¿Por qué es tan difícil creerle a una mujer?

Las mujeres, y no solo las víctimas de violencia, han sido siempre acusada de fabular; la trama y el sistema que lo ampara
Las mujeres, y no solo las víctimas de violencia, han sido siempre acusada de fabular; la trama y el sistema que lo ampara Crédito: Actrices Argentinas
Tamara Tenenbaum
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12 de diciembre de 2018  • 15:57

El 11 de diciembre la agrupación Actrices Argentinas acompañó la denuncia pública de violación que la actriz Thelma Fardin hizo contra el actor Juan Darthés . El hecho sucedió durante una gira en Nicaragua (donde la víctima, asesorada por la abogada feminista Sabrina Cartabia, hizo también una denuncia penal) en el año 2009. Darthés tenía 45 años; Fardin, 16.

Frente a la ola de amor y apoyo por parte de mujeres y varones, vale la pena mirar también el vaso medio vacío: la desconfianza y el ninguneo que la denuncia de la víctima despertó en cientos de miles de anónimos en redes sociales, y también en algunos famosos que con más o menos disimulo están expresando su escepticismo. No es una cuestión de pesimismo: es que el aparato del descreimiento es parte de lo que hace posible que la violencia sexual siga sucediendo. Nadie desconfía tanto cuando una cuenta que le robaron el celular o la billetera en el colectivo; se sobreentiende que es algo común. Cabe entonces la pregunta: ¿por qué es tan difícil de creer algo que pasa todos los días?

Primero, porque queremos creer que estas cosas no pasan todos los días. La idea de que los violadores son unos "psicópatas" es cómoda, pero no resiste ninguna contrastación con la realidad. Los violadores son hombres de familia: son maridos, son actores o productores exitosos, son padres, son tíos, son amigos de mucha gente. No todos son ricos, pero muchos lo son: también son perfectamente funcionales y están integrados a la vida de su comunidad. Muchos de ellos, incluso, sostienen cartelitos de Ni Una Menos. Es más fácil pensar que son "cinco loquitos", fáciles de identificar: que son tipos feos, raros o marginales que te esperan solos abajo de un puente a las tres de la mañana. Si fuera así el problema sería mucho más sencillo de resolver, pero el caso es que no es así. Esas imágenes, además de ser estigmatizantes, son un reflejo pobre de lo que sucede en la vida real.

También está el leitmotiv de "la mentirosa", "la ventajera", que no es ninguna novedad: desde hace siglos (como mínimo, desde Adán y Eva) las mujeres vienen siendo acusadas de fabular, de manipular, de utilizar sus encantos para hundir a los hombres y elevarse por encima de ellos. En la mayoría de las sociedades premodernas las mujeres no podían oficiar de testigos en juicios: sus palabras no eran consideradas confiables, por estar demasiado influidas por sus apetitos. Evidentemente algo de este prejuicio sobrevive. No disponemos de datos específicos sobre la Argentina, pero estudios realizados en Inglaterra y Estados Unidos ubican al porcentaje de denuncias falsas entre el 2% y el 8% del total de denuncias realizadas: un porcentaje muy bajo, especialmente comparado con la estimación del US Bureau of Justice Statistics (la oficina de estadísticas de la justicia de Estados Unidos) que el 65% de los abusos sexuales jamás son denunciados. Y es razonable: ¿qué ganaría Thelma Fardin con "inventar" una causa en un país extranjero, meterse en semejante embrollo de forma gratuita? ¿Alguna actriz logró hacerse famosa gracias a haber denunciado a un abusador? No conocemos a ninguna; si sabemos, en cambio, de chicas como Ashley Judd y Mira Sorvino, que se perdieron oportunidades laborales porque su abusador, Harvey Weinstein, les hizo fama de complicadas.

Hay muchas razones más, pero me interesa señalar solo una tercera, que se ve en un tipo particular de ninguneo ejercido muchas veces por mujeres: la idea de que "si ella hubiera sido más viva", "si hubiera tenido el carácter para levantarse e irse", en fin, si la víctima no fuera tan blandita o tan ingenua no hubiera sido violada. La autora india Sohaila Abdulali, especialista en violencia sexual y sobreviviente ella misma de una violación grupal en India, explica que estos razonamientos funcionan como un mecanismo de supervivencia: muchas mujeres quieren creer que "si hacen las cosas bien", si no se ponen la pollerita corta, si no van a bailar, si no toman alcohol ni salen de sus casas a altas horas de la noche están a salvo. Queremos creer que tenemos un control, que podemos protegernos de la violación: pero eso sencillamente no es cierto. Un altísimo porcentaje de los delitos sexuales en todas partes del mundo sucede puertas adentro: ni siquiera quedándote encerrada en tu cuarto estás "a salvo". El hecho es que no hay conducta que te proteja de la violencia sexual: lidiar con esa realidad puede ser más duro que pensar que ella se la busco, que algo habrá hecho, por fácil o por tonta.

La justicia tiene el deber de sostener la presunción de inocencia (y todo indica que, justo con los violadores, no tiene mucho problema en hacerlo, especialmente si son varones heterosexuales y poderosos como es el caso del señor Darthés), pero las garantías constitucionales tiene poco y nada que ver con la desconfianza y la sospecha que envuelve a las mujeres que se animan a denunciar la violencia sexual. Son un capítulo, ojalá el último, de una historia de silenciamiento y deslegitimación de la voz de las mujeres, de su vida, su sexualidad, su libertad y su deseo.

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