Polémica en las redes. La cuarentena más larga del mundo: la marcha de la locura

Fuente: LA NACION
Gustavo Noriega
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22 de mayo de 2020  • 10:46

La cuarentena argentina parecería estar a punto de entrar en los libros de historia. En los que cuenten la de la pandemia va a estar seguro ya que se va a convertir en el confinamiento más largo del mundo, superando al realizado en Wuhan, China, al comienzo del padecimiento .

Luego, nuestro derrumbe productivo podría llegar a los libros de historia de la economía -no en los capítulos positivos, seguramente-. Y con mucha probabilidad también la toma de decisiones podría figurar en los de historia de la salud mental. Hay un libro de una historiadora norteamericana, Barbara Tuchman, llamado "La marcha de la locura. De Troya a Vietnam" , muy exitoso en la década del 80, donde enumeraba y detallaba episodios en los cuales la decisión de los gobernantes iba en contra de sus mejores intereses. La palabra original traducida como "locura" es "folly" que tiene un componente menos clínico y más asociado a nuestro "disparate", más Hermanos Marx que Freud. Nuestra cuarentena merece su lugar en esa obra.

Aplanar la curva y los costos económicos

Hace más de dos meses nos explicaban que el objetivo de la primera cuarentena de dos semanas era "aplanar la curva" para preparar el sistema de salud, que se había visto colapsado en otros países afectados. Aplanar la curva significaba que el mismo número de casos se daba en mayor tiempo, con lo cual el requerimiento de camas y unidades de terapia intensiva se extendiera temporalmente y nunca superara el máximo disponible. No hace falta explicar acá que las dos semanas se convirtieron en dos meses y que el objetivo fue mutando. Al poco tiempo se destinaron 4700 camas para internación para el coronavirus, pero el requerimiento no llegaba y varias renovaciones de cuarentena después, la ocupación oscilaba alrededor de 150 camas, es decir, un 3 % de lo disponible. Sin embargo, el confinamiento, imperturbable, seguía aplanando una curva que no se formaba.

En algún momento, cuando no aumentaban ni el número de casos ni el de fallecidos, la cuarentena pasó a ser la herramienta para vencer al virus, como si se le tratara de ganar por cansancio. Luego apareció el termómetro y con él la fiebre. El aumento de testeos verificó que en Argentina había gente contagiada no sorprendentemente en los lugares más hacinados. Sin embargo, ni la curva de muertos ni la demanda de camas en terapia intensiva reflejaron el mismo crecimiento.

Ahora, la cuarentena parece haberse convertido en un fin en sí mismo, un modo de vida. Lo cual sería una posibilidad si no tuviera costos. De los costos económicos se habló desde un primer momento, cuando el presidente decía al mismo tiempo que el de la economía o la salud era un falso dilema y que él, en ese falso dilema, tomaba partido por la salud. Dos meses después, con consecuencias económicas más visibles, también se empieza a saber que el parate general involucra también al de la salud . Con lo cual, la paralización de la vida del país pensada para que se refuerce el sistema de salud termina poniéndolo en crisis ya que la gente no acude a él para otras dolencias. Y no hablamos de fracturas o resfríos sino exámenes oncológicos demorados, apendicitis que se convierten en peritonitis y cualquier otra enfermedad que pueda agravarse por no ser tratada mientras se aplana la curva. La marcha de la locura.

A menor nivel organizativo la cosa no parece más racional. En Córdoba se decidió una apertura. Durante tres días se registraron 55 contagios nuevos (la provincia cuenta con casi 4 millones de habitantes) y se decidió dar marcha atrás. Esos contagios no se habían provocado por la apertura, no daban los tiempos, pero el miedo pudo más. En los días siguientes, los contagios volvieron a valores mucho más bajos pero como el dólar, el confinamiento no da marcha atrás.

Un médico del sanatorio Allende mandó un mensaje de whatsapo mostrando un sentido común que se hizo viral.

El hartazgo se hizo sentir fuerte en estos días en Twitter, acompañando las encuestas que hablan de un crecimiento de la preocupación por la economía antes que por el virus, y un menor índice de aprobación de la gestión presidencial.

Por aplanar la curva estamos deteniendo la actividad normal de dos de los tres poderes de la República; la economía se derrumba; el sistema de salud está trabajando a media máquina, reservando su poderío para cuando "llegue el pico"; la educación no cumple con varios de sus objetivos esenciales; las relaciones interpersonales se deterioran y crecen la depresión y la angustia. La marcha de la locura.

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