Tres poemas para descubrir al español Antonio Colinas, flamante ganador del premio Reina Sofía
El escritor, asociado al "grupo de los novísimos", junto con Pere Gimferrer y Leopoldo Panero, es uno de los pocos en su país que aún se dedica al verso alejandrino
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Esta mañana se conoció que Antonio Colinas, el poeta español asociado al "grupo de los novísimos" junto con Pere Gimferrrer y Leopoldo María Panero, recibió el premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Se trata de uno de los premios más relevantes del género a nivel iberoamericano, dotado con 42.000 euros, que es concedido por Patrimonio Nacional de España y la Universidad de Salamanca. Años atrás habían recibido esa distinción poetas como Ida Vitale, José Emilio Pacheco, Fina García Marruz, Nuno Júdice y Juan Gelman (el único argentino de la lista).
Colinas nació el 30 de enero de 1946 en León, España. Se destacó como novelista, poeta y ensayista y por su labor ha sido galardonado en otras ocasiones con importantes premios. En 1982 recibió el Premio Nacional de la Crítica en 1975 y, en 1982, el Premio Nacional de Literatura. En 2005, por su traducción de la obra completa del poeta Salvatore Quasimodo, ganó el Premio Nacional de Traducción que concede el gobierno italiano. Colinas vivió varios años en Italia, de 1970 a 1974, y su poesía recoge, a veces bajo aspectos formales y temáticos, motivos de la lírica de ese país. Publicó sus primeros poemas a los 29 años; poco después salió su primera novela, Un año en el sur, que narra la educación sentimental de un joven que se inicia en simultáneo al amor, la amistad intelectual y el arte. Su vínculo con poetas como Vicente Alexaindre y María Zambrano le permitió desarrollar su escritura. En una entrevista, Colinas declaró que Alexaindre leía sus poemas y le hacía recomendaciones estilísticas (más bien orientadas al recorte de las efusiones), mientras que Zambrano, ensayista y filósofa española, le recomendaba lecturas.
Colinas es hoy uno de los pocos poetas vivos de España que se dedica al verso alejandrino, aunque presenta tantas variantes con respecto a esa forma tradicional que a menudo esto pasa desapercibido. El gusto por las formas clásicas, la denuncia de los estragos de la historia, los contrastes cargados de sentido, las alusiones a la tradición poética europea y el tono mesurado y a la vez musical caracterizan su poesía. "No basta con copiar o repetir la realidad, o los temas de la tradición. Hay que hacerlo con palabra que se distinga, con palabra nueva. Es la novedad que ofrece la palabra poética –su necesidad de fulgor, de intensidad, de emoción, de pureza formal–, lo que distinguen al poema, lo que hace que el poema sea tal poema y no prosa cortada engañosamente en trozos. Estas son algunas de las características que yo le exijo al poema para que sean verdadero poema", se lee en su "poética" . Su narrativa incluye un ciclo de cinco novelas que fueron leídas en clave biográfica. Es autor de más de veinte libros de poesía, entre los que se destacan En lo oscuro, Jardín de Orfeo, Desierto de la luz y Catorce retratos de la luz. En 2011, las editoriales Siruela y Fondo de Cultura Económica publicaron en simultáneo Obra poética completa. Meses atrás, Colinas publicó Memorias del estanque, un libro autobiográfico en el que incluyó poemas inéditos. Colinas es autor además de una amplia obra ensayística, en la que combina sus conocimientos de la literatura clásica con sus viajes y observaciones espirituales.
Elegimos tres poemas del ganador del Reina Sofía de Poesía Iberoamericana:
Los últimos veranos
Padres: aunque intuyo un vacío
que sólo con dolor podrá el tiempo llenar,
estos últimos años vuestros
son, en verdad, los más bellos años míos;
porque, aunque hay un final que puede amenazarlos,
los va intensificando el verdadero amor.
Sí, por maduros y temibles son
los instantes más bellos de mi vida,
porque al irse abriendo en mí el vacío
de vuestra ausencia
definitivamente cierro cada duda
del ser y del no ser.
(No hay dudas ya en el tiempo del amor).
¿Y qué daría yo por detener
esta luz de los últimos veranos,
las auroras de oro en nuestras vegas?
Todo es verde y dorado en esa luz.
Así es que esperadme en el fuego o la nieve
de aquellos cielos fríos,
de aquellos cielos puros.
Sabed que ya no quedan
espinos en los nidos de otro días
(son tan sólo las zarzas que rodean
los huertos y los prados de León;
los que tienen un fondo de espadañas,
de cicatrices de piedras ferrosas,
de adobe enfebrecido,
y humedades de tréboles y juncos
flotando en madrugadas de silencio).
Esperad y que sienta
temblar un día más vuestras dos vidas
como temblaban álamos de junio
(jóvenes y con pájaros)
junto a los ríos de mi adolescencia.
No vayáis más allá.
Que perdure este instante
perfumado de muerte y de amor verdadero.
No atraveséis aún la frontera infinita.
Invierno tardío
No es increíble cuanto ven mis ojos:
nieva sobre el almendro florido,
nieva sobre la nieve.
Este invierno mi ánimo
es como una primavera temprana,
es como un almendro florido
bajo la nieve.
Hay demasiado frío
esta tarde en el mundo.
Pero abro la puerta a mi perro
y con él entra en casa calor,
entra la humanidad.
Cita con una muchacha sueca entre el Sena y los Campos Elíseos
Mis ojos eran dos nostálgicas panteras.
¿Cómo era aquella luz que endiosaba mis horas?
Agria luz esmeralda del Ganges y del Nilo.
La luz de las manzanas salpicadas de lluvia.
La luz que hay en las puertas con picaportes de oro.
La luz que hay en los párpados de las águilas muertas.
Yo esperaba tus ojos con ojeras violáceas
mientras callaban todas las fuentes y en el cielo
mastines de azabache olfateaban las nubes.
(Qué festín el del cielo, qué gran fruto podrido)
Escuchando la lluvia que cesaba en los techos
de cinc, con los cabellos mojados, olorosos
aún por los pinares del Grand Bois de Boulogne,
-las manos escocidas de remar en el lago-
esperando en el pórtico umbroso del museo,
con los pies en la alfombra llena de vino y faunos,
quieto entre las columnas, pálido, distraído
por el gas enfermizo de aquel primer farol,
y por los carruajes, fúnebre y aristócrata
como un poeta inglés de la Romantic Revolt,
pensando en los abetos de tu país al alba,
sonriendo tristemente por no llorar tu ausencia,
cercando con mis dientes tu nombre -Kerstin, Kerstin-
mis ojos como dos nostálgicas panteras
esperaban tus ojos entre los matorrales.








