Esther Díaz: "Si la muerte te encuentra haciendo lo que querés hacer, no será en vano"

Crédito: Diego Spivacow
Vital, contestataria, reconocida maestra y pensadora incisiva, repasa aquí una vida marcada por la audacia y la determinación, y afirma que nunca es tarde para empezar a estudiar filosofía
Daniel Gigena
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24 de febrero de 2019  

Después del recorrido por festivales y salas del país y el extranjero de Mujer nómade, la película de Martín Farina que la tiene como protagonista excluyente, la filósofa Esther Díaz (Ituzaingó, 1939) se apresta a presentar su autobiografía, Filósofa punk. Una memoria (Ariel). Mítica profesora de Introducción al Pensamiento Científico en el Ciclo Básico Común de la Universidad de Buenos Aires, a las que asistían cientos de estudiantes y oyentes que pasaban por los claustros a la salida de Cemento y El Parakultural, Díaz se formó en filosofía durante la dictadura, luego de cumplir los treinta años, mientras trabajaba como peluquera para mantener a sus dos hijos. Desde entonces se convirtió en un referente académico insoslayable. Escribió más de treinta ensayos filosóficos sobre epistemología, Michel Foucault y Gilles Deleuze, un volumen de relatos eróticos y, ahora, una memoria. "Con lo quedó afuera podría escribir cinco libros más", cuenta.

Fue docente en varias universidades nacionales y viajó como profesora invitada al extranjero. Luego de jubilarse en la UBA, ayudó a crear, en la Universidad Nacional de Lanús, la maestría en Metodología de la Investigación Científica, que dirigió entre 1998 y 2014. En la próxima edición del Bafici integrará el jurado de la sección de films vinculados con derechos humanos. Su nuevo libro se deja leer como una trama en la que no faltan la discriminación, el erotismo y una reivindicación por obra del amor al estudio y la investigación.

-Publicaste varios ensayos filosóficos a lo largo de tu carrera. ¿Cómo surgió la idea de escribir tus memorias?

-Tenía ese proyecto desde hace veinte años, pero por múltiples actividades siempre lo relegaba. Tengo más de treinta libros filosóficos publicados. Excepto el de 2002, que es de relatos eróticos, siempre escribí ensayo. Es la segunda vez que escribo un relato. Desde chica siempre quise ser escritora. Vivía en una familia iletrada, así que no tenía idea de lo que era el ensayo; para mí, escribir era escribir literatura. Solo conocía los libros de cuentos. Nací en 1939, y tenía acceso a revistas y diarios porque mi padre era diarero en Ituzaingó. Cuando finalmente terminé el secundario, ya divorciada y trabajando para mantener a mis hijos, decidí anotarme en Letras. En la infancia llevaba un cuaderno de poesías, que se perdió porque en mi casa no le daban importancia. "Dejá eso que hay cosas que hacer", me decían. Por ejemplo, secar los platos. A las editoras les llamaba la atención que en el libro contara que cuando estaba en la escuela primaria mi deseo era estudiar en el Colegio Nacional de Buenos Aires y en la UBA. ¿Cómo una chica de barrio tenía noción de eso?

-¿Y qué pasó cuando llegó ese momento?

-Cuando fui a la universidad no era una nena sino una mujer con dos hijos. Era casi vieja en esa época. Pedí el plan de estudios de Letras y al verlo pensé que eso en vez de estimularme a escribir me iba a aplastar.

-Y elegiste Filosofía.

-Vi el plan de estudios de Filosofía y me pareció mucho más interesante. En este momento no me interesaría porque la filosofía neopositivista ha acaparado casi todas las universidades del país. Cuando se jubile Mónica Cragnolini, la superespecialista en Nietzsche del país y de América, no quedarán filósofos de ese tipo en la UBA. Solo filósofos analíticos, dedicados a lo formal, a la epistemología logicista. Cuando entré a estudiar, en cambio, era una fiesta: estaban Adolfo Carpio, Andrés Mercado Vera, Ansgar Klein, que nos dio Heidegger de primera mano porque había sido alumno de él en Alemania. Hice una carrera fuerte desde el punto de vista teórico, pensando que la escritura iba a venir por sí sola. Me enamoré de la filosofía y seguí haciendo filosofía. Por suerte la vida me dio la chance de tener tiempo para escribir.

-¿Qué te enamoró de la filosofía?

-Yo no sabía lo que era la filosofía. Un verano fui a San Martín de los Andes a la casa de una tía y esa tía tenía enciclopedias. Un día veo la imagen de un señor, vestido con una túnica blanca, recostado con una copa en la mano, y a varios señores alrededor vestidos como él. Y leo: "Sócrates bebiendo la cicuta". Entonces busqué la historia en el libro. Sócrates había sido condenado a muerte y el verdugo le recomendó que se despidiera de sus amigos antes de tomar la cicuta para no sufrir. Y Sócrates se negó, para seguir hablando de filosofía con ellos hasta los últimos minutos de su vida. Pensé que si había algo que te podía hacer olvidar de la muerte, y apasionarte hasta el último momento, eso lo quería para mí.

-¿Cómo fue "editar" tu vida a la hora de escribir Filósofa punk?

-Dejé afuera como cinco libros más. Hay que acotar. Ahora que está terminado, me surgen recuerdos apasionantes. Es el misterio de la creación. Algunas de las preguntas de la editora me indignaban, pero después me di cuenta de lo beneficiosas que eran. Nietzsche dice que nunca se piensa mejor como cuando se piensa en contra de otro. Si una pregunta me indignaba, me tenía que poner a investigar para justificar lo que había escrito. Por ejemplo, me planteaban que yo no tenía prejuicios sociales ni sexuales y, sin embargo, el libro estaba atravesado por los celos. Siempre sufrí celos. Me vino fantástico eso. Uno se puede acostar con mil personas, pero igual sentís celos. Para Spinoza, un racionalista, los celos son pasiones y las pasiones no se pueden manejar con la razón. Sos poseído, no lo elegís. Para un empirista como Hume es exactamente lo mismo. Las pasiones no son un teorema.

-En el libro te referís con franqueza a traumas que atravesaron tu vida: abandonos, traiciones de personas cercanas, la muerte de tus dos hijos.

-La editora rescató ese aspecto de parresía de mi escritura. Parresía es una palabra de origen griego que significa el decir franco, decir lo que uno considera verdadero en tanto y en cuanto sea positivo para uno y para los otros. No es para chicanear ni para tirar bombas. La definición que más me gusta es "decir la verdad sin medir las consecuencias". Muchas veces me ha pasado que por hablar con libertad me di la cabeza contra la pared. El libro me ayudó a darme cuenta de lo libre que llegué a ser, pese a vivir en la sociedad paternalista en que vivimos. Por supuesto que lo pago.

-¿De qué modo?

-Por ejemplo, a mí me gusta vestirme sexy. Si voy por la calle, veo que un hombre se prepara para decirme un piropo, porque mantengo el cuerpo pero no la cara, que es la de una mujer de mi edad, aunque me la cuide. Al acercarse, me agreden. "Vieja", me dicen, de mala manera. Lo hacen de tal modo que no alcanzo a defenderme. Al próximo que lo diga le voy a responder: "Sí, vieja, pero te excito". Aunque como mujer estaba acostumbrada a recibir cualquier tipo de agresión, después de los cuarenta empecé a sentir intranquilidad por haberme vuelto invisible para los hombres. El canon machista establece que las mujeres son apetecibles hasta los cuarenta. Pero el deseo no se acaba nunca.

-Los temas de tus memorias ya los habías trabajado en tus cátedras: la muerte, el deseo, la vejez.

-Y la represión, la violencia, la discriminación. Para mí la filosofía es un modo de vida. Cuando vino la democracia, entré en una cátedra donde enseñaban Michel Foucault. Yo no lo había leído aún y cuando lo empiezo a estudiar, todas las mañanas, mientras abría el diario, se me iluminaban las noticias con la teoría de Foucault. Un caso paradigmático fue el de María Soledad Morales en Catamarca. Lo que esas chicas habían hecho era micropolítica. Desde el lugar más débil del poder, unas adolescentes, provincianas en un país unitario, en silencio, habían hecho caer a funcionarios judiciales, policías, legisladores, al gobernador. ¿Cómo le decía a Mercado Vera que no iba a seguir con Hegel? Había descubierto en Foucault a un autor contemporáneo que me hablaba en contra de la represión, del papel sumiso de las mujeres desde que la historia es historia, del deseo.

-¿El deseo siempre es revolucionario, como se dice?

-También puede ser reaccionario, porque hay que poner mucho deseo si lo que se quiere es aplacar el deseo del otro, como hacen los represores. Lo voy a decir más técnicamente: hay voluntad de poder y hay voluntad de dominio. La voluntad de poder es positiva, porque reafirma la vitalidad, la jovialidad y las pasiones alegres. Y la voluntad de dominio es negativa porque quiere sacarle la libertad al otro. Todo dominio es del orden del poder, pero no todo poder es del orden del domino. El poder es más amplio que el dominio, pero el que quiere reprimir las libertades ajenas también aplica deseo.

-¿Existe actualmente un culto a la ciencia en desmedro de otras disciplinas?

-Eso es el cientificismo. Hoy, la ciencia ha atravesado también la filosofía académica. Eso son los neopositivistas. Nosotros tenemos a un gran epistemólogo argentino, el que más trascendió, que es Mario Bunge. Él es positivista, ni siquiera es neo. Esa corriente, que nació en el Círculo de Viena, estableció que la filosofía debía estar al servicio de la ciencia. Pasa como con el liberalismo y el neoliberalismo: el neopositivismo es mucho más duro. Todo proviene de un Wittgenstein mal leído. Al final del Tractacus logico-philosophicus, dice que ese libro debe ser usado como una escalera que hay que tirar después de leerlo. Me imagino a los positivistas todavía agarrados de esa escalera. No la tiraron. Wittgenstein se sintió tan mal interpretado que no volvió a publicar en su vida. Cuando concursé en la UBA y me dieron el cargo, la crítica fue que mi defensa había sido "demasiado filosófica". ¡Y estaba concursando un cargo en la Facultad de Filosofía y Letras!

-¿Dirías que nos gobiernan los neopositivistas?

-Desde el punto de vista teórico, sí. Con el neoliberalismo se impuso la moda de los doctorados, como si los profesores de antes no se hubieran seguido formando permanentemente.

-¿Por qué le pusieron Mujer nómade al documental?

-Otro de los filósofos en los que soy especialista es Gilles Deleuze y el término "nomadismo" es un tecnicismo de él. Sabemos que quiere decir cambiar de lugar, pero Deleuze señaló que se podía ser nómade sin moverse. Por ejemplo, en una charla se viaja, en una lectura o mientras se escucha un concierto. En una clase también nos hacemos nómades. Lo fundamental es que el concepto proviene de una categoría nietzscheana, que señala que estamos aplastados por la gran cantidad de códigos morales que nos impone la sociedad. Nos comparaba con el camello, que se arrodilla para que lo carguen más. En eso también influyen los conceptos cristianos en contra del deseo y del cuerpo, que no los inventó el cristianismo, sino Platón. El cristianismo es un Platón bautizado.

-¿Cómo te sentiste al escribir los segmentos más tristes de libro, que se refieren a las muertes de tus dos hijos?

-Fue terrorífico. Yo tengo un gran aprecio por Marcel Proust, y cuando terminé de leer la última parte de En busca del tiempo perdido sentí un gran alivio. Lo perdido es lo que no vas a tener más y también aquello que se perdió por hacer tonteras. En El tiempo recuperado, todas esas banalidades, esas tonterías de la vida se recuperan tamizadas por el arte. Cuando vi la película, y ahora al ver el libro terminado, siento el sufrimiento recuperado. Aunque el cristianismo le dio un valor, el sufrimiento no tiene ningún valor en sí mismo. Es horrible sufrir. Y yo sufrí muchísimo. Al ver el libro y la película, eso se completa. Escribir sobre la agonía de mis dos hijos fue horrible. Lo proustiano que tiene esto es que ese sufrimiento que pasé en mi vida lo sentí recuperado en estas dos obras.

-¿Qué les aconsejarías a las personas, jóvenes o mayores, que quieren empezar a estudiar filosofía?

-Que empiecen ya. Nunca es tarde. Catón empezó a estudiar griego a los ochenta años. Cuando escucho a un buen profesor, me emociono. Si la llama de querer estudiar sigue viva, eso no es voluntarismo, es deseo. Si la muerte te encuentra haciendo lo que querés hacer, no será en vano. Para mí la vida siempre es un comienzo.

¿Por qué la entrevistamos? Porque está a punto de publicar una autobiografía donde narra su intensa vida y su viaje intelectual

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