empezó a acompañarla en las quimios y el caos del cáncer, no hablaron de volver, ni del pasado herido, ni de un futuro incierto; solo estaban ahí, en un silencio cómplice que lo decía todo. En terapia, Malvina desmenuzó ese lazo frágil: ¿cómo manejarlo en medio de la tormenta? Su terapeuta le dio la clave —no ponerle etiquetas, solo sanar—, y así fluyeron, priorizando su luz interior sobre definiciones apresuradas.
Durante los ocho meses separados, la tristeza la había envuelto, pero el tiempo reveló que esas diferencias que la incomodaban eran un regalo: la invitaban a romper sus estructuras rígidas, a abrirse al mundo con sus ojos. Aprendió —y sigue aprendiendo— de él, que la saca de su zona cómoda hacia una vida más libre y plena, transformando lo que dolía en lecciones de amor verdadero.
“Todo se dio natural, más relajado y amoroso que nunca, sin propuestas formales, solo con una tranquilidad que abraza el alma. En esta segunda etapa me siento en paz, aceptando nuestras diferencias como puentes en vez de muros. Juan Andrés es mi aprendizaje constante, mi compañero inquebrantable en la vida y la enfermedad, un faro de esperanza que me susurra: juntos, todo es posible”.

El 7 de marzo, Malvina dejó atrás las quimios, algo que celebró con alivio profundo. Ahora programan la mastectomía, seguidas de 15 sesiones de rayos y la cirugía reconstructiva final —pasos firmes hacia la remisión completa—. Cada día aprovecha para agradecer a esa ginecóloga que no se conformó con el primer resultado benigno, un ángel guardián que cambió su destino.
Su vida, que iba a 220 km/h, frenó de golpe, invitándola a caminar despacio y priorizarse como nunca.
“Tengo una red que me abraza fuerte, y esta pausa me enseña a cuidarme con dulzura: camino, hago gimnasia, yoga, meditación, masajes, hasta un curso de automaquillaje. Cuesta, pero esas pequeñas rutinas me reconectan conmigo misma, por dentro y por fuera —un ciclo de amor propio que ilumina el espejo y el alma, recordándome que merezco esta versión más plena de mí”.
El amor puede volver sin promesas ni prisas en los peores momentos, el cáncer obliga a soltar lo superficial —pelo, culpas, velocidad— para enfocarse en lo esencial, y las diferencias, lejos de romper, enseñan a crecer si se enfrentan con honestidad. Malvina y Juan Andrés lo prueban, paso a paso hacia lo que venga.
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