Diez libros que narran la infancia

Desde los años 90, varios escritores argentinos crearon en sus novelas una región habitada por chicos y chicas que fue creciendo con experimentación y nuevas búsquedas. Aquí, una selección de esas obras, contadas por sus autores
Daniel Gigena
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21 de agosto de 2016  

Ilustración: María Lavezzi
Ilustración: María Lavezzi

¿Por qué en la literatura argentina no existen libros como Alicia en el país de las maravillas, Oliver Twist, Las aventuras de Huckleberry Finn, El cazador oculto o Frankie y la boda, por mencionar modelos universales de narraciones protagonizadas por niños? En el siglo XIX, la literatura nacional abordaba los conflictos sociopolíticos y, como era de esperar, los representaba con gravedad (aunque en ese entonces Miguel Cané escribió Juvenilia). En el XX, las temáticas urbanas y "adultas" relegaron a los chicos a las memorias (como Cuadernos de infancia, de Norah Lange) y a los universos discretos de los cuentos. Silvina Ocampo, Manuel Mujica Lainez, Álvaro Yunque, Julio Cortázar, Abelardo Castillo y Angélica Gorodischer recrearon infancias malévolas, audaces, sufridas o fantásticas. Imposible olvidar Las tumbas, de Enrique Medina, o "El niño proletario" de Osvaldo Lamborghini, textos en los que se condensaban las tensiones sociales de los años 70. Manuel Puig aportó lo suyo con La traición de Rita Hayworth, protagonizada por Toto, el niño fanático del film Sangre y arena. No obstante, en los años recientes varios libros de escritores locales crearon, si no una tradición, al menos una región habitada por chicos y chicas de novela que creció con experimentaciones, búsquedas y mitologías. Vera Fogwill, Lucía Puenzo, Cecilia Szperling, Juan Diego Incardona, Luciano Lamberti, César Aira y Sergio Bizzio, entre otros, ensayaron narraciones donde la niñez relumbra en un arco de aventuras y posibilidades.

El carapálida. Luis Chitarroni, Tusquets, 1997 (reeditada por Interzona)

"Es una novela con demasiados personajes, demasiada risa y demasiado miedo, que escribí para dejar de acordarme de mi infancia -cuenta Chitarroni-. No lo conseguí, pero sí pude aislarla como el planeta Krypton de Superman: sigue allí con sus pavadas, trofeos, contagios, insultos y con el estremecimiento, la inminencia de temblor que significó haberla cursado poco antes de la dictadura militar. Todos los signos están latentes en esta protohistoria de la falta de ideas: los sumisos, los afables, los represivos, los irreparables y también los otros, claro. Pero por suerte se puede leer sin que el lector los tenga en cuenta." Beatriz Sarlo apuntó que Chitarroni describió, "en el borde de lo cómico", la oralidad de un mundo cerrado: el séptimo grado de una escuela de varones porteña. La novela de fantasmas del autor de Peripecias del no y Siluetas transcurre en 1971.

Las garras del niño inútil. Luis Mey, Factótum, 2010

"La infancia, por escrito, no existe -dice Mey-. Si se siente es porque funciona el truco narrativo. Pero apenas si somos adultos con la posibilidad de una ventana (nuestro soporte, la novela) que nos regala una foto más o menos clara del lugar del que queríamos, vaya a saber uno por qué, salir corriendo. La misma ventana, tal vez, a la que asisto para ver los reclamos de ese niño: ?Ojo, vos estás a cargo, vamos a ver cómo hacés las cosas'. Porque ahora que conozco el latinismo (infante: in fantis, no hablante), quiero ver cómo se ríe el espejo en mi momento (mi tiempo) de abrir la boca. Tal vez mi mejor intento por salir del truco fue Las garras del niño inútil. Saltar la ventana e intentar ser ese niño, en ese lugar, en esos años, y de ningún modo entender a los adultos." Mey continuó con la reconstrucción de la infancia en su novela El pasado del cielo, publicada en 2015.

La sed. Hernán Arias Ferreyra Editor, 2005 (reeditada por Entropía)

"Algo sobre lo que me hablaron algunos lectores de La sed es del efecto que provoca un narrador que no lo comprende todo, que sólo puede describir las situaciones que vive o las charlas que escucha, sin dar ninguna interpretación al respecto -indica el escritor cordobés, años después de la publicación de su primera novela-. Me lo señalaron como un valor. Y posiblemente se deba a que a los lectores nos gusta imaginar, nos gusta aportar nuestra parte de la obra. Y un chico narrando exige eso. Ese narrador no tiene demasiadas ideas sobre el mundo, más bien lo contempla. A nosotros nos toca cargar de sentido esas situaciones." La sed narra en cinco escenas -desde el invierno de 1986 hasta el verano de 1987- lo que le sucede a un chico que vive en el campo, tironeado por los ideales y hábitos de sus familiares. La novela ganó en 2004 el premio provincial bautizado con el nombre del gran escritor Daniel Moyano.

Diario íntimo de una niña anticuada. Laura Ramos, Sudamericana, 2002

Desde el título, la novela cita un libro de Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas. "Mi niña anticuada vive inmersa en la Argentina en llamas de los años 70 pero sueña con vivir en el mundo interior y sofocante de las heroínas de Alcott -advierte Ramos-. En vez de tratar de evangelizar a su familia (unos militantes de izquierda fanáticos de costumbres bohemias), decide escribir un diario íntimo mentiroso. Ella disfraza los hechos de la realidad setentista ajustándolos a su mundo decimonónico imaginario. Usa un lenguaje que plagia a sus héroes literarios: primero Bécquer, Mansilla y Darío, y luego Emily Brontë, George Elliot y Emily Dickinson. La operación que hace la niña anticuada, lectora de novelas románticas, es la de una mímesis con su mundo imaginario, el de las niñas de Mujercitas y de las novelas de las hermanas Brontë. A la vez está inmersa, en el mundo real, en una red de amistades y amores con un grupo de adolescentes que ponen en juego identidades sexuales, drogas extremas y la posibilidad y práctica del suicidio. La niña anticuada es poco veraz y apasionadamente subjetiva, una Madame Bovary adolescente y quijotesca, una víctima de sus lecturas románticas." La autora tiene un libro inédito sugestivo: Malditos románticos. Una biografía de los hermanos Brontë.

Cielos de Córdoba. Ferderico Falco, Nudista, 2011

"Tino es un chico que vuelve sólo del colegio, arrastrando los pies, cargado con una mochila inmensa -cuenta Falco, que este año ha publicado un nuevo volumen de cuentos, Un cementerio perfecto-. Mientras sus compañeros huyen en pandilla, él camina lento, un poco aburrido y un poco perdido en sus propias ensoñaciones. Es un chico solitario, en tierra ajena. Recorre ese borde difuso entre el comienzo de la adolescencia y los que se ven obligados a dejar de ser niños. Su mirada es temerosa y, sobre todo, azorada. No entiende qué pasa y no encuentra a nadie que se lo explique. No sabe qué siente y no hay nadie para contenerlo. Tino tiene que ser padre de sus padres y se inventa sus propios recursos de supervivencia. Es autodidacta a su manera: la imaginación es infantil, el aprendizaje es el de ser adulto." El chico convive en un pueblo serrano con su padre ufólogo, derrumbado por la enfermedad de su mujer. Mientras cuida a su madre moribunda en el hospital, Tino traba amistad con una encantadora vieja bruja obsesionada con un locutor de radio: la Alcira. La educación sentimental del protagonista crea en la nouvelle una segunda trama tenue.

Hidrografía doméstica. Gonzalo Castro, Entropía, 2004

"La novela empezó con el texto que escribe un personaje de Peter Handke, el hijo de ocho años que aparece en La mujer zurda -dice Castro, narrador y editor-. Es sólo un breve párrafo conmovedoramente absurdo donde el niño describe cómo se imagina un mundo mejor. Yo me propuse desarrollar algo cercano a eso que encontraba tan peculiar en esa voz: cierto pragmatismo que se vuelve lírico a fuerza de querer comprender fenómenos emocionales complejos desde los mínimos elementos de la percepción y la experiencia infantil. Enseguida me encontré lejos de ese modelo inicial, al menos en la textura verbal, y también con la edad de mi personaje, Chloé, que al ser una niña y tener once años, tomó una saludable distancia de su par austríaco." Imaginativa y sensual, la novela de Castro parece un cuento de hadas ambientado en una casona de Villa Devoto.

Rumble. Maitena Burundarea, Lumen, 2011

El título de la primera (y hasta ahora única) novela de la creadora de Mujeres alteradas alude a la expresión que, en las revistas de historietas, anticipa un temblor violento, "esa sensación que te frunce todo adentro del cuerpo y tenés que apretar los labios y mordértelos para que no se te caigan los dientes". Dice Maitena: "A la protagonista de Rumble no le gusta su familia, por eso trata de pasarse la mayor parte del día en la calle o donde sea; cualquier lugar le resulta menos hostil que su casa. Su madre es bipolar, su padre se escapa trabajando, y sus cinco hermanos están siempre en pie de guerra por el poder que esa ausencia de padres deja disponible. Pero a ella eso no le interesa; lo único que le importa es la vida de afuera, la de los amigos, la de la gente que la entiende aunque apenas la conozca, no esa familia que no tiene idea de quién es realmente y ante quienes tiene que fingir ser de una manera que no es".

Milton. Manuel Díaz, Editorial Municipalidad de Rosario, 2015.

En la historia, similar a una fábula, conviven dos dimensiones y dos usos del cuerpo. La trama trascurre durante unas vacaciones en la casa de campo de los abuelos del protagonista. "Por un lado, el narrador apela a su inmovilidad como un lugar de resistencia y, por el otro, Milton se vale de su destreza corporal para asediar ese lugar de recogimiento al que aspira el narrador -detalla Díaz-. Las estrategias que despliega cada uno desencadenan una serie de situaciones que van in crescendo hasta el punto en que el narrador comprende las lógicas del poder y las pone en juego en un espacio abierto del que, sin embargo, no es posible escapar." El tercer título de Díaz está protagonizado por un chico obeso, al que atormenta el esbelto Milton. Extraño thriller psicológico con resonancias de El extranjero, el libro compartió el primer premio en la categoría sub-21 del concurso Manuel Musto de Narrativa 2014.

Las olas del mundo. Alejandra Laurencich, Alfaguara, 2015

La protagonista de la segunda novela de Laurencich está por cumplir trece años en el fatídico año de 1976, cuando a su barrio se muda una familia bohemia de ideas izquierdistas, como las que profesa su adorado hermano mayor. "Narrar desde la perspectiva de Andrea y sus trece años me situaba, por un lado, en un coto informativo sobre los sucesos de la época: había que traducir de manera eficaz ese entendimiento singular que puede alcanzar una criatura, cómo procesa lo que lee en diarios o revistas, lo que vive en el colegio, las conversaciones de los adultos de su casa -dice la escritora-. Y por otro, me brindaba la oportunidad de enriquecer el relato buceando en las fantasías de esa niña: el mundo que se expande ante ella hasta verse convertido en una red de vinculaciones, muchas veces disparatadas, otras veces lúcidas, atroces o dichosas. Esa urdimbre entre el saber y la ignorancia, la imaginación y lo intuitivo era el territorio más fértil desde donde poder labrar el retrato de aquellos tiempos." En el final de Las olas del mundo, un giro de la trama profundiza la historia.

Sol en Leo. Cristina Eseiza. Viajera Editorial, 2016

"María Alejandra, la protagonista de Sol en Leo, está inmersa en una realidad cambiante, la de los años 60 -cuenta la autora de esta novela que recupera un espacio privilegiado por la literatura nacional: el Colegio Nacional de Buenos Aires-. La chica se debate entre designios familiares, exigencias intelectuales y búsquedas personales, mosaico demasiado complejo para un espíritu en formación. Alumna de un colegio de élite, su paso por el Nacional de Buenos Aires será el rito iniciático con que la sociedad de ese entonces le da la bienvenida al ruedo intelectual. María Alejandra aceptará el desafío endulzándolo con el amor infantil, novelero y fantasioso como su imaginación. Se enamora de Paco, un compañero de estudios, leonino egocéntrico y hermoso que inaugura su galería de codependientes, aunque por entonces, él ni siquiera sabe qué puede ser eso." La mirada de la narradora resuena en el grupo humano que describe: "De todas formas, mirándonos con ternura, sólo advierto dos niños asustados e inexpertos, irrefrenablemente arrastrados hacia un destino desconocido por las hormonas, el amor y los mandatos sociales". Eseiza fue alumna de "el Colegio" y es profesora de literatura.

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