
Tortonese, un loco en órbita
De chiquito lo llamaban Quasimodo y él ya quería ser actor sin estudiar demasiado. Junto con Urdapilleta y Barea, llegó a ser la estrella del underground en el mítico Parakultural. Hoy ha llegado a abordar papeles dramáticos con los directores más prestigiosos del medio.
1 minuto de lectura'
En su diálogo no existen las medias tintas. Se parece a la forma en que encaró su existencia, poniendo el cuerpo a lo que venga y devorándose la vida a dentelladas. Este sería un reportaje para escucharlo en un cassette y divertirse con esa voz que habla a los tiros, relatando en forma tragicómica sus experiencias. Pasa de una anécdota a otra, como en un vodevil, y la carcajada del interlocutor se paraliza cuando tira una reflexión existencial que golpea como trompazo en la nuca. Pero la suelta así, medio al pasar, en tono de comedia. Como si nada se pudiese tomar en serio. Es Humberto Tortonese (33 años), flaco a punto de desarmarse, con los pelos por la cintura, cara de fauno y ojos que revolea a troche y moche para enfatizar sus opiniones.
Sentado en el living de su casa, recuerda cómo era de chico: "Era un personaje extraño, feo de ver. Tenía unas orejas de ogro, la nariz medio rara, los ojos saltones. Una vez me vino a visitar una tía y dijo: "¡Aaay, este nene es un Quasimodo!"
El pequeño Quasimodo era un soñador. Siempre hacía las cosas al revés y le gustaba observar la vida de costado. En su casa, de puertas abiertas, la comida y la sobremesa eran un ritual. A él le fascinaba. Observaba a los personajes reunidos allí, sin escuchar las conversaciones, perdiéndose en sus devaneos internos, mientras veía a todos gesticular y le llegaba sólo un murmullo. Aclara: "Me parecía todo muy loco. Era como soñar despierto". Descubriendo así la comedia humana, decidió convertirse en actor. Don Quasimodo se divertía con su familia. Su madre, una mujer bella y bastante teatral, murió cuando él tenía ocho años. Quedó su padre, un odontólogo algo delirante que intentó, por todos los medios, que la vida resultase armoniosa entre ellos. Su filosofía era exigir, pero sin que se le fuera la mano.
Tortonese cuenta una anécdota que define el clima de esa casa. Una vez lo llamó por teléfono a su padre desde el colegio. Quería que lo fuera a buscar. Le iban a tomar un examen y se llevaría la materia. El padre, enojado, le respondió que se arreglara como pudiera. El, ofendido, cortó. Ni lerdo ni perezoso escribió una nota con la firma de su padre diciendo que tenía que ir al oculista. El padre se arrepintió. Se presentó en el colegio diciendo que su hijo tenía hora con el dermatólogo, por un problema en la piel. El joven ya había partido. El padre, colorado como un tomate, salió.
"Conclusión -dice Humberto-: los dos mentimos. Después me hice el ofendido. El estaba culposo, porque actuó mal. Esa era la libertad que se vivía en casa, conocer los errores humanos."
De chico no quería estudiar para actuar. Lito Cruz lo convenció de seguir; después pasó a Augusto Fernandes. En los últimos años se encargó de demostrar, desde arriba del escenario, que es mucho más que un actor under
A pesar de la paciencia del odontólogo tuvieron sus encontronazos. Uno de ellos se produjo por una relación algo extraña que mantenía el joven con un chico y una chica que eran novios. Cuenta, divertido: "Era una relación bastante rara para la época. Un día llegó mi viejo y los encontró a ellos dos besándose y a mí cuidando al bebe de la chica. Nos sacó rajando". Ofendido, se fue de su casa por diez días. Al final, hambriento y tragándose su ofensa, retornó como el hijo pródigo.
El y sus dos hermanos deseaban casar a su padre a toda costa. Aparecían candidatas, entraban por una puerta y salían por la otra. Un día, el flaco Humberto le presentó a una mujer, compañera de trabajo. Ella empezó a frecuentar la casa de los locos Addams y pasó algunas temporadas con ellos en Miramar. Cuando ya creían que la cosa estaba hecha, cuenta tentado de risa don Humberto Tortonese: "Descubrimos que era lesbiana".
Cuando todo parecía perdido consiguieron casar al padre. Encontró una mujer de 55 años, soltera, e intercambiaron los teléfonos. El padre, para agasajarla, la invitó al teatro. Tan distraído andaba que sacó entradas para una obra infantil. Cuando le dijo a la candidata, ella se puso muy contenta. Allí el padre comprendió que había encontrado a su media naranja. A partir de ese momento la familia comenzó a abrirse. La hermana mayor se alquiló un departamento. Javier y Humberto, otro. Este último ya estudiaba teatro con Lito Cruz. Trabajaba en un pub, La Dama de Bollini, y recuerda: "Corría con mi bandeja para todos lados. Al llegar a casa no me podía desenchufar. Me despertaba haciendo el ademán de prenderle un pucho a algún cliente y me preguntaba adónde iba a llegar".
Le fascinaba el teatro. Pero algo no terminaba de cerrar. Impulsivo el chico, sólo quería actuar. Tiempo después, le dijo a Lito Cruz que estudiar no era para él. Este lo convenció de seguir. Después pasó a Augusto Fernandes. Allí se profundizaba mucho en el análisis de textos. A él se le planteó una encrucijada: o se zambullía en esa disciplina o renunciaba.
Confuso, como ha sido todo en su vida, decidió recorrer Europa para ver si el Viejo Mundo se convertía en oráculo. Deambuló por Italia, país del que se enamoró. Sufrió con Francia y sus habitantes. Se dedicó a cosechar frutas. El Viejo Mundo no le sirvió de oráculo. Emprendió el retorno más perdido de lo que había partido, pero su destino, algo en lo que él cree, comenzaba a perfilarse.
Al volver, un amigo de infancia con quien inventaba fórmulas de panes y medialunas le ofreció trabajar en un restaurante que abriría el Gato Dumas, en Pinamar. Para allí partió Humberto con sus pelos al viento. Su trabajo consistía en seleccionar gente joven para armar un equipo. Cuenta: "Me divertí como loco. Yo elegía a los que me gustaban, según su onda". El considera que la vida es una sucesión de etapas y que, ante cada hecho, uno tiene dos opciones: sufrir o pasarla bien. En su filosofía personal no encaja demasiado la primera de las dos variantes.
Después de su experiencia gastronómica, el destino lo depositó en el corazón del underground porteño. Unos amigos plásticos le ofrecieron hacer algo en el mítico Parakultural. Acababa de leer las Rimas , de Bécquer, y estaba fascinado con la introducción. Según él, allí el autor no hablaba de poesía, sino de lo que pasaba por su cabeza. Humberto se identificó con esa locura. Casi en éxtasis, comenta: "Para representar ese texto puse una tela que me tapaba. Yo estaba colgado a dos metros y medio del piso. Lo único que salía eran mi cabeza, mis brazos y mis pies. Inventé una gorra con reflejos y profilácticos en mi cabeza. En los brazos me puse unas medias pintadas como venas. Desde la altura le tiraba confites a la gente".
Parece que allí Tortonese encontró su ambiente. Y también a sus pares: Batato Barea y Alejandro Urdapilleta. En ese sótano se metían como podían 400 personas, aguantando las goteras si llovía y la precariedad del baño. En los cuadros que ellos tenían, de 35 minutos, improvisaban locamente. Entre esas cuatro paredes todo podía suceder. Los números salían según como estaban ellos de ánimo. Una vez Urdapilleta, borracho, se sentó en un banquito minúsculo y sentenció: "Yo no digo nada más". La cabeza de Tortonese se dio vuelta. "Yo tenía 21 años. ¿Te imaginás lo que era para mí vivir todo eso? Entregaba mi vida ahí. Cada vez todo se volvía más delirante, pero el delirio terminó con la muerte de Barea, que también fue un delirio."
-¿En qué forma te modificó esa muerte?
-Y, me hizo pensar en mi propia muerte. Ojo, todos los actores llevamos esa sensación permanente de la muerte en los talones. Con lo de Barea se hizo real. A mí me dio por acentuar la libertad, arriesgarme a lo que fuese...
-Vivir en la cornisa, querés decir.
-Sí, a no cuidarme en nada. Además, con esto de la muerte mi viejo también aportó lo suyo. Papá es un tipo muy sensible. Me acuerdo que veía una película de Tita Merello y lloraba. Después comía y fumaba terriblemente. Total -decía- estoy esperando la muerte . A uno le quedaba la duda: ¿será que se va a morir? Ahora, que tiene 77 años, le digo: hace veintipico de años que venís anunciando tu muerte. Ya me resigné a eso (se ríe) .
Los tres mosqueteros (Barea, Urdapilleta y Tortonese) amaban la poesía. Tenía un sketch en el Parakultural en el que interpretaban a tres poetisas. Humberto era Herminia Luchetti, una loca que hablaba y hablaba sin comprender la situación. Ella sólo se comunicaba por medio de la poesía. "En un momento, yo empezaba a los gritos de ¡agua, agua! Los chicos, que representaban a dos poetisas más tranquilas, me decían: Bueno, Hermi, tranquila... Yo seguía aullando: ¡Agua, agua! y terminaba diciéndoles: ¿Quieren agua? Tomen. Y los empapaba. La gente se mataba de risa."
-Ustedes jugaban con la locura permanentemente. Uno a veces pensaba que se podían quedar del otro lado de la frontera.
-Sí, pero yo saco mucho en mi actuación. Quedo más liviano. Si me hubiese tocado otra vida, no sé qué hubiese hecho con mi locura.
-Estarías como esas pavas que hierven a lo loco sobre el fuego, saltando y chillando...
-Sí, creo que hubiera terminado loco. Uno anda a los gritos interpretando y larga de todo, y no podés creer y ni sabés lo que estás haciendo.
Tortonese y Urdapilleta, excelentes actores dramáticos los dos. En los últimos años demostraron que pueden actuar también fuera del underground y someterse a la disciplina que implica trabajar con Ure o con Fernandes. La fama les llegó cuando pusieron los pies en la televisión, en el programa de Gasalla. En esos sketches delirantes, donde generalmente interpretaban a mujeres, se agarraban a garrotazos. Tortonese cuenta que, aún hoy, a veces va por la calle y escucha los gritos de señoras mayores que dicen: "Mirá, ahí va la flaca, la flaca ésa".
¿De qué forma vive esos personajes femeninos? Responde: "Yo empecé a hacerlos porque me enganché con determinadas poetisas y con sus textos. Al buscar el tono, me pareció que era mejor hacerlo desde una mujer. Nunca me travestí. Soy actor. Cuando me enamoré de Alfonsina ya tenía un pelo medio raro. En ese entonces me ponía una mallita entera, un vestido, traía un pescado y salía interpretando un poema. Después me divirtió hacer personajes de mujeres, porque son mucho más entretenidos. La mujer tiene su locura mucho más para afuera. El hombre es más serio".
Luego de su paso por la televisión, en el que se permitió romper con unos cuantos cánones, Tortonese cuenta que cree que este medio perdió ciertos corsés. "Pero no les salió bien -aclara-. Después de Urdapilleta y de mí tuvieron como un permiso. Se decían: Si ellos pueden, ¿por qué no nosotros? Pero no sabían cómo hacerlo. Tinelli, por ejemplo, se ponía una medibacha, pero, claro, después le gritaban homosexual y no le gustaba ni medio."
La luz va declinando en la ventana. Tortonese se olvidó de prender las lámparas. Así, en penumbras, todo parece más irreal. Bajamos. Tortonese sigue hablando a los gritos, riéndose. Parece un chico que a veces no sabe qué hacer con toda esa "miríada de gérmenes" que, dice, puebla su cabeza. Talentoso, el flaco. ¿Quién lo puede negar?
Fotos: Rubén Digilio






