Un efímero restaurante en el cielo porteño
Latitud 33° lo montó, durante esta semana, para invitados especiales, en el helipuerto del edificio República
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Entre los bocinazos, el apuro de los transeúntes y el smog del microcentro porteño, los edificios más altos de Buenos Aires se elevan imponentes, tal vez buscando evadirse de la vorágine diaria, entregados a esa dimensión paralela que tantos misterios guarda para los seres terrestres: el aire. Sus cimas, que no se ven desde abajo, esconden secretos. ¿Tendrá una terraza lujosa? ¿Jardines? ¿Helipuerto? Todos esos helicópteros que atraviesan la ciudad mirando con una sonrisa burlona los atascos de acá y de más allá, tienen que despegar de algún lado.
El edificio República, emblemático por su original diseño en forma de curva ideado por César Pelli, cuenta con uno de los helipuertos más famosos y también con una vista privilegiada: la ciudad en toda su extensión, el puerto y el insuperable ancho del Río de la Plata. En ese privilegiado punto panorámico, la marca de vinos Latitud 33° instaló esta semana un restaurante para ofrecer la experiencia inédita de cenar en un helipuerto.
Subir por el ascensor hasta el piso 21. Luego, escaleras. Pasillo. Oscuridad. Un fuerte sonido del batir de las hélices. Balizas a los lados para guiar hacia la escalerita final, ínfima y en forma de caracol. El último escalón y ya no hay techo, sólo cielo. La vista es en 360°: hacia el Norte, la silueta de la costanera dibuja un camino que se tuerce y desaparece; al Sur, las luces de colores de la Plaza de Mayo; al Este, la oscuridad del río interrumpida por los faroles intermitentes de algún barco que navega en lontananza; al Oeste, el atardecer da pinceladas violáceas al paisaje urbano.
En el centro de la terraza (curva, como el edificio), un cubo transparente promete alojar un convite muy original: un máximo de 22 invitados por noche, para disfrutar de una cena con velas, luces de neón y vino, mirando la ciudad desde arriba.
La instalación del restaurante llevó ocho días, los necesarios para trasladar las dos toneladas de vidrio, acrílico y hierro que conformaban la estructura. La plataforma del helipuerto fue recubierta con un piso de 12 metros de diámetro sobre el que se erigió el salón con forma de cubo, de cuatro metros de altura. Adentro, una mesa larga adornada con flores y velas, dos lámparas esféricas y luz tenue, para disfrutar mejor de las miríadas de lucecitas de la gran urbe.
Por este "restaurante efímero", tal como lo definió el anfitrión, Ramiro Otaño, director general de Moët Hennesy, pasaron Mike Amigorena, Humberto Tortonese, Ari Paluch, Florencia Torrente, Julieta Spina, Ernestina Pais y Narda Lepes, entre otros. La cita comenzaba con una relajada recepción. Bandejas hechas con espejos antiguos convidaban canapés, mientras los sonidos alejados de la ciudad a la hora del regreso a casa daban paso a la quietud nocturna.
Una vez en la mesa se dio paso a un verdadero show culinario. La entrada llegó encerrada en una campana de cristal con forma de nube de humo. Es que adentro había un tartare de salmón ahumado, con palta y caviar de limones confitados, y para que el gusto fuera perfecto, se dejó un halo del humo de cocción encapsulado dentro de la campana. Una vez destapado, los comensales al completo vieron esfumarse el aroma. Minutos después, un apagón fue la antesala del plato principal, que también llegó encapsulado, pero esta vez, dentro de una baliza. Sí, una baliza. Un cono negro con una titilante lucecita fluorescente bajo el cual se revelaba un delicioso cochinillo con puré de papas, vinagreta de portobellos y chutney de chiles. La charla, amenizada por un vino en perfecto maridaje para cada plato (Chardonnay, para la entrada, Cabernet Sauvignon para el cochinillo), se interrumpió de repente con un espectáculo inesperado: tres bailarines de hip hop usando las típicas balizas de señalización del tránsito aéreo para crear una coreografía casi en la cornisa del edificio, combinando pasos de parkour que subían la adrenalina de todos, y acrobacias en el cielo.
Los aplausos para los bailarines se superpusieron con una sonora ovación para los chefs, Tommy Perlberger y Bruno Gillot de Eat Catering, quienes no contentos con las felicitaciones, buscaron un broche de oro que apuntale los sentidos de los presentes: "Arte en el mantel". Se trata de colocar a lo largo de la mesa una superficie siliconada en la que se pueden deslizar los ingredientes del postre, como si fuera un lienzo pintado con las delicatessen. La tendencia nació en Chicago, en un restaurante de comida molecular donde el pastelero directamente arma el postre en la mesa. Perlberger y Gillot crearon su propia versión: "Primero pusimos salsa de chocolate y una de caramelo que se mezcla con manteca salada. Sobre eso fuimos acomodando los bocadillos. Nos pareció una forma excéntrica y divertida de servir el postre", explicaron los chefs, contentos con su exitosa ocurrencia.
Sin mirar la hora se podía adivinar que la medianoche iba llegando. Las ventanas de todo alrededor se iban apagando y una paz soñolienta parecía caer sobre Buenos Aires. Tal vez era el efecto amortiguado de la altura donde todo parece fluir con otro ritmo. Tal vez era el vino. Pero el fin de la velada llegó por sentencia unánime. Una última mirada al horizonte. Luego, el abrupto descenso a la tierra.
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