Un escenario cada vez más desolador

Fuente: Archivo
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18 de septiembre de 2020  • 04:18

Es difícil encontrar mensajes esperanzadores entre los analistas económicos en el medio de la preocupación que exhiben los empresarios y de la negativa reacción del mercado bursátil tras la profundización del cepo cambiario. Vale como anécdota la respuesta que el economista Luis Palma Cané le dio a una periodista que le preguntó qué poner en la mochila si no conocemos el rumbo: "Si es creyente, ponga un rosario, porque solo queda rezar".

No pocos hombres de negocios y economistas, desconcertados, se preguntan por qué no se liberó directamente el mercado cambiario, si la intranquilidad del Gobierno pasaba por la constante sangría de reservas del Banco Central ante la presión compradora de dólares al tipo de cambio oficial. De ese modo, según explican, se habría producido un precio de equilibrio entre los actores del mercado y, con un sistema que dejase flotar el dólar, hubiera quedado atrás la agonía de la entidad monetaria.

Hasta economistas liberales como José Luis Espert, a pesar de sus críticas al macrismo, reconocen que la solución que le dio el gobierno de Mauricio Macri al cepo cambiario en diciembre de 2015, consistente en liberar el mercado cambiario y dejar que el valor del dólar oficial pasara de 10 a 15 pesos -un precio al que ya se cotizaba en el mercado paralelo o "blue"-, fue mejor que la ideada en los últimos días por el titular del BCRA, Miguel Angel Pesce.

En sectores empresariales cunde el desasosiego. Va incluso más allá de la preocupación de los productores rurales, que reciben por la soja que se exporta un valor de $52 por dólar, que ni siquiera llega al 40% del precio al que cotiza el dólar en las operaciones conocidas como Contado con Liquidación en la Bolsa de Comercio ($132). También se extiende por encima de la inquietud que viven hoy empresas con deudas en el exterior, a las que la flamante normativa solo les concederá dólares al cambio oficial por el 40% de sus saldos a pagar fuera del país.

El principal factor de desaliento es que las medidas de intervencionismo cambiario conocidas suponen un retroceso que ya está llevando a la Argentina a sufrir algunas de las mismas consecuencias que se hubieran producido si se confirmaba un default como el que se evitó hace pocos días con la renegociación de la deuda pública. En efecto, peligra el crédito internacional para las empresas privadas y el crédito local para prefinanciar exportaciones, las tarjetas de crédito argentinas pueden volverse inservibles en el extranjero y cada vez más compañías internacionales proyectan irse del país.

En un contexto signado por una de las presiones fiscales más elevadas del mundo, por controles de precios que no frenan la inflación, por cada vez mayores restricciones cambiarias y por una creciente inseguridad jurídica, acompañada por la progresiva convalidación de un plan de impunidad liderado por la vicepresidenta Cristina Kirchner, el escenario para las inversiones productivas parece desolador. Incluso pese a que los salarios de los trabajadores argentinos, medidos en moneda extranjera, están entre los más baratos y competitivos del mundo y de la región.

La radicalización impuesta desde el kirchnerismo como respuesta natural a los problemas, en lugar de la moderación y el diálogo, agota la paciencia del sector productivo. Ya nadie habla en el Gobierno del Consejo Económico y Social que tanto elogió en tiempos no muy lejanos el propio presidente de la República.

La incertidumbre gana terreno cuando se recuerda que, el fin de semana pasado, en una entrevista exclusiva a LA NACION, el ministro Martín Guzmán había afirmado que "cerrar más el cepo sería una medida para aguantar y no vinimos a aguantar la economía". O cuando se recuerdan expresiones pronunciadas un año atrás por Alberto Fernández, en el sentido de que el cepo cambiario era como poner una piedra en una puerta giratoria, ya que no deja salir dólares, pero tampoco permite que entren.

La mayor devaluación es la que sufre la palabra de los funcionarios del Gobierno, empezando por el propio presidente de la Nación, quien parece repetir el pecado de otras épocas al seguir hablándoles a los inversores con el corazón para que le contesten con el bolsillo. Como cuando anteayer dijo que "los dólares no son para guardar, sino para producir".

Esa frase presidencial subestima la memoria y la inteligencia para preservar su capital de los argentinos, que aún recuerdan aquella frase "el que apuesta al dólar pierde", que pronunció un ministro de Economía del último régimen militar (Lorenzo Sigaut), y que actualmente saben bien que un billete de 1000 pesos hoy equivale a unos 7,60 dólares cuando en noviembre de 2017, en oportunidad de su lanzamiento, representaba unos 57 dólares. Y que un dólar que hacia marzo de 2018 costaba 20 pesos hoy vale casi seis veces más.

Ni siquiera tuvo presente el Presidente que la inmensa mayoría de sus ministros tiene importantes ahorros en moneda extranjera, de acuerdo con sus declaraciones juradas patrimoniales. A Alberto Fernández, hasta sus colaboradores le respondieron con el bolsillo.

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