Un mundo para compartir
Compartimos 3 días con la diseñadora Marisa Marana que, con su particular y avasallante estilo nos mostró como concilia su vida personal con el trabajo
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La primera vez que nos reunimos con Marisa Marana, en su local de la calle Uriarte, la encontramos rodeada de mujeres. Algunas, sabremos después, son clientas; otras, parte de un aceitado equipo que la ayuda a traducir el producto de su imaginación en prendas para todo tipo de estilos. Es que Marisa no sólo encontró la forma de diseñar para mujeres a las que las marcas tradicionales no suelen hablarles –los talles no son un problema, los cortes favorecen, el trato es impecable– sino que les devuelve lo que ella llama "su Venus perdido". Muchas de ellas hasta se han acoplado a su siempre presente grupo de amigas y son partícipes tanto de sus nuevas propuestas como de sus pasiones; la última: la Cábala.
Desde hace tres años, Marisa se dedica a ahondar en este saber, en el que encontró respuestas y herramientas que nada tienen que ver con lo religioso, "sino con el conocimiento y la sabiduría perfecta". Como parte del "Proyecto Cárceles", ahora lleva este estudio a cárceles de mujeres en La Plata donde, nos cuenta, encontró "gente maravillosa: inteligente y muy sensible".
"Amor, movimiento, inspiración y, sobre todo, compartir" son las cuatro palabras que elige para definirse esta mujer que en cada momento encuentra una excusa para celebrar.
Los hilos conductores
Siguiendo los pasos de su madre, que hacía ropa para chicas y adolescentes, Marisa creó su propia línea a los 16 años. Esto fue algo que, consciente o inconscientemente, repitieron sus hijas, Lupe Villar y Bianca Cacciola ("Mis dos hijas únicas: una de cada década"). La primera ya tiene su propia marca, mientras que la segunda estudia Diseño de Indumentaria y trabaja para Giesso. "Supongo que vieron que la vida que llevás haciendo esto es linda, divertida y creativa."
Con pocos meses de vida, no era raro que Lupe mirara el mundo desde su canastito, apoyado en mesas de corte de sederías. Acompañaba a mamá Marisa, de tan sólo 20 años, que ya vendía sus creaciones en locales de la avenida Santa Fe. "Con Lupe éramos ella y yo, un equipo. Cuando llegó Bianca, mi vida estaba más armada."
Emprender el camino propio
A los 26 años, Lupe ya había ubicado sus primeras piezas en un multimarca de Palermo Viejo, cuando se predecía un estallido en la zona como parada obligada del diseño.
Más tarde, un pequeño garaje sobre la calle El Salvador serviría como primer local, dándole el tamaño justo para animarse a estar sola y a la calle. "Nunca pensé que me iba a ir tan bien. Voy despacito, de a un escalón."
Varios años después, y con más metros, su nuevo local es un soplo de aire fresco en donde el blanco abunda y las telas parecen flotar en un verano eterno. "Cuando todos van para un lado, me gusta ir para el otro. Es una forma de equilibrar".
El departamento que comparte con su marido, Martín Egozcue, diseñador de las marcas Félix y Bensimon, tiene un código estético claro. Allí, Lupe trabaja en los referentes del invierno 2009 mientras su hijo, Rufino, espera paciente sobre un sillón.
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