Turbulencia interminable: así fue sobrevolar Buenos Aires ayer por la noche, en plena tormenta

Lo que parecía ser un vuelo tranquilo desde Puerto Iguazú terminó en rezos y una experiencia difícil
Lo que parecía ser un vuelo tranquilo desde Puerto Iguazú terminó en rezos y una experiencia difícil Crédito: Shutterstock
Gabriel Di Nicola
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14 de diciembre de 2018  • 12:54

El viaje de regreso a Buenos Aires, después de tres maravillosos días en las Cataratas del Iguazú, terminó de la peor manera. Una experiencia que uno no quiere repetir. La mayoría de los pasajeros del vuelo 1737 de Aerolíneas Argentinas que anoche, poco después de 23, despegó del Aeropuerto Internacional de Puerto Iguazú con destino al Aeroparque Metropolitano Jorge Newbery pensó que el avión iba a terminar estrellado.

Todo comenzó con una demora de casi dos horas. La tormenta que azotó Buenos Aires hizo que el avión llegará a Iguazú, Misiones, retrasado. El vuelo tenía que despegar hacia el aeroparque metropolitano a las 21.35. Pero despegó a las 23.10.

Cuando todos los pasajeros estaban sentados, el capitán del vuelo anunció que durante la última parte del viaje íbamos a sobrevolar una zona de turbulencias como consecuencia de la tormenta que no frenó en todo el día.

No se equivocó el comandante. El viaje fue normal hasta que anunció que debíamos aterrizar en el aeropuerto internacional de Ezeiza porque la aeroestación metropolitana estaba cerrada por la tormenta y la gran cantidad de aviones en pista.

El viaje continuaba normal hasta que llegó lo peor... Creo que eran las 0.40 de hoy cuando empezaron los movimientos bruscos y los gritos de la mayoría de los pasajeros.

Fue todo en una fracción de segundo. El avión bajó de golpe y después volvió a subir, un "panzazo", como se lo suele definir. Continuaron los movimientos bruscos. Fue el peor momento. Se escucharon gritos, se veía a gente taparse la cara con las manos y se oyeron rezos, no solo en castellano.

El comandante había anunciado que íbamos a aterrizar cerca de las 0.50 pero el tiempo pasaba, los movimientos bruscos continuaban y nada hacía parecer que nos acercábamos al aeropuerto de Ezeiza.

En los momentos de mayores turbulencias, donde la mayoría gritaba y se agarraba la cabeza, debo reconocer que pensé que era el final y que no había otro destino: el avión se iba a estrellar. Decidí rezar y esperar. Por momentos pensaba: "No, no podemos morir así. Todo va a estar bien".

El tiempo pasaba. Por las ventanillas se podían ver los rayos de la tormenta eléctrica. Por momentos el vuelo parecía estabilizado y sin mayores contratiempos. Pero a la 1.12 los movimientos bruscos regresaron, al igual que los gritos y la señal de la cruz. El viaje se hacía eterno.

Sí, es verdad, algunos pasajeros con sueño profundo ni se dieron cuenta de lo que pasaba. Después del susto y el miedo, el avión aterrizó en Ezeiza y hubo aplausos para el comandante. Las azafatas repetían: "Tranquilos. Ya va a pasar".

"Pensé que nos íbamos a morir. Pero mamá me dijo que todos íbamos a estar bien y le creí", le dijo una nena de 10 años a su papá. Él le respondió: "Hija, todavía estoy temblando". Era el pasajero que no paraba de hacer la señal de la cruz en los peores momentos.

Apenas aterrizamos, el joven que estaba sentado en el asiento 12C exclamó: "Pensé que nos moríamos". Era su segundo viaje en avión y fue uno de los que más gritó.

Lo peor había pasado. Ya estábamos en tierra y, a medida que nos acercábamos a la escalera para descender, todo el mundo le agradecía al personal de abordo y, sobre todo, a los pilotos.

Una pasajera contó que en el peor momento, los tripulantes le reconocieron que se analizó la posibilidad de un desvío hacia Mar del Plata para esquivar la tormenta.

Cuando bajaba del avión, una joven se cruzó con el comandante y le agradeció. "Muchas gracias, de verdad", dijo la muchacha. Después agregó: "Hay que felicitarlo. Hizo un gran aterrizaje y sobrellevó la tormenta".

La experiencia había terminado. Solo fue un susto. Una anécdota para contar.

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