Leopoldo Marechal. Inventor de comedias humanas y divinas

A setenta años de su publicación, Adán Buenosayres, novela clave de la literatura argentina, sigue conservando su misterio
Pedro B. Rey
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23 de septiembre de 2018  

La historia es conocida, pero revela que la literatura también es por momentos humana, demasiado humana. Cuando Sudamericana publicó en 1948 Adán Buenosayres, la novela se encontró con un riguroso silenzio stampa, una versión preliminar de la grieta. Los viejos camaradas martinfierristas, a los que estaba dedicada la novela y que en su mayoría pertenecían ya al círculo de la revista Sur, no le perdonaron a Leopoldo Marechal su activa adscripción al peronismo y la ignoraron con ganas. La excepción fue Eduardo González Lanuza, que la despachó sin medias tintas como una mala imitación de Ulises.

Un ignoto por entonces Julio Cortázar fue el único que, al reseñarla en la revista Realidad, encontró en la obra una ambición a contramano, sobre todo en su variedad de registros orales y el preciso manejo del voseo (nada común por entonces). Hubo que esperar varios años a que Marechal (1900-1970) diera a conocer su segunda novela, El banquete de Severo Arcángelo (1965), para que aquel libro ninguneado pasara a ser considerado, a la par que fermentaba el boom, uno de los eslabones perdidos de la nueva narrativa latinoamericana. La literatura es lenta, está llena de malentendidos y, a veces, de mezquindades.

Para entonces Rayuela (1963), que a pesar de sus muchas diferencias llevaba inscripta una velada influencia del Adán, estaba en la cresta de la ola y la novela de Marechal quedó haciendo equilibrio en un extraño purgatorio: se había convertido en un clásico a destiempo, de esos que se leen como si se los hubiera venido leyendo desde siempre.

El cambio de era le permitió a Marechal, que mientras tanto se había hundido en un cono de amarga oscuridad (el destrato con su libro lo alejó de los amigos y, tras 1955, casi no salía de su casa), abandonar su –así lo llamaba– "ostracismo interno". Volvió a publicar de manera frecuente (solo en 1966, entre obras de teatro, poemas y miscelánea, dio a conocer seis libros) y tuvo tiempo de viajar a Cuba para ser jurado (con Cortázar y José Lezama Lima, nada menos) del por entonces prestigioso premio Casa de las Américas. Cuando murió en 1970, había entrado a imprenta Megafón o la guerra. A setenta años de la publicación del Adán Buenosayres, las tres novelas acaban de ser reeditadas por Seix Barral. Las imágenes de tapa de Antonio Seguí se vuelven, con agudeza, un contrapunto inesperado del mundo multiforme del escritor.

No es exagerado decir que existe un caso Marechal. Frente al modelo de Borges (el miniaturista erudito) y el de Roberto Arlt (con su cross a la mandíbula), su obra parece no haber tenido discípulos directos. Como poeta empezó en el ultraísmo, pero después se especializó en el poema largo, casi un anacronismo. Produjo gran cantidad de obras teatrales, pero se lo representa poco. Sus novelas tienen como clave de bóveda un impulso metafísico neoplatónico y desvelos católicos, pero sobre todo chisporrotean de humor ("humor angélico", lo llamaba él), sátira y parodia. Marechal se inspiraba en la Poética de Aristóteles para explicar por qué en la novela podía entrar prácticamente todo, sin distinción.

Borges y Marechal terminaron despreciándose, pero en sus comienzos, en los años veinte, intercambiaron elogios mutuos. Borges hablaba de antepasados y de los paisajes suburbanos; Marechal, hijo de inmigrantes modestos que se ganaba la vida como maestro, de los recuerdos de infancia en la llanura (pasaba el verano en Maipú, en lo de familiares) y, en su primera novela, de una ciudad que era sobre todo decorado para el deambular de sus personajes.

Marechal concibió Adán Buenosayres en París, donde permaneció una temporada a comienzos de los años treinta, frecuentando a los artistas plásticos argentinos anclados en la capital francesa, pero tardaría años en decidir finalizar la obra. Se entiende por qué: el libro funciona como la suma de una experiencia orgánica y compleja, que juega con varios niveles de lectura.

El modelo más notorio es el r oman à clef: Adán Buenosayres tiene como protagonista colectivo a la generación de Martín Fierro, oculta bajo nombres de ficción. Algunos como Schultze son evidentes (es el pintor, astrólogo y genio inclasificable Xul Solar). A otros se los descubre por algunas de sus características: Pereda (Borges), Samuel Tesler (el poeta converso Jacobo Fijman), Bernini (Raúl Scalabrini Ortiz). Las descripciones físicas de Solveig Amundsen, el amor platónico del protagonista, sugieren a la poeta Norah Lange (aunque se acerca más a la Beatriz de Dante) y Adán es, claro, una versión del propio Marechal.

En su momento, el ataque al libro se centró en su estructura, algo confusa en su cronología. Sabemos desde las primeras líneas que Adán pasó a mejor vida (aunque terminado el libro no sabemos cuándo ni de qué modo). En un "Prologo indispensable", L. M. cuenta "la honda crisis espiritual" que lo llevó a la escritura de las cinco primeras partes, donde se narran tres ajetreados días en la vida del protagonista. El sexto y el séptimo libros ("El cuaderno de tapas azules" y "Viaje a la oscura ciudad de Cacodelphia"), que funcionan como relatos individuales, habrían sido escritos por el propio personaje y tienen estilo propio. Esa falta de resolución, que tanto desconcertó en su momento, hoy puede ser leída como su genio vanguardista: la estructura es lo que da forma y en el centro brilla el vacío de un misterio.

Ulises fue la punta del ovillo de muchos libros que buscaron retratar a su manera la actividad de la ciudad moderna ( Manhattan Transfer, de John Dos Passos, el memorable B erlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin) y Marechal no fue inmune a su influjo en su paso por París (conoció la versión francesa de Valéry Larbaud), pero los efectos de la novela de Joyce son menos decisivos de lo que parece. En un libro de 1966, Claves de Adán Buenosayres, que reúne artículos sobre el libro, Marechal comparte la concepción de la novela como una epopeya de la vida cotidiana, pero agrega el empleo consciente del simbolismo del viaje como realización del héroe, influencias literarias y filosóficas varias (Platón, San Agustín, aunque también Cervantes o Rabelais) y. sobre todo, hace hincapié en el humor. Con su despertar en Villa Crespo (Adán amanece en la misma dirección de la calle Egmont, hoy Tres Arroyos, en que se crió el escritor), los ramalazos rapsódicos que lo llevan a la pampa, las peripecias urbanas narradas con una lengua al borde del barroco, el libro es, más que un retrato de la ciudad, una educación sentimental guiada por una fe ante la que el lector –el de antes y el de hoy– puede hacerse el distraído. La visita a Cacodelphia, bajo la guía de Schultze, es una formidable parodia del infierno dantesco.

Un libro tan personal como el Adán Buenosayres solo puede ser contado una vez. En El banquete de Severo Arcángelo, desprovista de la coartada martinfierrista, la estructura en clave se burla incluso de sí misma. Más importa la aventura en sí misma, que Marechal explica por su amor infantil por Salgari. El escritor se declara culpable de haber dejado a Adán en el último círculo del infierno sin salida (una maldad, dice, en la que no cayeron ni Homero ni Virgilio ni Dante) y pretende darle una "salida" por medio de Severo Arcángelo, organizador de un misterioso banquete sectario donde se barajan símbolos que parecen monstruos y monstruos que parecen símbolos. También hay cuadernos y una historia contada a L.M. por un suicida fallido y personajes estrafalarios (Frobenius, Bermúdez y la dupla Gog y Magog). La trama de aparencia disparatada parece salida del imaginario de Xul Solar o de las máquinas de Raymond Roussel, sino fuera porque para el argentino su idea de redención iba más allá del juego experimental.

Marechal –incluida la tardía y en comparación algo fallida Megafón o la guerra, su novela política– se dedicó a diseñar comedias humanas con ribetes divinos, dejando siempre en suspenso el dibujo último en el tapiz. Por eso no sorprende que una frase que se repite más de una vez en El banquete... ("Padre de los piojos y abuelo de la nada") haya inspirado en tiempos más psicodélicos a un músico (Miguel Ángel Peralta) para bautizar Los abuelos de la Nada a su pionera banda de rock. Las novelas de poetas siempre dejan los apóstoles menos pensados.

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