Denis Merklen. "Quienes vivimos en la economía del libro corremos el riesgo de la autorreferencia"
Autor del libro Bibliotecas en llamas, investigó los casos de quema de bibliotecas en la Francia actual, un fenómeno donde confluye una profunda crisis en los vínculos entre Estado, política y ciudadanía
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Hace unos seis años, Denis Merklen, sociólogo uruguayo que trabaja en la Universidad Sorbonne Nouvelle de París, vio lo que nadie parecía ver: en Francia, país como pocos cultor del libro y de la palabra escrita, se queman bibliotecas. No una o dos, sino muchas (al menos 75, entre 1996 y 2015). Y no a manos de grupos de inspiración totalitaria o promotores de la censura ideológica, sino en medio de revueltas en los suburbios como las que, en 2007, sacudieron al país tras la elección que llevó a la presidencia a Nicolas Sarkozy. Surgía un enigma: ¿por qué ni la prensa ni la academia francesa rendían cuenta de un fenómeno que llevaba décadas y sobre el que sobrevolaba un pesado silencio público? Y un segundo interrogante: ¿por qué, entre otros objetivos posibles, la furia de los jóvenes de los barrios periféricos se dirigía -y dirige- hacia espacios públicos gratuitos, dotados las más de las veces de una infraestructura envidiable, de puertas abiertas y libre acceso a Internet, discos, actividades culturales, libros?
En su intento por responder estas preguntas, Merklen encontró serios cortocircuitos en los vínculos entre Estado, dirigencia política y ciudadanía que, más allá de las particularidades francesas, hablan del tembladeral que hoy afecta a prácticamente todo Occidente. "El libro materializa una frontera social de naturaleza simbólica", escribió en Bibliotecas en llamas, texto recientemente publicado por la Universidad Nacional de General Sarmiento donde el sociólogo resume parte de su investigación. Para Merklen, que entre sus trabajos de referencia incluye los que José Luis Romero y Leandro H. Gutiérrez hicieron sobre las bibliotecas populares argentinas, resulta también enigmático el escaso interés de las ciencias sociales locales en las bibliotecas como institución o como "puerta de entrada para observar un mundo social y cultural". No obstante, trabaja en la investigación que un equipo francés y uno argentino (este último, dirigido por el antropólogo Pablo Semán) realizan sobre prácticas de lectura y escritura en las periferias urbanas. Y asegura que, más allá de crisis e inestabilidades o confrontaciones, la cultura escrita mantiene su potencia.
¿Por qué tanta dificultad en Francia para hablar sobre los ataques a bibliotecas públicas?
Es más fácil explicar por qué se ataca una escuela: las escuelas dan diplomas, expulsan gente, se juega allí algo socialmente muy importante. Pero una biblioteca es un lugar donde uno va sólo si tiene ganas, es gratuita, permite que uno lea lo que quiere, que se puede llevar cosas a su casa. Es muy difícil imaginar o entender qué de una biblioteca podría suscitar un acto de violencia. Sobre todo porque sabemos que estos incendios no están motivados por razones ideológicas, religiosas o de algún tipo de censura. Como el motivo del incendio no es la censura del pensamiento que está representado allí, se desdibujan las posibilidades de comprensión. Y hay, en la Francia actual, cierta voluntad de parte de muchos investigadores y periodistas de no agregarle a este tipo de barrios miradas condenatorias, estigmatizantes o de tipo sensacionalista. Todo eso lleva a que sea mejor no hablar que dar a entender que sólo se trata de unos salvajes o verse tentado a decir cosas del tipo "son los musulmanes que atacan las entidades de la República".
Pero el silencio no ayuda.
El silencio es un problema. Hay un silencio público que tiene que ver con el título que pensé para mi libro. Son "bibliotecas en llamas", porque son varias las bibliotecas que se queman, en el sentido de que esos actos son acciones no discursivas, que no están acompañadas por una proclama, reivindicación o discurso; provienen de grupos sociales que quieren decir algo para lo cual no disponen de palabras o discursos, y para la recepción de lo cual tampoco hay palabras o discursos. Mi sensación es que las bibliotecas de las que disponemos para entender el mundo se "queman" frente a estas realidades. Dicho en criollo, se nos queman los papeles.
En tu libro contás una anécdota impresionante, la de los chicos que le dicen a una bibliotecaria: "Si gana Sarko, te quemamos la biblioteca".
Ocurrió en un barrio perteneciente a una comuna gobernada por el Partido Comunista. Para la bibliotecaria era absolutamente incomprensible, porque sin ser ella una militante comunista, era alguien que se encontraba en las antípodas de Sarkozy. En la época de las revueltas, mientras Sarkozy prometía que iba a mandar represión, las bibliotecas ofrecían todo lo contrario: un espacio abierto, lujosísimo desde el punto de vista cultural, con enormes niveles de inversión. Es muy difícil de comprender. Hay otra anécdota. Durante el trabajo de campo, nos encontramos con un joven que nos dijo: "Nos ponen bibliotecas para adormecernos, quieren que nos quedemos en un rincón, tranquilos, leyendo". Que es lo contrario de lo que pensamos los hombres y las mujeres de cultura, los bibliotecarios, los docentes, los militantes políticos, toda aquella tradición de la izquierda europea que ve en el libro y la lectura un espacio de emancipación social, reflexividad o, dicho en lenguaje un poco mas antiguo, toma de conciencia. Estos hechos deberían interpelarnos a todos; corremos el riesgo de quedar en un espacio autorreferenciado. Quiero decir, es muy fácil para mí hablarte y pensar que los lectores de la nacion van a entender lo que estoy diciendo. Pero para el joven que amenazó a la bibliotecaria hay una distancia mayor entre sí mismo y todos los políticos juntos que la que existe entre el Partido Comunista y la derecha más dura de Francia. Es como si estos actos empujaran a la biblioteca y le dijeran: "¿Eres la biblioteca de mi barrio, eres ?nuestra' biblioteca o eres ?su' biblioteca, la del Partido Comunista, Sarkozy, los bibliotecarios, los docentes, los periodistas?" Es decir, la de todos aquellos actores sociales que viven en la economía del libro y de la palabra escrita.
Pero en los barrios hay apropiaciones (blogs, canciones, libros) de esa palabra escrita.
No hay una oposición frontal. La biblioteca es esporádicamente atacada y cotidianamente visitada. Hay allí un espacio de gran inestabilidad y nosotros, que lo miramos desde afuera, no somos los únicos que no sabemos cómo pensarlo. Cuando recién inicié el trabajo de campo me encontraba con bibliotecarias que distribuían y hacían lecturas públicas de un poema que Victor Hugo escribió cuando, durante la Comuna de París, en 1871, se incendiaron bibliotecas. Ése sí es un antecedente: aquellos proletarios, aquellos miserables hubiera dicho Victor Hugo, incendiaron bibliotecas. El poema se llama "A quién echarle la culpa", y es un diálogo donde el poeta pregunta, indignado, "¿tú prendiste fuego la biblioteca?", y el miserable dice que sí. El poeta retoma la palabra para explicarle todo lo que ha perdido al incendiarla, le dice que apagó la luz en su propia alma, que se cerró las puertas del saber. Cuando el poeta termina de hablar, el miserable dice una última frase: "No sé leer". En este poema Victor Hugo nos dice que alguien como él conoce toda la cultura universal, pero no sabe nada de ese otro que es su conciudadano. Y da una salida política, que no es ir a reprimir a los incendiarios, sino abrir escuelas. El problema es que hoy, en estos barrios, ya hay escuelas. Estos chicos son alfabetizados; no están en una situación de plena exclusión, sino en una situación ambigua, inestable, compleja. Es en ese lugar donde están las bibliotecas. Son una cascarita de nuez en un lugar profundamente sacudido por vientos que desestabilizan la situación política y social francesa, y cada tanto se ligan un cascotazo, un cóctel Molotov. El error es considerarlos hechos anecdóticos (como hace la mayor parte de los intendentes locales), porque allí se obtura la posibilidad de diálogo o discusión. Muchas veces la capacidad de acción tan importante que tiene el Estado francés provoca un efecto de obturación de la toma de palabra. El político actúa, repara los destrozos, pero no discute.
Insiste la percepción de la clase política como algo ajeno.
Excede a las bibliotecas, sin lugar a dudas. Aunque en muchos casos, el pedido no es que el Estado no esté en los barrios, sino que se democratice. Que sus instituciones sean más "nuestras" y menos ajenas. Por otro lado, en el momento en que se produce el incendio, lo que la acción subraya es la exterioridad de la institución. Esas bibliotecas no están hechas por vecinos de los barrios, sus profesionales pocas veces viven allí, llegan por concursos públicos, es gente que pasó por una escuela de bibliotecología, una universidad. Los libros, las editoriales, los escritores pertenecen a universos sociales distintos. El habitante pone el acento en la exterioridad de biblioteca, pero cuando va allí con sus hijos o los maestros con su clase, o los jubilados a leer el diario o los jóvenes para consultar Internet, se convierte en propia. Si esa biblioteca fuese totalmente ajena no habría conflicto; simplemente, no tendría público.
¿Entonces, ser blanco de ataques revela su importancia?
Hay un problema general con el Estado, que tiene que ver con el gobierno y la participación. El Estado francés tiene una vastísima y lejana tradición ligada a transformar la realidad popular. Así lo pensó la tradición política republicana en Francia, que tiene una vertiente de izquierda y una de derecha. Esto se remonta a los orígenes de la escuela pública francesa: las familias eran vistas como el lugar de la religión, la tradición, la superstición, el oscurantismo; había que hacer que la socialización de las futuras generaciones no estuviera en las exclusivas manos de la Iglesia y la familia. El Estado se ocupó de introducir en la sociedad civil una institución que permitiera socializar de otra manera. Ése es el poder transformador de la escuela, y por eso la escuela no puede únicamente representar a las familias, ni cumple su misión si da lo que la gente quiere. Las bibliotecas, en alguna medida, se inscriben en esta tradición. Si están allí para dar lo que a la gente ya le gusta, sólo cumplirían una función económica: darles gratis lo que ya tienen en librerías, el mercado, Internet. En el ideal francés, la fuerza del servicio público radica en proponer algo que no estaba antes de que la institución llegara.
¿La legitimidad de este ideal es lo que estaría en crisis?
Exactamente, y ése es el dilema. A veces la propuesta estatal es bien recibida, a veces es recibida como una violencia que se ejerce desde el exterior, y otras de manera ambigua. Tal vez convenga aclarar una cosa: los barrios populares franceses son muy distintos de los argentinos o los del resto de América Latina, porque son barrios donde la propiedad pública es muy fuerte. Todo es público: las viviendas, el transporte, los servicios urbanos, el deporte, la cultura, las bibliotecas, la salud. Esta omnipresencia del Estado acentúa el carácter ambiguo del problema.
¿En qué consistiría la "mutación" de las clases populares a la que aludís con frecuencia?
Con otros tres colegas acabamos de publicar un libro, Enquête des clases populaires. Un essai politique (La Dispute), que es un intento de responder esa pregunta. Las clases populares en Francia fueron reunidas y organizadas -hegemonizadas sería la palabra correcta- por el movimiento obrero francés, que es uno de los movimientos obreros más antiguos, y logró reunir tras de sí una cantidad de grupos y sectores. Se organizaron alrededor del trabajo y todos los otros conflictos eran pensados como conflictos que se iban a solucionar después. Lo que ocurre hoy es la ruptura de esa hegemonía y esa capacidad de jerarquizar los problemas y construir una estrategia de acción. No hay un grupo social capaz de reunir detrás de sí a los demás, no hay una idea que permita pensarnos como iguales; antes éramos todos trabajadores o asalariados; ahora eso estalló. Las organizaciones políticas y sindicales no tienen la capacidad de reunir tras de sí a ese abanico de sectores, y los conflictos que se presentan son complejos, no están estabilizados y no aparecen ordenados tras una única cuestión. La clase obrera se pluralizó y se transformó en las clases populares. Desde el punto de vista político, lleva a lo que llamamos otra politicidad popular, menos organizada por un discurso, más fragmentada, más de cercanía, con una comunicación más abierta, porque hay más redes sociales y menos instituciones que controlen la palabra escrita y porque las formas del saber se han multiplicado y diversificado. También el Estado ha perdido espacio en su capacidad de organizar lo que es verdad y lo que no lo es. Es muy fácil desconfiar de la palabra pública.
¿Pensás que al libro o a la biblioteca todavía les queda algo que hacer en relación con la vieja idea de emancipación?
Me parece que esa emancipación está dicha hoy de otras maneras, en todo caso no sería irracional pensar que las aspiraciones a conducir el destino personal de una manera libre y autónoma, la fuerte presencia de la idea de autonomía, no sea una mutación de las aspiraciones a la emancipación social. Esto es muy claro en el caso de las mujeres. Las búsquedas de individuación se hacen muy fuertemente a través de la lectura, el libro no ha perdido fuerza, al contrario, coexiste con otras formas de palabra escrita y no escrita. Donde el libro ha perdido fuerza, pero no sólo el libro, es en su capacidad de vincularse con la constitución de colectivos.
Biografía
Denis Merklen nació en Montevideo, es sociólogo y se doctoró en Francia, bajo la dirección de Robert Castel. Actualmente se desempeña como profesor e investigador en la Universidad Sorbonne Nouvelle de París. Realizó investigaciones sobre las clases populares en la Argentina, China, Francia, Haití, Senegal y Uruguay.
Por qué lo entrevistamos
Porque investigó un fenómeno complejo, vinculado con el lugar de la cultura letrada y la política en nuestra época
Texto Diana Fernández Irusta | Fotos Soledad Aznarez y Mariana Eliano,Entrevista









