Hunter S. Thompson. La vida salvaje de un periodista sin freno

Una atractiva biografía coral reconstruye la alocada existencia del autor de Miedo y asco en Las Vegas
Elvio E. Gandolfo
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28 de julio de 2019  

Hunter S. Thompson en noviembre de 1998
Hunter S. Thompson en noviembre de 1998 Fuente: Reuters

En su adolescencia y juventud, Hunter S. Thompson tenía dos grandes proyectos: ser escritor y morir antes de los 50 años. No pudo cumplirlos. En parte, porque la fama que alcanzó como periodista -creó algo denominado "periodismo gonzo"- y su alianza estrecha con la revista Rolling Stone (y su director, Jann Wenner) lo llevaron a la construcción de un personaje invulnerable de los medios, que parecía hecho para la expresión bigger than life (más grande que la vida misma). Al final terminó convertido en personaje de historieta, Uncle Duke, en la tira diaria Doonesbury, de Garry Trudeau, que Hunter odiaba.

Sus dos libros clásicos son Los ángeles del infierno (subtitulado Una extraña y terrible saga), sobre la famosa pandilla de motociclistas, y Miedo y asco en Las Vegas ("u n viaje salvaje al corazón del Sueño Americano"). En especial este último se considera una condensación clave de su estilo, donde el autor se juega el cuerpo (y el de su abogado latino, que lo acompaña) en un carnaval delirante de alucinaciones, personalidades supuestas, caos y retratos fugaces de núcleos de la cultura y la política estadounidense. El origen es el encargo de una nota sobre una carrera de motocicletas en Las Vegas, que pronto deriva en un texto inclasificable. Publicado en 1971, dio pie a otros libros y artículos que empiezan con la combinación de sabores de "Miedo y asco". Thompson comenzó a escribir su única novela ( El diario del ron) a fines de los años 50, pero la publicó recién en 1998.

Hoy circulan en la Argentina dos libros esenciales para cubrir baches de información y conocimiento sobre su figura y su obra. Uno es la traducción local de Hunter. La vida salvaje de H. S. Thompson (Tusquets), de E. Jean Carroll, considerada una de las mejores biografías en lengua inglesa (se publicó en 1993, más de una década antes de la muerte de Thompson, ocurrida en 2005). El otro, Antigua sabiduría gonzo (Sexto Piso), reúne 48 entrevistas escritas o radiales recopiladas por su última pareja, Anita Thompson.

La primera recrea su personalidad con gran vividez, mediante el uso de testimonios orales, en la huella de George Plimpton, que inventó el sistema de estructurarlos sin agregados del autor en Edie (1970), según informa Juan Forn en el prólogo. Un rasgo curioso del libro es el agregado de un personaje ficticio, Laetitia Snap, que siente una gran atracción por el maduro Hunter S. Thompson, y cuyo tono trata de emular los excesos "gonzo" del personaje real, sin lograrlo. Pueden saltearse, si se lo desea, sin que el libro pierda densidad, puesta a pleno en las páginas por suerte mucho más abundantes de investigación y transcripción directa.

Esa investigación comienza con la partida de nacimiento de Hunter Stockton Thompson, llegado al mundo el 18 de julio de 1937, en Louisville, Kentucky, con padre agente de seguros y madre ama de casa. Los testimonios tejen una red estrecha. El niño y adolescente pronto se destacó por sus cualidades de líder ("Hunter era como Charles Manson -comenta un vecino anónimo- tenía seguidores") y por su inclinación hacia la pelea a puñetazos y el maltrato de quienes no considerara sus amigos (y, a veces, de ellos también). El dato contradictorio, hasta cierto punto, es la atracción intensa que ejercía sobre sus amigas y primeras novias. Una de ellas, por ejemplo, lo describe pateando un perro al que ella consideraba bravo, para después enviar un mail nocturno a la autora donde desmiente toda brutalidad de Hunter con los animales. En realidad, la había abofeteado a ella para ver si el perro reaccionaba. Y concluye: "En mi recuerdo, Hunter fue siempre un caballero con los perros".

El libro abunda en detalles sobre los juegos extraños de Thompson, a veces muy violentos, y sobre los rasgos más conocidos de su persona, como el famoso sombrero que usaba. "Es un sombrero de la Caballería Confederada y le viene desde la escuela primaria", dice un amigo.

Las fuentes coinciden en el carácter del padre, un hombre mayor más bien ausente, pero que al parecer era el único que podía controlar a su hijo, y en el caos que sobrevino con su muerte, cuando Hunter tenía 14 años. La madre, inteligente y sensible, terminó alcohólica, provocando la desesperación del hijo, que solo podía dominarla con la violencia. A los 14 años, Hunter comenzó su consumo perenne de drogas y alcohol. La familia Thompson era poco considerada por las familias "principales" de Louisville. Hunter, que solía irse de los kioscos lo más campante sin pagar (para terror pánico de un amigo), terminó en la cárcel por un tiempo luego del robo de un vehículo y otras tropelías, mientras sus dos compinches quedaban libres (por ricos, según los testimonios).

La etapa en la cárcel fue durísima: lo dejó muy delgado y furioso. Luego entró a la Fuerza Aérea, donde comenzó a escribir para la sección deportiva del diario de la base. Aquí es clave el testimonio de Jim Thompson, su hermano menor, que lo adoraba, pero que rara vez recibió más que desdén o frialdad del hermano mayor. En los entresijos, aparecen contradicciones. Contra la imagen de varón que sabe lo que hace y se jacta de eso, una de sus novias comenta: "Hunter no era atrevido. Salvo en su vandalismo, era tímido. En lo sexual también. Igual que yo".

Tras dejar la Fuerza Aérea vivió en Nueva York, en la época más pobre y bohemia de su vida. Allí conoció a Sandra Dawn Thompson, una bella mujer rubia que pronto lo adoraría. La combinación fascinación-brutalidad estaba hecha para durar: tuvieron dieciocho años de relación. Ya al principio, sin embargo, Thompson se mostró muy celoso y violento. De todos modos, esos años compartidos tienen su épica amorosa. Compartieron un trabajo en Puerto Rico, y luego él se dedicó con disciplina a su oficio de escritor. Copió completos, palabra por palabra, Adiós a las armas, de Hemingway, y El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, como ejercicio de estilo.

Más adelante se zambulló en el libro sobre los Hell's Angels. Ya terminado, hubo refriegas físicas entre la pandilla de motociclistas y Thompson, que contribuyeron a su difusión. Por otra parte, junto a Sandra y una pareja amiga se fue a vivir a The Owls Farm, en Aspen, que con el tiempo pasó a convertirse en el bunker privado de Hunter. A esa altura tenía opiniones sólidas y a contrapelo sobre todos los grandes asuntos relativos a Estados Unidos. Esa inclinación se consolidó cuando se dedicó, ya instalado en Rolling Stone, al periodismo político, al seguir la campaña presidencial de 1972. Renovó el género con originalidad. Atacó siempre a Richard Nixon y contribuyó, con un famoso artículo, a la victoria de Jimmy Carter.

A esa época pertenece una relación clandestina que fue descubierta por su mujer y contribuyó a la ruptura de la pareja. Admirada por sus amigos, siempre sorprendidos ante su aguante, el lugar común dice que luego de su separación de Sandra, Hunter nunca volvió a escribir a la misma altura. Dejó alguna novela inconclusa para Playboy, pero ya su perfil era tan reconocible e inamovible como el monte Rushmore (el de los presidentes en piedra). Su casa se había convertido en un depósito y exhibición de armas de todo calibre, y el modo en que no ocultaba su afición a las drogas terminó por hacer de él un fenómeno de supervivencia. Con buen criterio, la autora recoge el testimonio de un experto en abuso de drogas, que opina que en realidad la más peligrosa era el alcohol, que destruye las células del cuerpo.

Las noticias lo mantuvieron siempre en el candelero. Tuvo un juicio por acoso, en el que al fin resultó exonerado, y su postulación para sheriff de Aspen, para su gran sorpresa, recibió un apoyo insólito.

Cerca del final, el deterioro físico y mental era considerable. Se movilizaba a menudo en silla de ruedas. Un día disparó una pistola mientras le apuntaba a un objeto colgado de la pared y le erró por poco a la cabeza de Anita, su mujer de entonces, que se retiró furiosa. Poco después, el 20 de febrero de 2005, se suicidó con un tiro en la cabeza. Lo descubrió su hijo Juan, que estaba en la casa. En agosto, amigos y familiares le hicieron un funeral que incluyó el disparo de sus cenizas con un cañón.

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